14 mayo, 2026

Reporteros en Movimiento

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Elizabeth Stride (cadáver) (001)

Por Jesús Delgado Guerrero

Uno de los rasgos característicos de las últimas décadas es el discurso oficial que preconiza paraísos artificiales con cifras que, más que para abonar al democrático ejercicio de rendir cuentas o para un simple intercambio de impresiones, intentan alimentar una imagen.

Con todo y las revolcadas a los textos y operaciones aritméticas, en este punto se está más cerca de las “conversaciones rituales” del filósofo, escritor y periodista guanajuatense Jorge Ibargüengoitia Antillón (Instrucciones para vivir en México) que de los efectos deseados.

Para abundar en la falta de profundidad o de interés, el paisano de José Alfredo resalta el “Miércoles de Ceniza” (de Luis G. Basurto), donde se hace mofa de una necesidad casi dramática, con dos hermanas que han vivido juntas muchos años, pero que se cuentan mutuamente la historia de sus vidas, ”como si no la supieran”.

También, como refuerzo de la vacuidad, el pensador refiere el monólogo de un reflexivo sexagenario y el resumen de su dilatado camino experimental: “lo más elegante, fresco y cómodo son las camisas de algodón. !A mí no me vengan con cuentos!”.

Trasladado ese rito a la esfera del capitalismo neoliberal con metáforas médicas, los doctores se muestran satisfechos con algunos signos vitales de la economía que, dicen, respaldan el avance nacional.

Por cuestiones de protocolo y anestesia, el diagnóstico no incluyó a los 21. 4 millones de niños y adolescentes pobres cuyo único defecto, según rigurosos antropólogos, sociólogos y otros, es que son idénticos a sus padres (por eso el saldo de tres décadas y media de capitalismo salvaje alcanza o supera ya la friolera de 55.3 millones de pobres)

Empero, es el ritual del “cadáver estable”, raro y sorprendente país de riqueza envidiable (recursos naturales a lo bestia, geografía codiciada, gente, etc.) donde cohabitan la miseria más extrema con sus comedores comunitarios y la riqueza todavía más extrema, respaldada ésta por paraísos fiscales para redondear el “éxito” de aquellos que se ostentan como innovadores sin siquiera haberse tomado al menos la molestia de intentar patentar la evolución del taco y la torta compuesta como el último invento de la tecnología alimentaria, esa que elogia el también autor de La Ley de Herodes.

(Forzada digresión: por lo menos esta teoría del taco de vanguardia sería más creíble que toda es cháchara de talento porque, según Ibargüengoitia, ¡después de 400 años nos dimos cuenta de que la carne de res también sirve para hacer tacos!, es decir, es un suceso reciente, aunque los tacos sudados envueltos en un jorongo constituyeron uno de los momentos culminantes de la tecnología nacional: el taco sudado es el Volkswagen de los tacos, según el sarcasmo salvaje del filósofo)

Lo sustancial, es claro, no forma parte de los no tan viejos como gastados ritos.

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