
Por Jesús Delgado Guerrero
En toda la historia, poner el destino de un país en manos de fulleros y tahures de las finanzas ha llevado a la debacle a cualquiera. Los instrumentos adecuado para reventar la economía son los bonos de deuda. Son la vía para alimentar la acumulación por la acumulación, para que el famoso “1 por ciento” continúe su codicia depredadora en contra del 99 por ciento restante.
Esto que ha sido una plaga milenaria desde la Edad Media hasta nuestros días, se festeja con el trompeteo del capitalismo neoliberal como uno de los grandes logros de la era moderna, sobre todo en nuestro país, donde un día sí y otro también, los tenedores de bonos se mueven a sus anchas, incluso especulando en las narices de las presuntos sabuesos financieros, manipulando precios (investigación cuyos resultados se han mantenido ocultos, tal vez por que tales pesquisas ni existen).
Cifras recientemente difundidas por la Comisión Económica para América Latina (Cepal), tendrían que estar sonando las alarmas de que algo no está funcionando bien, de que el país está contrayendo obligaciones cada vez más elevadas y, peor, sin que ello permita mejorar la vida de al menos 56 millones de pobres.
Brevemente, es pertinente remarcar que con esto lo que se está alimentando es, en efecto, una mayor desigualdad, una brecha más amplia de la existente, pero esto es hasta motivo de “premios” a los operadores de tales despojos de la riqueza nacional a plazos, que ya están apuntados como “buenos operadores del saqueo” en grupos financieros diseñados para ese fin (como el Grupo de los 30, un ente consultivo de temas económicos y monetarios, del que formará parte Agustín Carstens Carstens, gobernador del Banco de México).
El caso es que en el año 2000, nuestro país tenía obligaciones con tenedores de bonos de deuda pública por alrededor de 68 mil millones de dólares, y a la fecha son de 223 mil 588 millones de dólares. Respecto del PIB en ese rubro, la deuda pasó de 5.7 por ciento a 18.3 por ciento en 10 años. Se desplazó a Brasil del casillero de “líder” en América Latina y, más grave, con ello la deuda externa fue creciendo, creciendo, creciendo, hasta ubicarse en casi el 50 por ciento en relación con el PIB.
Se debe mucho dinero y todo ha sido producto de un fenómeno que no es nuevo pero que se está expandiendo aceleradamente, sin que esa riqueza genere ningún beneficio, sin que se utilice para crear empleos mejor pagados, mejores vías de comunicación (sin socavones, claro) o para disponer de más escuelas, hospitales o tecnología que permita hacer frente a la delincuencia.
Frente a todo esto, los adictos al evangelio neoliberal continúan diciendo que lo peor es lo mejor que nos podía pasar, porque todo eso crea riqueza (que nadie ve ni siente), y ofrece la oportunidad de que el individuo se muestre en toda su creatividad y talento, cuando en realidad es parte de un enorme casino financiero.

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