4 abril, 2026

Reporteros en Movimiento

Información sin censura

Lorenzo Delfín Ruiz

Enrique-Peña-Nieto
Regina festejaba su propio chiste. Y se regocijaba aún más cuando hacía reír a quien la escuchara. La sátira, que no es nueva, se refiere al supuesto momento crucial en que el presidente de la República, a bordo de un avión a punto de estrellarse, salta al vacío para salvar su vida y, así, salvar a la nación… sólo que en lugar de paracaídas, utilizó la mochila de Pepito el de todos los cuentos y que ese día viajaba con el primer mandatario.
Como era de esperarse, y tal cual sucede en cada transición sexenal (cada seis años, pues), Regina le acomodó al chiste el nombre del presidente actual, precedido de la palabra “bobo”.
A diferencia de antaño, cuando insinuar siquiera públicamente una ofensa al presidente en funciones significaba al menos una garrotiza policiaca, ahora es usual que el pueblo (y hasta Barack Obama) descargue con poca sutileza su resentimiento hacia quien identifica como el centro del poder que todo decide, que todo compone pero que, para mayor perjuicio de la clase orillada a la mendicidad, también todo descompone.
Aún así, en aquellos tiempos idos la institución y la figura presidencial, con el país repleto de “orejas” de Gobernación que todo lo que oían lo transmitían de manera tan burda que daba lugar a interpretaciones abusivas y, según el tamaño de la ofensa, a rabiosas persecuciones y sangrientos enmudecimientos por la vía de la desaparición física (asesinatos, pues), eran respetadas… no por complacencia personal, sino para salvar el pellejo.
La distancia generacional ha permitido una mayor soltura en la relación de respeto entre el poder legal que el pueblo le da a un individuo llamado Presidente de la República, y el pueblo mismo. Esta apertura, obligada por una “nueva” y suspicaz cultura política, se hace explosiva por la disposición abierta y masiva de medios modernos que permiten la opinión desnuda que, desbocada y sustentada en el sobado argumento de que “como veo doy”, se traduce en ofensa infame ante las infamias del poder público.
Será posible encontrar diferencias sustanciales entre el ayer del autoritarismo y el hoy neoliberal. Decir e ir en contra del Presidente, era un acto poco menos que suicida. Hoy se puede decir lo que se le dé la gana a cada quien, pero ir a contrapelo de la enorme camada de empresarios nacionales y principalmente extranjeros que despellejan al país, fielmente representados por el primer mandatario, puede resultar más amenazador que el simple calificativo de “bobo” y pudiera estimular, como ha sucedido, callamientos forzados y masivos.
Sin embargo, ahora mismo ha de ser posible encontrar entre los ciento veintimás millones de mexicanos quienes se sulfuren hasta el encéfalo (el tuétano, vaya) cuando el presidente es ofendido, con o sin razón de por medio. Pero también han de admitir que poco se puede hacer cuando el mismo Presidente no hace algo para dejarse ayudar.
En el tormentoso maridaje con sus gobernantes (el Presidente no es el único capataz, pero sí el más importante) el pueblo juega su papel; cuestiona, censura, critica, mienta madres, ofende y satiriza ante actos de poder injustos. Pero el personaje aquel desde el confort de la Presidencia omnipotente que le permite ya ni siquiera rentar al país, sino ponerlo en barata, nada hace por modificar la percepción que se tiene de él. Y cuando lo hace es para empeorarla.
Este ambiente debió ser creado en torno del presidente Enrique Peña Nieto cuando, en el frenesí del lanzamiento de una ya dudosa ley anticorrupción, se lanzó a su vez pidiendo perdón al pueblo por la posesión de una mansión por vía de la compra, regalo o quien sabe qué tejemanejes, aún cuando asumió que actuó de manera legal (cosa que, de ser cierta, debe compartir con su consorte que es quien apareció siempre como la figura emblemática de una maniobra inmobiliaria señalada con altos signos de corrupción).
El perdón solicitado y la eventual devolución de la casona a manos de quien la vendió, regaló o puso en manos de la familia presidencial por quien sabe qué tejemanejes, es indudablemente un estímulo… pero sólo para la prole presidencial, porque si con ese gesto de contrición se pudieran enmendar los yerros que dañan al pueblo, el resto de la gestión presidencial sería insuficiente para pedir la compasión popular.
En medio de una armonía social decadente, los estómagos vacíos de México han de apreciar la actual gestión gubernamental como una administración repulsiva y repelente a la misericordia. Entonces, ¿no deja de ser chistosita y frívola la vez la solicitud de perdón de quien no se apiada ni recula en el ánimo propio y de quienes lo patrocinan para mortificar más a quienes lo eligieron?
Aún con perdones y disculpas de por medio, los reproches al gobierno de la República se acentúan y estimulan la inventiva popular, como el chiste propalado por Regina… a sus siete años de edad.

 

Descubre más desde Reporteros en Movimiento

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo