31 agosto, 2026

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Por Jesús Delgado Guerrero

Los romanos dejaron algunas lecciones sobre la pobreza y una de ellas es que la ayuda a los menesterosos, hoy bajo rótulos redentores populistas, es el arma propagandística política que garantiza adhesiones de las clases “bajas”, fuente de poder. Si a eso se le añade un poco de teatro, mejor.

Centurias después los británicos “descubrieron” horrorizados, presionados por terratenientes, el deterioro de la economía debido a esas políticas aplicadas mediante una Ley de Pobres que se creó en el Siglo XVI y se mantuvo casi intacta hasta el Siglo XVIII.

Entonces un asesino o ladrón era mejor alimentado tras las rejas que un jornalero agrícola el cual, además de vivir en pocilgas, debía recurrir a la ayuda estatal, pero se formó una comisión real que investigó durante dos años (a partir de 1832, previos desórdenes e incendios generados por la miseria) y de ahí se pasó de las parroquias a las “workhouses”. 

Lo que “encontraron” los comisionados ingleses es casi copia de los recientes resultados del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) y sus “métodos” para reducir la pobreza:

“Los agricultores permiten que sus obreros declaren salario menor del que realmente reciben a fin de obtener una mayor ayuda benéfica…”, “Los agricultores se resisten a expresar su opinión contra un pobre que solicite ayuda benéfica por temor a que sean incendiadas sus posesiones”, y en suma, “Los pobres nos engañan con mil argucias y una vez que reciben la ayuda la mayoría se la gasta en bares”, relatan crónicas inglesas.

(“Los informantes tienden a declarar menos de lo que realmente perciben”, por eso “la diferencia entre las percepciones reportadas por las encuestas de ingresos de los hogares y su contrapartida en cuentas nacionales presenta una brecha particularmente grande”, según el hallazgo del INEGI)

Algunos afirman que buena parte de la ciencia ficción es de una seriedad terrífica, pese a su ligereza. La maniobra del INEGI es el viejo chiste donde si un vecino se come dos pollos a la semana y el de enfrente uno, el promedio estadístico asegura que cada uno se come pollo y medio a la semana.

El salario ha perdido más de 77 por ciento de poder adquisitivo, la economía no ha superado el mediocre 2 por ciento en más de 30 años, mucha gente depende del crédito para comer y vestirse, pero el ingreso real de los hogares mexicanos aumentó 11.9 por ciento a nivel nacional y más de 30 por ciento en algunas entidades entre 2014 y 2015, según el INEGI.

Para el escándalo, en el reporte trimestral sobre ingreso en los hogares los más pobres tuvieron un incremento real de 33.6 por ciento en un solo año (ni Beto “El Boticario” haría una desaparición tan grotesca de pobres de 30 por ciento en un abrir y cerrar de ojos)

En términos de la ficción oficial, la riqueza se aferra a la indigencia mediante un catálogo de embustes para acceder a comedores comunitarios y al reparto de despensas, avaros y holgazanes cuya apremiante necesidad es fingir un voto de pobreza cristiano y disponer de un colchón resistente para esconder sus fortunas (lo cual no impedirá, claro, que la pobreza siga siendo un negocio muy rentable y un programa clientelar de gobierno, circo mediante)

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