29 abril, 2026

Reporteros en Movimiento

Información sin censura

Por Raúl Río Valle

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Desde la invisibilidad pasaron a ser visibles. Y han dicho que la convocatoria a las movilizaciones del #24A se fue gestando en platicas informales que fueron subiendo a las redes sociales, después del susurro alzaron la voz y llegó el momento en que sintieron podían pasar a la acción colectiva para gritar su furia contra las múltiples formas de violencia machista, que de diversas maneras las agobia, las amenaza, las acosa, las golpea, las desaparece y las mata, real o potencialmente. La violencia contra las mujeres les impide ejercer su libertad y sus derechos humanos.

Pero lo primero es, hay que reconocerlo, que se trata de una forma de violencia particular que ejerce la sociedad patriarcal machista hacia el género femenino, que no distingue a niñas, ni adolecentes, ni adultas, ni ancianas. La violencia del ser humano contra el ser humano nunca ha respetado edad. Es un círculo visioso que, ya decidieron, hay que romper. Dieron el primer paso.

Y no es que las mujeres apenas comiencen a organizarse para defender sus derechos, ¡no!, lo nuevo es que lo empiezan hacer en el nuevo contexto de la plaga de las violencias que nos afecta a tod@s en los últimos años, pero que particularmente se ha ensañado más hacia ellas, y que en el marco del paradigma neoliberal y del desmantelamiento de los derechos sociales, el rompimiento del tejido social y de las solidaridades entre los comunes; se nos fragmentó, aisló, violentó, atracó y despojó de casi todo, incluso a miles de la vida misma.

Al alzar la voz y levantar la mira, las mujeres libres convocantes del #24A le pusieron el ojo al Estado de México y decidieron que el mejor punto de partida era Ecatepec. No es casual, el presidente del país es del Estado de México y el gobernador del Estado de México es de Ecatepec. Y ambos, estado y municipio, han sido por muchos años el número uno en violencia de género hacia las mujeres. Ecatepec es hoy la ominosa capital del feminicidio.

Durante años gobernadores y procuradores mexiquenses han argumentado que el primer lugar en feminicidios que ha tenido el estado, se debe a que la entidad es la más poblada del país. Humberto Padgett en su libro «Las Muertas del Estado. Feminicidios durante la administración mexiquense de Enrique Peña Nieto», les ha demostrado con números que mienten, que con el 13.5% de la población nacional, el estado ha aportado el 25% de las muertas.

Padgett ha hecho en su libro el comparativo histórico de las estadísticas de mujeres muertas en el país en relación al Estado de México, entre 1990 y 2011. De esos 21 años durante 11 años la entidad mexiquense ha encabezado las listas de muertas en el país, durante las sucesivas administraciones de Ignacio Pichardo, Emilio Chuayffet, César Camacho, Arturo Montiel, Enrique Peña y por supuesto Eruviel Ávila, al que le ha explotado en las manos la bomba de tiempo que le construyeron sus correligionarios de partido. O sea que el feminicidio es un problema endémico y sistémico en el Estado de México. Ya no le pueden dar vuelta al problema.

El Estado de México es el lugar más inseguro del país, pero sin duda es el peor lugar donde una mujer puede vivir para morir. En su conclusión Padgett es tajante: «Muerta por muerta y ataúd por ataúd, en el Estado de México mueren más mujeres que en el resto del país».

Dice Lydia Cacho que los gobernadores mexiquenses no ha querido saber de las mujeres violentadas, particularmente Enrique Peña entre los años 2005-2011: «Porque para el señor gobernador cada asesinato, cada violación, cada mujer raptada y mutilada era un escándalo: las quería acarreadas, votantes, fans, bellas y maquilladas, sólo así». Por eso su permanente negativa a declarar la alerta de género.

En el estado particularmente las mujeres viven la era del shock, están en permanente situación de miedo. El libro de Padgett rompe otro mito gubernamental: que las mujeres violentadas y/o muertas se ubican únicamente en los municipios más poblados. En Atlacomulco, por ejemplo, vivió en 2010 el peor de los años para las mujeres pues la tasa de asesinatos de ellas fue del 5.1; y en Zacazonapan la misma tasa ascendió en 1991 a 78.9 y en 2005 año en que Peña Nieto inició su gobierno, alcanzó la tasa de 56.2.

O en Zacualpan que 1994 tuvo una tasa de 42.2 con un promedio nacional de 3.1; o en Texcalyacac con 52.1 en 2003 con un promedio nacional de 2.5; y en San Martín de las Piramides con una tasa en 2011 de 28.6 contra una nacional de 4.5. Nada justifica que Eruviel Ávila, presionado por la sociedad civil, haya establecido la alerta de género en solamente 11 municipios. Debe extender la alerta de género a los 125 municipios del estado. Pero sobre todo debe comenzar a establecer políticas públicas para combatir la violencia de género. El dejar hacer y dejar pasar debe aventarse al bote de basura.

La cultura patriarcal y machista es el primer obstáculo a superar, está presente en la policía, en el ministerio público, en los jueces y en los políticos. Pero la mayoría de las veces también entre los familiares y amigos de las víctimas que deciden denunciar. Las mujeres, familiares y amigos que lo hacen necesitan una voluntad de acero. Y toda la solidadridad que se les pueda brindar.

Por eso es de destacar la presencia en la plaza pública de Ecatepec el domingo pasado de dos valientes mujeres, entre muchas tantas, una es Irinea Buendía que durante años ha luchado por esclarecer el asesinato de su hija Mariana Lima, muy presumiblemente a manos del que fue su esposo.

La otra es Carmen Zamora, que después de incansable batallar ha logrado que su agresor, su exesposo Carlos Baruch Alarcón, un exmilitar con turbios antecedentes, este preso en el Penal de Chiconautla, en Ecatepec. Pero ahora con argucias legales el ministerio público de ese Penal quiere modificar los delitos que se le imputan al acusado, violación y violencia de género, por delitos que se tipifiquen como no graves para lograr su liberación.

Carmen Zamora es, dicen las organizaciones de mujeres, un caso vivo, que si logra que al inculpado se le tipifique el delito de violencia de género, sentaría un gran precedente. Y sospechan, parece que justificadamente, que ese precedente es precisamente el que quiere evitar el sistema de «justicia» mexiquense.

Es urgente que los ministerios públicos y los jueces atiendan estos casos con perspectiva de género. Porque si no la visión machista seguirá imperando. Si hacemos que impere la ley y la justicia, en adelante hablaremos sobre la vida de las mujeres, ya no más su muerte.

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