26 junio, 2026

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niños tabiqueros  2 niños tabiquerosJuan Manuel Hernández Segundo.

Es medio día y el sol se siente como si estuviéramos en Comala, el pueblo fantasma descrito por Juan Rulfo en Pedro Páramo. Aquí la tierra también tiene sed. La vegetación es escasa, apenas unas cactáceas, nopales y magueyes.

El calor asfixia. Cuando cae una gota, luego luego la tierra se la traga. San Martín Cuautlalpan en Chalco, es una comunidad ubicada en las faldas del Iztaccíhuatl, con una población de casi 18 mil habitantes. La mayoría de sus hombres, mujeres, niños y ancianos son jornaleros-obreros que desde las cuatro de la mañana salen a trabajar a la ciudad o al campo en la siembra.

Pero aun con esta desolación, los jóvenes tienen sueños que gracias a un enorme esfuerzo colectivo desean hacer realidad: “Levantar” una escuela a la que llaman “Justo Sierra”, en honor de aquel memorable pedagogo mexicano.

Por ahora niños y niñas que estudian en condiciones extremadamente difíciles. los mesa banco se caen a pedazos, el pizarrón es una hoja de formaica y la precaria biblioteca tiene unos cuantos libros. La modesta construcción es el resultado del esfuerzo de la comunidad que se ha organizado para hacerla de carpintero, albañil y yesero.

Karla Patricia estudia de primaria señala que antes de acudir a la escuela su desayuno es pan y café, sus padres trabajan en el campo y en las tabiqueras “para completar el gasto”.

Las condiciones en las que vive Karla son difíciles, como lo son para la mayoría de los niños que habitan aquí “le ayudo a mi mamá en la casa y obedeciéndola… en tiempos de siembra trabajo para que tengamos fríjol, haba y maíz”, dice la pequeña de apenas siete años. Muestra una madurez inusual para su edad, resume así su sueño: “Quiere ser maestra”.

En la mayoría de las casas de Cuautlalpan existen temascal y en medio se ve infinidad hornos de ladrilleras que semejan pequeños volcanes, aquí trabajan adolescentes y niños de cinco años de edad.

La señora Julisa Villalpando cuenta como vive: “en tiempos de cosecha vamos al monte, como ahorita que tenemos que bajar el zacate y pizcar para tener nuestra mazorca”.

La base de cooperación y nosotras ayudamos a subir todo el material, por ayudar a veces nos quedamos sin comer, pero lo más importante es que estudien nuestros hijos”, dice con esperanza.

Cuesta arriba

Trabajar en las ladrilleras y cargar el tabique 10 metros arriba, sobre jirones de madera, no es cosa fácil cuando el sol quema, deshidratación e insolación son los peligros menores, y más para niños de ocho años, como Salvador, quien además de estudiar ayuda a sus primos a cargar tabique. Gana 20 pesos, dinero que ocupa para ayudar a su mamá a comprar comida.

Lo mismo sucede con Francisco León, de 14 años, para quien 1a jornada empieza desde las seis de la mañana.

“Cuando no hay clases vengo a trabajar en la ladrillera, así apoyo a mi papá con el gasto. Me pagan 70 pesos por subir hasta el horno un millar de tabiques, por las mañanas vengo aquí y por las tardes voy a la secundaria.”

A casi 40 kilómetros del Centro Histórico de la Ciudad de México, rumbo a Chalco, se encuentra San Martín Cuautla1pan, lugar olvidado donde el sacrificio por tener una escuela y un mejor futuro es la esperanza de niños hombres y mujeres que esperan ayuda, aunque sea del cielo.

Aquí todos trabajan, como José Guadalupe, de 17 años y quien desde los nueve empezó en las ladrilleras. Su herramienta de trabajo es una cinta en la frente, un arnés y una faja que lo hace parecer un moderno tameme. Ya es un

experto trabajador, por lo que explica: “me pagan 70 pesos por subir al horno un millar de tabiques. Estudio en el Cetis de San Martín, estoy a punto de terminar la carrera en Informática Administrativa. Desde los nueve años trabajo en la ladrillera, me levanto temprano, desayuno huevos revueltos, leche y pan, y en la comida arroz, frijoles y si se puede carne y verduras”

¿Cuál es tu futuro?

“Yo no tengo futuro porque es muy dura la vida, quiero seguir estudiando, pero si no se puede… ¿qué hacer? Ni hablar, hay que echarle ganas al trabajo”.

Al igual que José Guadalupe, en esta ladrillera hay trabajadores muy singulares. Ellos son peones de medio tiempo y tienen a su cargo la clave para que los ladrillos salgan bien. Son infantes con cara de traviesos, de seis y cinco años. Ambos hacen el lodo con pies y manos. Brincan para aplastar el barro en un depósito donde se mezcla con agua. No dicen sus nombres, solamente ríen.

Y a pesar de que la vida para estos pequeños no es fácil, su mirada conserva la inocencia infantil. Estudian primero y segundo año de primaria y ambos aseguran tener “novia”, y por eso trabajan, pero también para comprarse unos pantalones, pan y leche, porque a sus mamás no les alcanza. Y así, jugando, mezclan el barro que se convertirá en tabiques.

Uno de ellos afirma, entre risas, que cuando sea grande va a ser policía; el otro será papá porque, reitera, ya tiene novia.

En San Martín Cuautlalpan el común denominador es la pobreza, pero también el deseo de tener su escuela que construyen con sus propias manos y solicitando que alguien los ayude.

La pobreza extrema y el olvido de las autoridades educativas los tienen marginados a solamente 40 kilómetros del centro económico y político del país. Pero ellos desean otros horizontes para sus hijos. Por eso no dudan cuando de trabajar en su escuela se trata. “nuestro sueño -dicen-es más grande que nuestro cansancio”.

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