
Por Jesús Delgado Guerrero
Hace siglos algunos clásicos lanzaron advertencias sobre los excesos de que debe cuidarse la democracia. Uno de ellos es la desigualdad, brecha entre ricos y pobres que, de acuerdo con lo anticipado por Montesquieu, degenera el espíritu democrático, lo corrompe.
Al respecto, lo que hizo el economista Gerardo Esquivel Hernández con su investigación “Desigualdad Extrema en México, concentración del poder económico y político” (Oxfam, México), hace ya más de un año, fue justo mostrar esa degeneración con cifras, personajes y lo que la ha impulsado.
El documento echa por tierra mitos neoliberales, demostrando qué malos expertos son los expertos y toda esa chunga mística de sus “fundamentos”, y las cifras erizan la piel: la catorceava potencia económica mundial tiene 53.3 millones de pobres y está entre los 25 países con mayor desigualdad; al 1 por ciento más rico le corresponden 21 por ciento de ingresos totales; el 10 por ciento más rico concentra el 64 por ciento de toda la riqueza nacional; la riqueza de 16 mexicanos pasó de 25 mil 600 millones de dólares en 1996 a 142 mil millones de dólares en el 2014. Más: cuatro multimillonarios (Carlos Slim, Germán Larrea, Alberto Bailleres y Ricardo Salinas) “podrían haber contratado hasta 3 millones de trabajadores mexicanos pagándoles el equivalente al salario mínimo sin perder un sólo peso de su riqueza”.
Diariamente la desigualdad exhibe sus rostros deformados (desde el educativo hasta el laboral) ante lo cual los predicadores de la prosperidad y sus “centros de pensamiento” se han quedado sin argumentos, mientras sus símbolos insisten en declararse “pobres” (Slim), víctimas de sus propias propensiones (la especulación), declarándose fervientes patriotas (Bailleres) o comparándose (Salinas) con talentosos futbolistas (ellos sí, blanco de persecuciones del fisco no por su genio en la cancha, sino por evasores)
La superstición neoliberal de que la riqueza de pocos beneficia a muchos es eso, pero es real que a la par de su devastadora aplicación se ha dado la casi aniquilación de los poderes públicos, por sometimiento o por imbricación, hecho remarcado por Esquivel.
De alguna manera el ocultismo económico ha asumido como un fin lo que debe ser un principio (la igualdad, punto de partida, no de llegada) y con falsas poses de justicia social (combate a la pobreza, que lo mismo enarbola la derecha que la izquierda) buscar eludir la llana redistribución fiscal, un suelo parejo, sin excepciones ni atajos para empresas “offshore” en paraísos fiscales, codicia cínica si se toma en cuenta el marco normativo que ha permitido al poder económico acumular por acumular.
Pero gracias a la casi nulidad de los poderes públicos, lo que se “debate” como si fuera nervio vital de la agenda pública es ver cuántas despensas, gorras y matracas se van a repartir en la próxima elección y cuántos comedores comunitarios permite el presupuesto, esto es, ver quién medra más al amparo de la pobreza, en gran medida consecuencia de la desigualdad.

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