
10:41 a.m. horas
Por Angélica Valencia González/
- Hay hombres que pasan por la vida… y hay hombres que se convierten en memoria viva de su pueblo.
- Hermenegildo Guerrero Muñoz fue de esos que no solo tocaron instrumentos, sino corazones.
Hoy el cielo recibe a “Mere”, pero Tepetlixpa lo despide con el alma llena de recuerdos. Padre amoroso, esposo leal, hijo ejemplar, amigo sincero. Un hombre sencillo cuya grandeza nunca necesitó reflectores, porque brillaba desde adentro.
Su historia comenzó entre acordes y escenarios.
Integrante de la Orquesta de Paco Solís, del Conjunto África y de Los Soñadores, llevó la música más allá de fronteras. Cada presentación era más que un espectáculo: era identidad, era orgullo, era la voz cultural de Tepetlixpa viajando por México y el extranjero.
Pero su verdadera misión no estaba solo en los escenarios, sino en las aulas. Como docente en la Escuela Normal de Chalco y en la Secundaria Belisario Domínguez, sembró disciplina, sensibilidad y amor por el arte. Dirigió bandas de marcha, impulsó coros escolares, participó en innumerables concursos y formó parte de la Orquesta Sinfónica Magisterial, dejando siempre el sello de la excelencia.

Sin embargo, su mayor obra no fue una pieza musical, sino las vidas que transformó. Jóvenes que hoy son mariachis, músicos de cámara, integrantes de bandas y grupos tropicales; hombres y mujeres que aprendieron de él no solo a leer partituras, sino a creer en sí mismos.
Don Mere entendía que la música es puente, es refugio, es identidad. Con cada ensayo enseñaba constancia; con cada corrección, paciencia; con cada aplauso, humildad.
Hoy su partida duele, porque cuando se va un maestro no solo se pierde una persona, se despide una época. Pero su legado no termina aquí. Vive en cada instrumento afinado, en cada banda que marcha con orgullo, en cada alumno que recuerda su voz marcando el compás.
Tepetlixpa no solo perdió a un músico. Despidió a un formador de generaciones, a un guardián de su riqueza cultural, a un hombre que hizo de la música una forma de amar a su tierra.
Y mientras haya alguien que toque con pasión y disciplina, mientras una banda suene firme en una plaza o un coro eleve su voz, ahí estará él… dirigiendo desde lo eterno.
Descanse en paz, maestro. Su melodía jamás se apagará.

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