PARA HECHOS: TEATRO LEGISLATIVO

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Lorenzo Delfín Ruiz

Ni siquiera toma posesión como Presidente de la República, y ya Andrés Manuel López Obrador tiene que cargar con señales pesadas y ominosas de aturdimiento partidista -de Morena, pues, su partido- que hacen no olvidar a Enrique Peña Nieto, a quien le quedan los últimos ochenta y tantos días de una tormentosa gestión gubernamental.
Las formas tan poco decorosas con que Morena comenzó a conducirse en las cámaras de Diputados y Senadores, han sido de tal magnitud escandalosas, que sugieren deliberar si ese va a ser el modelo morenista y del propio AMLO para la cuarta transformación de la República.
El Presidente electo debió tener mucho que ver en la inconstitucional licencia otorgada en el Senado por la mayoría morenista al chiapaneco Manuel Velasco Coello para que regresara a terminar su cargo de gobernador. Debió influir también en el maiceo morenista para que el Partido Verde le soltara cinco de sus diputados federales para conseguir en San Lázaro una mayoría absoluta que, en un futuro muy cercano, Morena y AMLO demostrarán para qué les servirá.
Y si López Obrador no tuvo participación en esas negociaciones con un partido que como el Verde está hecho para darlas sin que se las pidan, al menos debió dejarlo pasar… algo que se antoja imposible, sabidas como son sus altas capacidades para controlar todo lo que se deje.
Las broncas legislativas fueron condimentadas por fragorosos zipi-zapes entre Morena y uno de sus “aliados” en el Congreso, Gerardo Fernández Noroña, quien reclamó en San Lázaro y frente a Palacio Nacional la asistencia de Porfirio Muñoz Ledo y Martí Batres, presidentes de las respectivas mesas directivas en la Cámara de Diputados y el Senado, al último informe de gobierno de Enrique Peña Nieto.
(En ese evento, y como José López Portillo en 1982 lloró como mariquita sin calzones su inutilidad para eso de la gobernada, 36 años después Enrique Peña Nieto trató de suavizar su vasta incompetencia también con lágrimas… pero ajenas: las de sus hijas propias y entenadas).
Para el mexicano ordinario que el 1 de julio votó por AMLO para producir lo que después se dio en llamar el tsunami electoral morenista, le resulta incómodo que dentro de la estructura de ese partido y del próximo gabinete federal ocurran negociaciones mercenarias semejantes a las que celebró la corrupta estructura peñanietista que siempre censuraron. Y lo peor: lo hacen bajo el entendido, su entendido, de que la plebe que votó por ellos no lo percibe… que es ignorante sin remedio, pues.
La forma poco clara –y hasta descarada- con que el Senado autorizó la licencia a Velasco Coello, llevada en doble votación y para que el chiapaneco de modales extrafinos pudiera sustituirse a sí mismo en la gubernatura de Chiapas, llenó de gozo a la chiquillada opositora a Morena que vio en todo ese tinglado la primera de (posiblemente) muchas oportunidades para recetarle singulares descontones al partido del cambio por su aparente falta de pericia.
La inexplicable doble votación tuvo otra explicación poco después: la maniobra fue atribuida a Ricardo Monreal, el coordinador de la mega mayoritaria fracción morenista en el Senado, quien le dispensa una fraternal amistad al abusadillo gobernador chiapaneco…
…o con más claridad: con la licencia otorgada a huevo, el zacatecano Monreal pagaba singulares favores que ha recibido de Velasco Coello, como aquel de 2015 cuando en el aeropuerto de Tapachula fueron detenidas tres operadoras que, como delegado en Cuauhtémoc, Monreal llevó para maquinar electoralmente en aquella entidad. Nada fuera de lo normal, si no hubiera sido porque las tres jovencitas portaban una maleta etiquetada a nombre de Monreal y con un millón de pesos den su interior. Literalmente, Velasco y su gabinete emplearon toda su influencia e inventiva para sacar a Monreal del atolladero y de la cárcel a las tres jóvenes funcionarias de la delegación Cuauhtémoc.
Con los mitotes legislativos con que Morena se estrenó como mayoría en ambas cámaras, y entre consecuente y hábil, López Obrador le “recomendó” a sus contertulios que se cuidaran de no caer en las tentaciones del poder… que él, aún sin decirlo, deberá luchar a brazo partido para controlar las propias.
LA UNAM SIEMPRE APETECIDA
El ambiente que inesperadamente se descompuso en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) con el uso anónimo pero criminal nuevamente de golpeadores a sueldo conocidos como “porros”, se percibe en primera instancia como el resultado de luchas internas de poder…
… y ni las tan internas, pues buena parte de la comunidad estudiantil lo atribuye a maniobras incendiarias del gobierno federal para crear confusión y advertir que un conflicto ahí es una amenaza real semejante a la que generó los disturbios de 1968.
En realidad, el coctel de intereses torcidos puede ser que incluya la pretensión de desviar la atención sobre el desastroso estado de la República que se prepara entregar a Andrés Manuel López Obrador.
En el ánimo estudiantil impera la certidumbre de que, para los grupos de poder, la UNAM debe seguir siendo apetitoso botín de control político.
Quienes organizan y patrocinan a los “porros” se empeñan en la idea de ganar espacios a como dé lugar… y sus opositores también, sólo que aquellos lo procuran a sangre y fuego, y éstos con la fuerza de su convocatoria a rechazarlos.
Es así que concentrar a 30 mil estudiantes para solicitar voz en cuello seguridad para sus planteles y la expulsión de delincuentes del ámbito universitario, debe tener su recompensa… recompensa política, para acabarla de estrujar.

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