21 octubre, 2026

Reporteros en Movimiento

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Por Jesús Delgado Guerrero
imageFue a los novelistas del siglo pasado a quienes la realidad se les reveló mucho más extraordinaria que la ficción, según varios estudiosos. Y de un tiempo a la fecha, la ficción de la realidad se ha convertido en un intento por extender el escenario burlesco con sus crueles pesadillas.
Los “funferales” (ese neologismo que se refiere al “chiste salvaje”, diversión para todos) del albañil del “Finnegans Wake”, de James Joyce, serían modelo en los tiempos actuales, con toda la comicidad a flor de piel y sus profundidades místicas.
Harold Bloom aseguró que, después de medio siglo de lecturas, quedó convencido de que ese nunca será un libro abierto “ni siquiera para el lector excepcional”, viendo en cambio en el “Ulises” un placer, “difícil pero accesible”.
Sin embargo, esa “obra en marcha” (tal vez el intento de escape de una pesadilla del propio autor porque todo es principio y fin al mismo tiempo, a decir de algunos analistas) es la historia nuestra. El título es un aviso: “Wake”, en inglés, quiere decir “despertar”, pero también “velatorio”.
De ahí se han plagiado sistemas de gobierno cuyos “funferales” nada piden a las exigencias más hilarantes y disparatadas pues, por ejemplo, donde empieza la corrupción termina la justicia o donde principia ésta se amplia aquella; también, donde el saqueo oficial se hace transparente concluye la rendición de cuentas, del mismo modo que donde la especulación financiera sigue su proceso de acumulación, se ratifica y ensancha la miseria social y el vacío de autoridad o la cerviz inclinada de ésta.
De esa manera y con lentes joyceanos, cualquiera tosería y al mismo tiempo dejaría escapar un ruido obsceno al escuchar la exoneración de conductas que han despertado las más oscuras sospechas, cuyas disculpas están dominadas por sentimientos de culpa debidamente ensayados y calculadamente difundidos (el “affaire” Casa Blanca y en el de Malinalco, ejemplos)
Con ese discurso, el cadáver del albañil de Joyce puede, en medio de su “funferal”, despertar otra vez con una gota de whisky y suplicar un trago del mismo, aunque sus dolientes, en este caso representados por personeros gubernamentales, lo recuestan nuevamente para que “descanse”, buscando convencerlo de que su condición de muerto es lo mejor para él.
Así el rollo oficial con los asesinatos de Ayotzinapa, con los de Tlatlaya, con los de los periodistas en Veracruz y todos esos muertos en cuyos expedientes figura el ficticio pero real sello de la pesquisa concluida: fue obra del crimen.
Lo mismo es para justificar la depredación del neoliberalismo que para las renovadas “degeneraciones” partidarias o las purgas de tribus, donde la falta de sentido -y hasta de color- se hace acompañar del silencio social que, tras haber soñado, “se quedó dormido sin soñar nada” o muerto en su pesadilla.

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