LOS SONÁMBULOS: CÓMO MERECER LA ABUNDANCIA

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Por Jesús Delgado Guerrero
Del espíritu benevolente, repartidor de indulgencias a lo “demasiado humano”, es aquello que afirma que “todas las criaturas son buenas, pero no sumamente buenas y, por tanto, corruptibles”.
San Agustín, el “Doctor de la Gracia”, proveyó parte de la sustancia teológica y ontológica del “buen salvaje”, y también del mexicanismo: “mi compadre es honrado, pero honrado, lo que se dice honrado…”.
Sepultado el “acrisolado sentido de la honradez del pueblo mexicano”, como llegó a pontificar Justo Sierra, un defenestrado Porfirio Díaz llevó en su equipaje con destino a Paris unos cuantos miles de pesos, según algunas investigaciones, de modo que el juicio de la historia, predominantemente “liberal”, ha acusado la esencia propuesta por el Obispo de Hipona, ahí donde la existencia del bien es mínima sólo como parte de un requisito para que “el mal” pueda desplegar sus “bondades” a gran escala.
Por eso, aquél ciudadano que aspire únicamente a la “honrada medianía” tendrá que ir haciendo fila en los comedores populares o inscribirse en algún programa de asistencia social (emblemas de la justicia social populista que el latrocinio institucional difunde como un gran logro).
Un poco de empuje lo llevará a la política porque ahí ni especialidad le van a exigir y, mejor, va a tener la oportunidad de mostrar una versatilidad de comediante al estilo “mil usos” (véanse los casos de Luis Videgaray o, ahora, el de Claudia Ruiz Massieu, o el de cualquier otro, en estos tiempos de expertismo político sin especialidad).
Y con algo de audacia se verá llenando planas, como estudiante regañado, afirmando “sí merezco abundancia”, como la “First Lady” veracruzana (ahí radica la fuerza: auto-convencerse), o siendo beneficiario de millonarios sobornos tipo Odebrecht-Pemex.
Un viaje en helicóptero para cubrir una distancia de 13 kilómetros en la Ciudad de México, como hacía el ex titular de Pemex, Emilio Lozoya Austin (¡174 mil pesos diarios!), o para asistir a la familia, como David Korenfeld, en Conagua, ilustra la época del tránsito fastidioso, la inutilidad de los “segundos pisos” y “viaductos metropolitanos”, así como los recordatorios familiares, incluso asesinatos por percances viales (la tecnología se consolida como herramienta que facilita la comodidad, siempre y cuando sea con cargo al erario público).
Igual sucede con “inversionistas” (sinónimo de empresario, innovador y también de especulador, timador y otros) cuyos viajes de sus mansiones a las compañías o campos de golf -también en helicóptero- no serían tan frecuentes sin la evasión fiscal y el alimento permanente a la especulación por parte de Banxico con sus “novedosas” coberturas de riesgo cambiarias, lubricantes de la acumulación por la acumulación.
(Y con tales merecimientos pretenden convencer a los votantes de los beneficios de sus concusiones y usuras).

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