19 abril, 2026

Reporteros en Movimiento

Información sin censura

Por Jesús Delgado Guerrero


Recientemente el astrofísico Stephen Hawking se sumó a la lista de científicos que han alertado respecto de las amenazas que se ciernen sobre el planeta. En su consideración, las mayores son: la contaminación, la avaricia y, !cómo no!, la estupidez, esa condición contra la que, según el clásico, los dioses han luchado en vano.

“Hace seis años me preocupaba la contaminación y el hacinamiento. Desde entonces hemos empeorado”, afirmó, y dijo que “ciertamente no nos hemos vuelto menos avaros ni menos estúpidos” (AP, 30-VI-16)

Parienta gemela de la locura, la imbecilidad y la idiotez, el despacho que difundió el aviso del científico fue “relleno” periodístico, casi perdido, no tanto porque la contaminación y avaricia, sinónimos de devastación y depredación, no estén en la discusión de la agenda pública, sino quizás para no alterar el curso histórico de un tema del que, primero, tal como observó Robert Musil, los sabios no se han ocupado grandemente (su campo es la sabiduría y nada más, y corren el riesgo gratuito de parecer arrogantes debido a la presunción de inteligencia) y, segundo, porque es más fácil publicitar avances de la ciencia contra las más letales enfermedades bacterianas que logros contra aquella.

Muy lejos de ese rango, algunos lo han intentado pero han terminado militando en las filas del partido del idiotismo que se denuncia (Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Alvaro Vargas Llosa con su saga “Manual del perfecto idiota latinoamericano”, “El regreso del idiota” y, por supuesto, “Últimas noticias del idiota”, donde al mismo tiempo que cargan contra el “idiota”, especie de conspirador a la Dostoiewski resaltando la incapacidad estatal para organizar siquiera una compañía naviera, recomiendan a sus teólogos neolibertinos como Ayn Rand y su heroico titán, Hayek y su “justicia social” como fermento totalitario, a Popper -guía político del especulador George Soros- y otros diez libros “que le quitarán la idiotez”, dicen ufanos, arremetiendo contra otros tantos autores de libros que “conmovieron al idiota latinoamericano”, y también a europeos)

Ante ello la observación de Musil sigue vigente: no se ha desarrollado un estudio que ofrezca respaldo a aquél que tenga la intención de “conjurar a ese monstruo llamándolo por su nombre”, a pesar de aproximaciones clásicas, como las de Erasmo de Rotterdam y de Michell Foucault.

Empero, no hay que desestimar la advertencia de Hawking sobre la estupidez pues, como anotó el economista italiano Carlo Cipolla, sus militantes (incluidos los “idiot-savant” literarios) no se rigen por leyes ni estatutos pero “están en perfecta sincronía, como si estuviesen guiados por una “mano invisible” y, en suma, son parte de las “ y oscuras fuerzas que impiden el crecimiento del bienestar y de la felicidad humana”, peor que la mafia o la Internacional Comunista (Leyes fundamentales de la estupidez)

Las últimas cuatro décadas prueban lo que es capaz de provocar.

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