Por: PEPE TOÑO
La pesadilla cotidiana que padecen miles de ciudadanos, millones de consumidores, cientos de mexicanos sometidos a lo que se llama el “rentismo” –según la literatura económica-, es en la que los individuos o grupos privilegiados en la economía obtienen reglas de juego que los benefician. Permisos que los enriquecen. Amparos que los exoneran. Regulación que los protege. Protección que les permite acumular grandes ganancias a expensas de los ciudadanos.
El rentismo depredador basado en contratos otorgados a familiares. La protección a monopolios y la claudicación regulatoría. El control de concesiones públicas por parte de rentistas disfrazados. El pago asegurado a trabajadores del sector público al margen de su productividad. El uso del poder de chantaje por parte de los intereses monopólicos para capturar al Congreso y frenar las reformas; subvertir a la democracia y obstaculizar el desarrollo de los mercados. Perpetuar el poder de las élites y seguir exprimiendo a los consumidores.
Los consumidores están obligados a pagar precios abusivos por bienes y servicios como la tortilla, la telefonía, las carreteras, los artículos de primera necesidad y otros. Víctimas comunes del proceso mediante el cual uno o varios empresarios –con el permiso del gobierno- capturan rentas a través de la manipulación del entorno económico. Acaparando o especulando o monopolizando o creando un cartel. Manipulando al mercado para controlarlo. Presionando al gobierno para coludirse con él. Eso es lo que caracteriza a México, donde la explotación al consumidor es práctica común y permitida.
México ésta atrapado por una red intrincada de privilegios y vetos empresariales, y “posiciones dominantes” en el mercado que inhiben un terreno nivelado de juego. Una red que opera con base en favores y concesiones, y protección regulatoria que el gobierno ofrece y miembros de la cúpula empresarial exigen como condición para invertir. Una red que beneficia a alguien como el dueño de una distribuidora de o el concesionario de una carretera privada o el comprador de un banco rescatado por el Fobaproa o el principal accionista de Telmex.
Estos actores capturan rentas a través de la explotación o manipulación del entorbo económico en lugar de generar ganancias legítimas a través de innovación o la creación de riqueza.
Y los consumidores de México pagan renta que hace posible el rentismo. Hacen posible la transferencia de riqueza para que otros lo acumulen excesivamente cada vez que pagan la cuenta telefónica, la conexión a internet, la cuota de la carretera, la comisión de la tarjeta de crédito, y así sucesivamente de ejemplos de rentras extraídas a través de la manipulación del mercado con resultados cada vez más costosos para los ciudadanos.
El rentismo acentúa la desigualdad, produce costos sociales, dilata el desarrollo, disminuye la productividad, y aumenta los costos de transacción en una economía que para competir necesita disminuirlos. El rentismo no beneficia al consumidor sino a quien lo expolia. Beneficia a los especuladores y a los acaparadores y a los monopolistas y a los concesionarios que tienen a su cargo un bien público.
Un ejemplo es la tortilla un mercado que en realidad no lo es, porque de libre tiene muy poco. Un mercado distorsionado por distribuidores que se coluden entre para elevar precios y después celebran cuando el gobierno los fija. Un mercado poco competitivo, controlado por actores dominantes y manipulados por espectadores que acaparan el grano. Es un mercado concentrado que opera en torno a dos o tres grandes jugadores, inhibiendo la participación de los demás.

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