Los Sonámbulos: Los necromantes y  la legión de Sophia

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Por Jesús Delgado Guerrero

Aunque parezcan distantes en el tiempo, la inteligencia artificial actual y la magia de los hechiceros de la Roma de Nerón sólo podrían competir con “Orgullo y Prejuicio” de Jane Austen, pero en la zombificación literaria de Seth Grahame-Smith con sus legiones de no-vivos.

Sería algo así como una especie de plaga anti-cívica y pro-cínicos que ha venido asolando al país y a buena parte de la comunidad internacional, la cual en vez de protestar o de buscar refugio en alguna isla perdida, es capaz incluso de vitorear en la plaza pública a cualquier practicante de la necropolítica descrita por el historiador e investigador camerunés Achille Mbembe, verdaderos promotores e impulsores de lo que la doctora Lizbeth Xóchitl Padilla Sanabria (UNAM) denominó como “Estado Necroneoliberal” (acumulación de capital incesante a través de la violencia y la muerte, afirma).

Una simple tarjeta rosa, una despensa con productos casi caducos; el acceso gratuito al próximo concierto de alguna figura popular o a cualquier comedor comunitario, es suficiente. El neoliberalismo no es, según la apretada síntesis, sólo privatización, recortes permanentes al gasto público y la desestatización. También es dominación, sumisión y hasta tributo, según la formula de Mbembe para el continente africano.

No obstante, la trascendencia tecnológica esta vez ha puesto en serios predicamentos a la citada plaga: un reino teocrático (Arabia Saudita) otorgó la ciudadanía a una robot, Sophia, quien en entrevista agradeció la distinción, tal vez sin saber que en esa nación, quintaesencia del Islam mediante el wahanabismo, las mujeres tienen prohibido conducir vehículos, salir de sus casas y viajar en transporte público sin el permiso del esposo o de la familia.

Tampoco le informaron a esta humanoide que el cine y la música están vedados para los saudíes o que el sufragio femenino tiene apenas seis años, ni que los homosexuales y los apóstatas encuentran su final con la pena de muerte mediante el uso de ese diabólico invento que cobró fama durante la Revolución Francesa (en público, para mayor vergüenza de los cadáveres), el cual fue atribuido falsamente al doctor Guillotin y su supuesto gesto humanista para evitar sufrimientos y penosas agonías a los murientes.

Civilización de avanzada ésta con sus signos incipientes de “humanidad futurista”, cargando fama de terrorismo islámico y consolidado su fundamentalismo mediante la crueldad y baños de sangre, el caso es que al carnet de ciudadana saudí a la robot Sophia causó alguna sensación.

“Pienso que los fantasmas son personas que han pasado a otra dimensión y hay personas que tienen antenas más fuertes para captarlos, de hecho hay hechos que apoyan…”, se ha dicho en clásicos tenebrosos de las letras, y quizás hoy con más ganas.

En realidad, la inteligencia artificial es en estos casos el espejo de los millones de replicantes de Sophia: agradecidos casi con la distinción de poder sobrevivir no como parias, sino como ciudadanos con credencial de elector, pase permanente a una vida precaria.

 

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