
12:17 p.m. horas
Reporteros en movimiento
Hoy, miles de personas despertaron con una realidad que va más allá de la falta de transporte.
La suspensión de las corridas entre Cuautla, la Ciudad de México y el Estado de México no solo dejó vacías las terminales; también dejó en pausa la rutina de estudiantes, trabajadores, pacientes y familias enteras.
De acuerdo con los reportes, la decisión de suspender el servicio responde al temor de los operadores ante posibles represalias de grupos delictivos. Cuando el miedo obliga a detener un servicio esencial, el impacto alcanza a toda la sociedad.
Cada autobús que no salió representa a alguien que no pudo llegar a su empleo, un estudiante que perdió clases, una consulta médica que quizá tendrá que esperar o una familia que quedó incomunicada. Son historias que rara vez aparecen en las cifras, pero que reflejan el costo humano de la inseguridad.
La movilidad no es un privilegio; es un derecho que permite acceder al trabajo, la educación, la salud y a una mejor calidad de vida. Cuando ese derecho se ve interrumpido por la violencia o el temor, la afectación trasciende el transporte y alcanza la tranquilidad de toda una región.
Hoy, más que buscar responsables desde la confrontación, es momento de reconocer la urgencia de devolver la confianza a quienes conducen las unidades y a quienes dependen de ellas para salir adelante. Ninguna persona debería elegir entre trabajar o arriesgar su integridad.
Porque cuando una carretera se queda sin autobuses, no solo se detiene el transporte.
También se detienen sueños, oportunidades y el derecho de miles de ciudadanos a vivir con tranquilidad.

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