
11:15 p.m. horas
Que duelo querido Luis Alberto Rodriguez fuiste mi maestro de entraña, colega de tinta y papel, estrategia política de las derechas e izquierdas. Compañero de todas las trincheras que la vida nos puso al frente en un tiempo donde el periodismo era de a pie.
En tu retiro profesional en tus últimos años te imagine caminando por el Sena, tejiendo entre la luz neblina de París tus opiniones de lo que fue sucediendo en nuestro país, o a veces relejado en el vaivén salobre del Caribe mexicano, donde tu voz se hizo brisa y tu ausencia, un eco perpetuo, para la comunidad periodística mexiquense.
Sé bien que el dolor más inmenso te lo llevaste a cuestas: debió ser la partida de tu hijo, una herida que no cerró con el calendario, sino que se hizo raíz, memoria viva en cada ocaso.
Mas hoy, en la paz que no negocia con el tiempo, sé que vuelven a estar juntos. Cómplices de siempre, ojearán las crónicas del inframundo maya, husmeando las novedades que los dioses del maíz susurran
entre la selva y el cenote.
Desde esta orilla, donde la tierra aún te nombra y te llora, enciendo una luz blanca para tu andar sobre el Sacbé sagrado.
Que esa calzada de estrellas te sea leve, que los pies se te hagan lumbre, y que el fulgor de tus metáforas narrativas retumbe, eterno, en el firmamento de los que se quedan.
Descansa, maestro. Ya estás en tu casa de piedra y tiempo.
Te extrañare inmenso, per in eternu
Luz del Alba BELASKO

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