30 abril, 2026

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Por Raúl Río Valle

1. Un político católico y conservador

Enrique Peña Nieto nació en Atlacomulco, Estado de México el 20 de julio de 1966. Es hijo del ingeniero Gilberto Enrique Peña del Mazo y de la maestra María del Perpetuo Socorro Ofelia Nieto Sánchez. Es sobrino de dos exgobernadores del estado, por la vía paterna de Alfredo del Mazo González y por la materna, de Arturo Montiel Rojas.

Otro tío paterno, Arturo Peña del Mazo, fue presidente municipal de Atlacomulco. Además de políticos, en el seno familiar han contado también con prominentes jerarcas católicos. Es el caso de Maximino Ruíz y Flores (1875-1949), vecino de Atlacomulco, doctor en teología dogmática y gobernador de la Curia Metropolitana. Fue muy influyente en los círculos conservadores de su tiempo.

Pero no tanto como fue el caso de Arturo Velez Martínez, el primer Obispo de Toluca. Primo de Alfredo del Mazo Velez, quién fue gobernador del estado, senador y secretario de Recursos Hidraulicos del gobierno federal. Desde la diócesis de Toluca el Obispo Velez despacho durante 30 largos años.

Durante los cuales fue muy cercano a reconocidos personajes del “inexistente” Grupo Atlacomulco, tales como Gustavo Baz Prada, Salvador Sánchez Colín y el mismísimo profesor Carlos Hank González. El Obispo Velez fue ultraconservador y fue el prototipo de la versión religiosa de priísmo acendrado y corrupto, que se extendió desde Atlacomulco a todo el estado durante muchos años y ahora para todo México.

Todavía algunos recuerdan el manejo poco claro que el Obispo Velez daba a sus campañas para la recolección de recursos, particularmente de las rifas de casas. Tenía el sello de la casa.

Desde su nacimiento, Enrique Peña Nieto siempre estará ligado a la política del PRI, a la religión católica y a los negocios realizados al amparo del poder público. Creció en el seno de una familia católica, en un entorno conservador y provinciano, que todos los domingos asístía a misa. No es extraño que cuando le preguntaron sobre los tres libros que lo marcaron, del único que se medio acordó fue de la Biblia, “que lo marcó” según alcanzó a balbucear.

La educación de EPN se dió en ese ambiente confesional, desde el Colegio Plancarte de Atlacomulco, atendido por monjas de la Orden Hijas de María Inmaculada de Guadalupe; hasta la Universidad Panamericana donde estudió Derecho. La Panamericana es una universidad privada de orientación católica, cuya formación espiritual esta encomendada a la prelatura personal del ultraconservador Opus Dei, erigida por el Papa Juan Pablo II en 1982.

Como gobernador Enrique Peña siempre tuvo vínculos personales y corporativos con los obispos del país, aprovechando que la sede de la Conferencia Episcopal Méxicana se ubica en el Estado de México comparecía ante ellos dos veces al año so pretexto de la hospitalidad mexiquense. Siempre estuvo atento a cubrir las necesidades y requerimientos de los 14 obispos mexiquenses y otros que son originarios del Estado de México.

Jenaro Villamil ha narrado cómo Onesimo Cepeda era uno de los viajeros frecuentes, que en uno de los helicópteros Augusta del gobierno estatal, era trasladado de Ecatepec a Ixtapan de la Sal para jugar golf con el gobernador, compartir el pan y la sal, además de degustar vinos franceses. Peña se llevaba muy bien con los obispos porque les daba lo que necesitaban.

Dice el especialista en religiones, Bernardo Barranco, que “esta convivencia es tan entrañable entre los obispos y Peña, (que extrañamente) pesa sobre el clero un asunto muy delicado, la sospechosa y anómala nulidad del primer matrimonio de Angélica Rivera, que comprometería no solo a la arquidiócesis de México, sino a la nunciatura y altas autoridades de la curia vaticana”.

