
Por Jesús Delgado Guerrero
De la profunda filosofía del derecho ranchero del “háganse la leyes, pero en los bueyes de mi compadre”, un nuevo engendro presuntamente anticorrupción, avalado por la corrupción quintaescenciada del “dale pa´trás, papá” y su impune tufo pederasta y otros hedores, impulsa el canon chantajista del capitalismo salvaje en el que los titanes se ponen en huelga y, adiestrados por rebeldes profesores que se niegan a volver a las establos del viejo patrón, se movilizan en aras de ocultar sus declaraciones al fisco y sus modestos patrimonios.
La queja de los predicadores del libertinaje capitalista no se ha hecho esperar: la Ley Anticorrupción resume la infamia de ésta y todas las épocas, en un lance que pretende glorificar el estercolero mafioso denominado “poder público”, una de tantas mentiras de la cultura de la simulación y el auto-engaño.
“El bien del honor ya se encuentra bajo una justicia de pandilleros”, expresaría con crueldad Karl Kraus al ver el empeño legislativo, donde el combate a la corrupción es encabezado por algunos de los principales protagonistas y quienes en épocas descerebradas, como las del citado escritor, han confeccionado los más espantosos volúmenes para sancionar cualquier falta, al tiempo de excluirse de la letra y del espíritu, igual por mala leche, como ahora, como por tradicional despotismo.
Por eso algunos han tenido la honradez de confesar que simpatizan con el partido de la corrupción cultural y otros en el de la impunidad hipócrita, no tanto por rencor democrático como para evitar citas al juzgado donde, además, se trata no de responder a las transgresiones, sino de defenderse de ataques infamantes y lograr un certificado de probidad.
Aunque el legislativo justifica diciendo que “del otro lado también hay corrupción”, en la ley no entran especuladores, entre tenedores de bonos de deuda gubernamental, bancos, monopolios y otros actores promotores de Fobaproas y robos al erario público similares pues, según la mirada aguda de Thorstein Veblen (Teoría de la Clase Ociosa) ello constituiría someterlos al humillante requisito de demostrar que… !trabajan! (¡qué horror!), bajándolos de helicópteros, aviones, o sacándolos de reuniones de negocios en campos de golf o chalets, y sólo para llenar formatos como si se tratara de una diligencia judicial.
Obvio, al famoso “1 por ciento” que detenta la riqueza no se le toca. Tampoco a fieles aliados, innovadores de perfil “offshore” para evadir impuestos. Sólo hay que devolver la cortesía a esas células renegadas de la doctrina del “10 por ciento, o más”, que alentaron la intromisión, ley mediante, en vidas juradamente decentes que, en revancha, se otorgaron la facultad de ver por la cerradura.
Parafraseando a Kraus (El Banquete de Timón, Escritos), el ridículo resucita y se confía a la peste la curación del mal.

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