
Lorenzo Delfín Ruiz
En la lógica gubernamental, el violento gasolinazo de agosto seguido del criminal aumento a las tarifas eléctricas no pudieron ser más que travesuras menores, comparables a la meada de dos sinvergüenzas empleados temporales a los chiles de La Costeña.
El razonamiento oficial –si es que lo hubo, cosa harto difícil de aceptar en una administración que socialmente actúa a tontas y a locas y con la mentira como código sublime- pudo ser inspirado en el genial argumento de que así como el chorro de orines será fácilmente diluido en el mar de chiles envinagrados y enlatados, del mismo modo el gasolinazo será absorbido sin mucho dolor.
Sólo que desde que fue conocida la asquerosa fechoría en aquella empresa que hace alarde de sus 93 años de vida, han de sobrar los consumidores a los que frente a una lata del condimento clasificado como virtual símbolo patrio, les gane la desconfianza y dejará de comprarla. De ese tamaño, si no es que de mayores dimensiones, es el recelo y el desprecio que el gobierno se ha ganado con especial ahínco por su “pequeña meada” convertida en 4.2 por ciento de aumento de golpe y porrazo a la gasolina de más consumo, la magna, y de 44 centavos al litro de diesel.
Tomado como mecanismo recurrente para nivelar el gasto público y para incrementar ganancias empresariales, el nuevo y criminal golpe a la economía que se diseñan las administraciones públicas en turno en contra de los consumidores cautivos, destapa otros hoyancos en el entendido de que en su mayoría las actividades económicas están ligadas al consumo de combustibles. De tal suerte (mala suerte, para redondear) que se activan otros aumentos en cascada, se reduce la capacidad de compra y se estimula la espiral inflacionaria, prevista a más del 3 por ciento anual.
El manejo ocioso de cifras, otra vieja práctica para ensalivar los salvajes descontones gubernamentales, llevan no solamente la oscura intención de explicar que se actúa bajo parámetros del tope máximo al precio de los combustibles y ponerlos a tono con las referencias internacionales, sino dejar de explicar lo más nebuloso: que los incrementos representan exclusivamente multimillonarias ganancias para los especuladores internacionales y empresarios caseros protegidos. Lo peor: al final de la cadena, las enormes utilidades las producen los consumidores de por sí agobiados por la estrechez económica.
Por si no quedara suficientemente claro, el golpazo gubernamental reafirma que “su” reforma energética le tronó en las narices como una falsedad más y ocurre en momentos en que la inseguridad, la corrupción y el descontento social siguen cobrando cuotas sangrientas, para lo cual nadie dentro de la estructura de gobierno se ocupa de buscar y aplicar fórmulas de protección para una población con el coraje a tope.
Al paso de la conducta de la administración federal, huidiza en sus responsabilidades constitucionales pero experta a la hora de hostilizar a la población, la expectativa para nivelar la economía de las familias se antoja lejana, sino que imposible.
La soberbia de los grupos de poder verdadero que sostienen a la élite burocrática nacional, ennegrece más el ambiente social. La iniciativa privada acumula, esclaviza y engorda; los partidos políticos controlan y florecen con la corrupción como motor ideológico. La docilidad del Congreso, traducida en complicidad irracional, confirma que el pueblo, como nunca antes, está completamente solo en la lucha contra sus verdugos.
La verdad no escrita es que el gobierno busca afanosamente acostumbrar a sus gobernados a que le crean sus mentiras. Es entonces que orilla a actuar en reversa. En estas circunstancias, de su anuncio de que “ahora sí” en 2016 ya no habrá más gasolinazos (lo mismo dijo a principios de año) habrá que esperar otra sorpresita. Diciembre…

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