2. Una Iglesia divida y un gobierno preocupado

Peña Nieto como candidato a la presidencia otorgó a la iglesia católica un estatus privilegiado. Ya como presidente electo, un mes antes de que él asumiera, la iglesia envió un mensaje a Peña al nombrar al cardenal Francisco Robles Ortega, arzobispo de Guadalajara y cercano al Grupo Atlacomulco, como presidente de la Conferencia Episcopal Mexicana.

Era tal la cercanía de Peña con la iglesia católica que Bernardo Barranco lo llamó “el presidente católico”. Sin embargo, algo se rompió en la relación de la iglesia con Peña Nieto. Extrañamente a mediados de 2014 la jerarquía católica se pronunció fuerte contra la política de Peña. Cuando apenas el 7 de junio el Papa Francisco había anunciado que visitaria México.

El 19 de junio de 2014 el periodico español El País reportaba: “La Iglesia católica ha iniciado las hostilidades contra el gobierno de Enrique Peña Nieto. En el punto de mira figura el buque insignia de su mandato: las reformas emprendidas con el apoyo de los dos principales partidos de oposición” el PAN y el PRD.

En un lenguaje áspero criticaron las reformas educativa, fiscal, política, energética y hasta la de telecomunicaciones. Y los jerarcas eclesiásticos decían: “Nos preguntamos de qué manera serán benéficas (las reformas estructurales), sobre todo para los que han estado permanentemente desfavorecidos, o si serán una nueva oportunidad para aquellos acostumbrados a depredar los bienes del país”. Palabras duras que no se escuchaban en labios de los jefes católicos desde que Carlos Salinas reestableció relaciones diplomática con el Vaticano en 1993.

El arribo del cardenal Robles Ortega a la presidencia del Episcopado fue apoyada inicalmente por las dos alas del el sector más conservador del alto clero, encabezados por los cardenales Norberto Rivera y Sandoval Íñiguez, hoy sin embargo el conservadurismo se ha dividido y esto se puede observar no solamente en su oposición al gobierno de Peña, sino en las posiciones que han adoptado con respecto a la visita papal y en torno al tono del discurso que los distintos bandos eclesiásticos esperan del Papa.
Para Bernardo Barranco un sector de la iglesia conservadora quiere una visita papal “color de rosa”, protocolaria y diplomática; el otro sector conservador encabezado por el desplazado cardenal Norberto Rivera quiere “planteamientos más fuertes” sobre los problemas que vive el país, particularmente en temas de violencia e inseguridad. Mientras que el sector progresista del catolicismo encabezado por Raúl Vera y Alejandro Solalinde también exigen definiciones claras del Papa Francisco respecto a los problemas claves de México. Según Barranco “estamos viviendo un momento interesante para ver cómo se realinean los grupos y como están tensando la visita del Papa”.

Por eso las opiniones de la jerarquía son variadas, por ejemplo el obispo de Chiapas, Felipe Arizmendi dice que el Papa “quiere estar y hablar con el pueblo”. Norberto Rivera en el semanario Desde la Fe publica que Francisco “viene a los lugares más fregados del país, viene a hablar de temas reales”. Mientras que el obispo de Morelia les pidió “no ser amarillistas”. La iglesia católica esta claramente dividida en tres bandos.

Unos jerarcas de la iglesia dicen que el Papa se entrevistará con los padres de los 43 normalistas de Ayotzinapa, otros lo niegan tajantemente. El mismo Peña Nieto envió en viaje express a su secretaria de Relaciones Exteriores a cabildear sobre el tono del discurso al mismo Estado Vaticano. Mientras los sectores más progresistas del catolicismo dirigidos por Raúl Vera empujan por un discurso más contundente de apoyo a sectores golpeados por la violencia y la inseguridad.

Tanto preocupa al gobierno el tono del discurso papal que Humberto Roque Villanueva, rsponsable de asuntos religiosos de la secretaria de gobernación ha salido a declarar dos días antes del arribo de Francisco que “hay una gran espectativa y las palabras del sumo pontífice van a ser aquilatadas”. Y subrayó: El visitante no emitirá “mensajes particulares”.

