
11:37 a.m. horas
Reporteros en movimiento
Las horas que nadie quiere explicar, Hay historias que duelen… pero hay otras que indignan.
Gilberto Eleazar Fragozo no murió en el olvido. Murió entre preguntas. Murió en medio de un silencio que hoy pesa más que cualquier versión oficial.
Entró a las galeras con vida. Eso es un hecho. Pero salió convertido en una noticia que llegó tarde… demasiado tarde. Doce horas.
Doce horas en las que una familia vivía su día sin saber que todo ya había cambiado. Doce horas en las que nadie llamó, nadie explicó, nadie tuvo la humanidad de avisar.
Y entonces surge lo inevitable:
¿Qué pasó ahí dentro?
¿Qué ocurrió en ese lapso donde nadie dice nada?
¿Por qué el tiempo se volvió cómplice del silencio?
No es solo una muerte. Es la forma en la que ocurrió… y la forma en la que se ocultó.
Porque cuando una familia tiene que enterarse tarde, trasladarse con el corazón en la mano y terminar reconociendo un cuerpo en otro municipio… no es solo dolor.
Es abandono.
Es indignación.
Es impotencia.
Las autoridades están para responder, no para desaparecer en los momentos clave. Para cuidar, no para dejar dudas. Para acompañar, no para cerrar puertas.
Hoy, la familia de Gilberto no solo exige justicia. Exige algo más básico: verdad.
Y la verdad no debería tardar horas. Ni días. Ni semanas.
Porque cuando las respuestas no llegan, lo único que crece es la desconfianza. Y cuando la confianza se pierde… ya nada vuelve a ser igual.
Ozumba no necesita más silencio. Necesita claridad. Necesita responsabilidad.
Necesita que alguien diga, de frente y sin rodeos, qué fue lo que realmente pasó. Porque hay preguntas que no se olvidan… y hay ausencias que nunca se superan.

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