15 junio, 2026

Reporteros en Movimiento

Información sin censura

imagesLorenzo Delfín Ruiz
Los ingenuos que lo creían erradicado recibieron un rotundo desmentido: el atole con el dedo ha resurgido con modernizados bríos, aderezado tal vez (el atole, no el dedo) con algún alucinógeno feroz que intenta llevar a los 119 millones y cacho de mexicanos a compartir los ambientes de regocijo y paz que, dicen los pachecos en el alucine total, se disfrutan en el cosmos.
Difícilmente de otro modo se puede entender el ánimo de los administradores del país para que, por la vía de la manipulación informativa, el mexicano mayormente menesteroso entienda que su trágica realidad social es puro cuento; que su entorno quizá esté salpicado de pecadillos de gobernadores megacorruptos que lo despojan hasta de las ganas de vivir, pero no como para escandalizar e interrumpir la pachorra que distingue a una clase política señalada de cifrar su brillantez en el abuso, el cinismo y la impunidad.
Tal como se exhiben, esa cabezas sabias suponen (muy mal) que quienes deben soportar sus barbaridades administrativas, a las que se agregan las pesadillas políticas y legislativas, sigue siendo una masa ignorante a la que se amansa con despensas y demagogia mientras siguen cocinando la entrega del país a pedazos.
Para tal propósito, la inventiva se salta las trancas y se lleva entre las patas a toda cosa viviente que se les interponga. No es el ánimo de esa estructura, como se ve, acabar de golpe y porrazo con la milenaria bebida, bajo el entendido de que debe alcanzar para todos.
Las primeras probadas, las reformas estructurales, fueron dulcificadas para su aprobación pero ya se empiezan a asomar irreparables consecuencias. La educativa, por ejemplo, transforma paulatinamente a los maestros en estorbosos peones indigentes, a los alumnos en delincuentes en potencia y a las escuelas en derruidos centros de capacitación para la fechoría. La energética no deja de producir actos de corrupción a escala universal y es apertura para la invasión de mercachifles extranjeros. La hacendaria es un pie en el cogote antes que herramienta para la contribución justa, mientras los empresarios televisivos gozan de la inmunidad que se les concede y se muestran como lo que realmente son: mercaderes del embrutecimiento, la inducción y el consumismo.
Se insiste, sin conseguirlo, en desviar la atención del desastroso desempeño de gobernadores depravados que se deleitan porque de entre sus adeptos se han engendrado bandas de asesinos vulgares calidad exportación y de yuppies cínicos y sanguinarios que, como “Los porkys” en Veracruz, despiertan ánimos de venganza cuando la justicia no llega y reactivan la imaginación para aplicarles a sus integrantes castigos semejantes a las fechorías cometidas.
Y cuando de repartir culpas y espantar se trata, ni los mosquitos se escapan. En los último años, el Aedes aegypti debe ser el más denigrado por la oficialidad. Por ser el causante de dengue, zika, chikungunya, malaria y cuanta plaga tropical exista o se inventen, se induce a temerle más que a una camada de policías municipales y estatales sedientos de “acción” sanguinaria, que ya es mucho.
El miedo que se inyecta a la ciudadanía a costa de la deshonra masiva a los mosquitos, debe ser semejante al que sufren algunas joyas del control informativo que no les acaba de cuajar, y por el regreso de la periodista Carmen Aristegui a los espacios de crítica y exhibición pública de las salvajadas cometidas desde el poder.
A ese galopante paso de maniobra informativa, se buscará persuadir que “después de profundas investigaciones” (cuando se recibe de cualquier instancia de gobierno esta expresión es señal de que alguna mentira se avecina) llevan a la conclusión de que los insectos de marras son los autores hasta de… la devaluación del peso.
Fabricar embustes bien dichas ya no tienen el efecto esperado porque la población se ha enseñado a no tragarlas como antes. Este indudablemente fue el caso del mexiquense común que recibió la noticia de que el gobernador del Estado de México, Eruviel Ávila, celebró que el Congreso mexiquense (más divorciado de sus representados que Niurka de Juan Osorio) haya avalado para su policía el uso de armas letales a fin de controlar manifestaciones públicas.
El tema, complejo de por sí, entraña la dificultad de digerir el dilema que significa balacear a algunos pocos para proteger la vida de algunos muchos, como es que a falta de inteligencia se fundamenta esta “Ley Atenco” de innegable connotación cavernícola. En realidad se debiera pugnar por no sacrificar a nadie y mucho menos cuando se ejerce un derecho constitucional como es la manifestación pública.
Sin embargo, y ya embutida la legislación que, se interpreta, legaliza cualquier asesinato perpetrado por policías durante movilizaciones ciudadanas salidas de control, los daños serán peores a los que en ese momento se tratarían de evitar. Lo que preocupa es el perfil de quienes portan las armas, que de todos modos siempre han matado sin ley alguna que los autorizara y que son lanzados a las calles a proteger a una minoría política descompuesta.
Hace dos años un primer ejercicio de esta naturaleza tuvo en Puebla resultados funestos. De manera circunstancial, ambos gobernadores coinciden en planes presidencialistas, pero poco les abonarán si sus respectivas administraciones perseveran en su fascinación por sorrajarle balazos a la prole.
Contra toda la lógica de quienes maniobran para seguir detentando el poder, el país se resiste y se niega a seguir en luto y zozobra permanentes.

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