3. Y un Papa Francisco reformador

Cuando en 1979 el conservador Papa Juan Pablo II visito por primera vez nuestro país, ya en plena cruzada contra el maléfico comunismo en todo el mundo, y en alianza con Ronald Reagan y Margaret Thatcher combatían la “dictadura del proletariado”, al mismo tiempo que promovían la “democracia empresarial” de la tercera ola, que hoy hace agua, y desempolvaban la tesis del libre mercado e imponían el pensamiento único sin alternativas a la dictadura del capital. En México, el 93% de la población se declaraba católica, el neoliberalismo mexicano sentaba bases, con el salinismo que asomaba ya la oreja desde una subsecretaria de Programación y Presupuesto, en el gobierno de José López Portillo.

Hoy la historia parece haber dado un golpe de timón. En 2016 nos visita un Papa que se dice reformador e intenta orientar a la iglesia preferentemente hacia los pobres. El giro conservador iniciado con Thatcher, Reagan y Juan Pablo II parece estar llegando a su fin. Lo hace después de que el neoliberalismo inundó de pobreza al mundo y acrecentó la desigualdad social a niveles insospechados. El 1% de los ricos más ricos concentran más del 50% de la riqueza mundial. La corrupción se volvió pandemia que penetró en gobiernos, empresas y todo el tejido social de la sociedad global, incluído el Vaticano.
La reforma que como nuevo fantasma recorre el mundo para atender lo común y lo social, por encima de lo individual, es tarea urgente. Y amplios sectores de la iglesia católica en el mundo y en México intentan ser parte del giro reformador que recorre el planeta. Así como el Vaticano fue parte importante del giro neoliberal iniciado a fines de los 70s del siglo pasado, en México también el alto clero ha sido cercano aliado y pilar del proyecto neoliberal mexicano que apuntalaron el PRI, el PAN y en últimas fechas el PRD.

Hoy cualquier proyecto reformador en el mundo pasa por luchar contra la “dictadura del mercado” y la desigualdad social. Y al parecer así lo entiende el Papa Francisco. Sabe bien que de los mil 254 millones de católicos que hay en el mundo, el 49% se ubican en América. Que Brasil es el país con más católicos en el mundo y México es el segundo, pero al mismo tiempo nuestro país es el que tiene más católicos en los países de habla hispana.

Ahora que nos visita Francisco ya solamente el 80% de la población en México se reconoce como católico, pero apenas el 56.2% se siente orgulloso de serlo. Por ello, lo que diga o deje de decir, incinue o sea omiso, tendrá una repercución mundial para su proyecto, o su visita habrá sido solamente un paseo invernal donde el terror impera. Por ello, el sentido y el tono de su discurso genera espectativa.

México es el país que ha adoptado todo el recetario neoliberal impuesto por el FMI y el Banco Mundial, y ha pasado por todas las fases de ésta étapa del capitalismo. Y es un claro ejemplo del fracaso neiliberal. Si aquí habla de la “dictadura del mercado” esta bien, si habla contra la desigualdad social estará mejor, pero por las dimensiones de la tragedia nacional, sería insuficiente.

Si realmente Francisco es el Papa de lo que ha llamado las “periferias existenciales”, en México tiene el escenario perfecto para demostrarlo, el pues “estará en lugares violentos, pobres y miserables” del país. En Ciudad Juárez, Morelia, la Ciudad de México, Ecatepec y Chiapas le sobran temas. El vía crusis de la migración, los feminicidios, la “epidemia” de desaparecidos, víctimas de pererastia, extorsión, narcotráfico, el cáncer de la corrupción, de la vileza de la impunidad, de la desapariciones forzadas y de la tortura.

Lo deseable sería que se pronunciara sobre los 27 mil desaparecidos que van en la guerra contra las drogas, los 121 mil muertos en el sexenio de Calderón y los 57 mil que van en sexenio de Peña Nieto. El Papa Francisco debería dejar un claro mensaje a México y al presidente Peña en favor de la defensa de los derechos humanos. Hablar, en el tono que desee, a favor y en defensa de las víctimas y no de los victimarios.

El nuncio apostólico en México, Christophe Pierre ha dicho que “el Papa es libre de decir lo que quiera”. Veremos hasta donde quiere o puede llevar su proyecto reformador desde México. La mesa está puesta, falta que se quiera servir.

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