CAMPUS MÉXICO
Nacido en Durango un 20 de noviembre de 1914, el intelectual de la izquierda mexicana José Revueltas se distinguió por su trabajo dentro de la cinematografía, además de su activismo y múltiple manifestación política, casi siempre en prisión.
Revueltas perteneció a una brillante familia artística junto a sus hermanos: el músico Silvestre, el pintor Fermín, y la actriz Rosaura con quienes seguramente generaron divertidas tertulias.
En 1928 ingresó al Partido Comunista Mexicano, del que fue expulsado en 1943 por sus desacuerdos con la burocracia política, tema que abordó en sus novelas “Dios en la tierra”, “Los días terrenales” y “Los errores”, así como en su obra teatral “El cuadrante de la soledad”.
Ya en “Los muros de agua” narró su estancia en las islas Marías, uno de sus múltiples encarcelamientos, ya que en “El apando” retrata su paso por la penitenciaría de Lecumberri después de los sucesos de Tlatelolco en 1968, en los cuales participó, primero como integrante del Comité Organizador de los Juegos de la XIX Olimpiada y luego en las filas de la protesta.
Los documentos de los Juegos Olímpicos de 1968, resguardados en el Archivo General de la Nación y abiertos 40 años después por El Universal, contienen información de la contratación de Revueltas, el 27 de mayo.
“Hay miedo en las generaciones viejas y corrompidas”, habría escrito en un volante del comité de lucha de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Después, siguió el bazucazo a la Preparatoria Uno, que repudió la comunidad universitaria, encabezada por el rector Javier Barros Sierra. Y de ahí para adelante, Revueltas escribió mucho, sí, pero nada para el Comité Organizador de los próximos juegos
De baja estatura, delgado, gafas gruesas, cabellera larga encanecida y la barba al estilo del líder comunista vietnamita Ho Chi Minh, Revueltas era un marxista leninista errante, casado con Teresa y padre de cinco hijos: Andrea, Fermín, Pablo, Olivia y Román.
Inscrito por el Agente del Ministerio Público Federal como delincuente, porque “tiene plena conciencia de que su arma es su mente, de donde emanan sus enseñanzas para abrir la conciencia en el mundo estudiantil”, el juez Eduardo Ferrer Mac-Gregor decretó la formal prisión de Revueltas, el 21 de noviembre de 1968, seis días después de su detención. Casi de inmediato escribió “El Apando”, y colegas que pidieron su libertad, como Pablo Neruda, fueron desoídos por el gobierno. En protesta de literatos, en 1969 se suspendió el premio Xavier Villaurrutia, curiosamente recibido por Revueltas dos años antes.
En una audiencia de septiembre de 1970 conoció a su juez y acusó al todavía presidente Gustavo Díaz Ordaz de la matanza de Tlatelolco. “El criminal que debe sentarse en el banquillo de los acusados es el Presidente Gustavo Díaz Ordaz”.
En ese entonces, si Díaz Ordaz sostenía que no había presos políticos, Revueltas contaba en Lecumberri 127 reos, la mayoría apenas mayores de 18 años y sin cumplir 25 años, más seis reclusas en la Cárcel de Mujeres, todos inculpados por las protestas estudiantiles.
Por fin, Mac-Gregor, dictó libertad absoluta por asociación delictuosa, daño en propiedad ajena, ataques a las vías generales de comunicación, robo, despojo, acopio de armas, homicidio y lesiones contra agentes de la autoridad, el 13 de mayo de 1971.
Cinco años después, el filósofo autodidacta, político del sistema, se encontró en la ceremonia de traslado de los restos de Silvestre Revueltas a la Rotonda de los Hombres Ilustres y semanas más tarde, falleció convencido de ser un militante de la generación del 68 y de que la historia es terca al igual que él.

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