28 agosto, 2026

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Hay despedidas que duelen distinto. Hay ausencias que no solo dejan una silla vacía, sino un silencio imposible de llenar.

Escribir sobre un amigo que deja este plano nunca es sencillo. Mucho menos cuando ese amigo dedicó toda su vida a escribir la historia de los demás, pero el destino no le permitió redactar la suya. Ricardo Espejel Arellano se fue sin escribir su última nota, sin despedirse de su gremio, sin darle el último abrazo a su esposa Mirina, ni decirles a Jerónimo y Benito Ricardo cuánto los amaba.

El 4 de julio de 2026, a los 55 años de edad, se apagó una voz que durante décadas acompañó la vida política y social de la región de los volcanes y del Estado de México. Se fue el periodista, el comunicador incansable, el hombre que siempre tenía una libreta, una cámara o una pregunta lista para contar la verdad.

Pero antes que periodista, fue esposo. Fue padre. Fue hijo. Fue amigo.

Lo conocimos mucho antes de que contrajera matrimonio con Mirina. Vimos nacer a sus hijos, correr entre risas con la inocencia que solo tienen los niños. Hoy son jóvenes que, demasiado pronto, aprendieron que existen dolores para los que nadie nos prepara.

También conocimos a su padre, aquel maestro que alguna vez fue corresponsal de El Nacional en Oaxaca. Tal vez fue ahí donde nació esa pasión por informar, esa necesidad de contar lo que otros callaban.

Ricardo nunca fue un hombre indiferente. Creyó en la dignidad del periodismo cuando muchos preferían el silencio. Levantó la voz por sus compañeros y fue uno de los impulsores de la lucha para construir una verdadera protección para quienes ejercen el periodismo en el Estado de México. Formó parte del movimiento de los 100 Periodistas por el Estado de México. Después vinieron diferencias personales, caminos distintos, pero nadie podrá borrar que estuvo ahí cuando hacía falta luchar.

Tres décadas atrás comenzó una trayectoria que muchos recuerdan. Fue jefe de prensa en Chalco y posteriormente en Valle de Chalco. Siempre leal a Felipe Medina Santos, primer alcalde de Valle de Chalco, acompañándolo en el PRI y en la organización Oriente Mexiquense. Más tarde también fue operador en medios de comunicación del entonces alcalde de Atlautla, Raúl Navarro.

Y, sin embargo, cuando llegó el momento de despedirlo… el silencio habló más fuerte que cualquier discurso.

Resultó imposible no mirar alrededor durante el funeral y preguntarse dónde estaban tantos de aquellos a quienes ayudó a construir una imagen pública, a difundir sus logros, a abrirles espacios en los medios. Fueron muy pocos los políticos que llegaron a la funeraria San Gabriel para darle el último adiós. Muy pocos fueron los que se hicieron presentes en la misa de cuerpo presente. Muy pocos caminaron junto a él hasta el panteón de El Castillo.

Quienes estuvieron ahí no olvidarán esa ausencia.
Porque la gratitud no debería terminar cuando deja de ser útil.

Ricardo fue un hombre agradecido con la vida. Nunca dejó de tender la mano a quien lo necesitaba. Muchas veces escribió sobre otros sin esperar que alguien escribiera sobre él. Quizá por eso hoy duele tanto imaginar que, después de dedicar una vida entera a contar historias ajenas, su propia despedida estuvo marcada por tantos vacíos.

Pero las personas no se miden por la cantidad de coronas, ni por el número de asistentes a un funeral.

Se miden por las huellas que dejan.
Y Ricardo dejó muchas.

En cada nota publicada. En cada reportero al que aconsejó. En cada ciudadano que encontró en él una voz. En cada madrugada persiguiendo una noticia. En cada familia que conoció su trabajo. En cada amigo que hoy no encuentra palabras suficientes para aceptar que ya no volverá a escucharlo decir: “¿Ya traes la información?”

Hoy el gremio pierde a uno de los suyos.

Una familia pierde al hombre que era su refugio.
Y quienes tuvimos el privilegio de llamarlo amigo, perdemos una parte de nuestra historia.

Descansa en paz, Ricardo Espejel Arellano.

Ojalá que, donde ahora estés, exista una libreta infinita, un cielo lleno de historias por contar y la paz que aquí tantas veces te fue esquiva.

Porque los periodistas mueren dos veces: el día en que su corazón deja de latir… y el día en que nadie vuelve a pronunciar su nombre.

Mientras exista alguien que recuerde tu trabajo, que cite una de tus notas o que cuente quién fuiste, esa segunda muerte jamás llegará.

Buen viaje, amigo y ex jefe para muchos.

Tu última nota quedó inconclusa.
Pero tu historia… esa jamás terminará.

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