
Chimalhuacán, Estado de México.— Miles de familias mexicanas preservan una de las tradiciones más emblemáticas heredadas desde la época virreinal, una celebración que une la fe católica con las raíces indígenas y campesinas del país.
En diversos pueblos originarios, niñas y niños lucen coloridos atuendos tradicionales para participar en procesiones religiosas, mientras que las características “mulitas” elaboradas con hojas secas de maíz vuelven a llenar calles, atrios y hogares.
La festividad tiene su origen en el siglo XVI, cuando indígenas acudían a los templos acompañados de mulas cargadas con mercancías y productos del campo para agradecer y recibir bendiciones.
Actualmente, comunidades como Chimalhuacán continúan conservando esta herencia cultural, recreando escenas de la vida campesina y lacustre que forman parte de la memoria colectiva de sus habitantes.
Más que una celebración religiosa, esta tradición representa un símbolo de identidad, historia y orgullo para generaciones de mexicanos que se resisten a dejar perder sus costumbres.

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