15 junio, 2026

Reporteros en Movimiento

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UNA EXPERIENCIA QUE NO BUSCA CONVALIDAR UN RESULTADO, SINO EVIDENCIAR LA FALTA DE RESPETO AL PUEBLO DE MEXICO. TENGO JUICIO PROPIO.

Nadie tenía que contármelo. Tenía que vivirlo: soy político profesional.

En estos primeros cinco meses de 2025, entre los desafíos de inseguridad, las tensiones diplomáticas con nuestro país vecino y otros más, el tema que ha marcado este momento, al menos en términos de ejercicio, ha sido la elección judicial.

Como político profesional, sé que la ingenuidad no cabe en este oficio. Sin embargo, reconozco que el Poder Judicial necesitaba una transformación, una sacudida. La ruta elegida, bajo una interpretación de cambio de régimen, parece sencilla: “Ahora los jueces son elegidos por el pueblo”. Pero el pueblo ha votado a ciegas, sin saber realmente qué estaba eligiendo. Nada distinto a lo que hemos leído y escuchado.

Sí, vendrán los comentarios. Pero tenía que vivir este proceso para poder emitir una opinión sensata, incluso sabiendo de antemano que la participación sería limitada y que el resultado sería predecible y, pronto, confirmado.

Un político no puede ni debe mantenerse al margen de los procesos más cuestionados de su país. No basta con opinar desde la teoría o la comodidad de una posición. Se requiere juicio informado, no sólo basado en emociones, sino en hechos vividos.

Acudí a votar para expresar mi opinión ante un proceso que, desde el inicio, me pareció una clara muestra de falta de respeto hacia la ciudadanía. En términos formales, no pueden tratarnos como si no entendiéramos. Hay otras palabras que podrían describirlo, pero no las usaré por respeto.

Llegué a las 7:50 a.m., con la intención de votar temprano. Fui el primero en hacerlo en la casilla básica de la sección 2303, ubicada en Magueycitos, Jilotepec, Estado de México. Observé a varios funcionarios del INE cumpliendo su labor con esmero: instalando la casilla, organizando urnas, distribuyendo boletas, y colocando cartulinas con instrucciones. A esa hora, no había nadie más en la fila.

A las 8:20, una persona me indicó que podía pasar. Verificaron mi credencial, me entregaron las boletas. Conversé brevemente con los funcionarios, preguntándoles si creían en el proceso. Sus expresiones, más que sus palabras, revelaban una mezcla de compromiso, resignación y prudencia. Cumplían con su deber, sin emitir juicios.

Durante el periodo previo a la elección, varias personas con méritos y auténtica vocación nos invitaron a votar por ellas. Nos ofrecieron números y colores de boleta, sabiendo que competían en un océano de nombres. Al revisar las boletas, confirmé que ese mar de opciones hacía casi imposible una elección consciente.

Llamé la atención del equipo del INE por la ausencia de la boleta morada, correspondiente a la elección de Ministros de la Suprema Corte. Buscaron en cajas y se dieron cuenta de que aún no la habían sacado. Puede parecer un detalle menor, pero refleja desorganización y falta de preparación para un proceso que, por su propia naturaleza, debía ser ejemplar.

Con esfuerzo memoricé algunos números de candidatos que me habían expresado su compromiso. Mi palabra es seria, y cumplí con ellos. Activé el cronómetro de mi teléfono para medir cuánto me tomaría votar. Desde las 8:00 a.m. hasta que terminé, pasaron 20 minutos. No porque dudara de las personas en la lista, sino porque intenté, honestamente, identificar algún nombre entre tantas opciones. No logré mucho. Afortunadamente, no había nadie detrás esperando.

Con toda franqueza: siendo abogado, no tenía claro a quiénes y para qué los estaba eligiendo. Y eso, en sí mismo, resume el problema.

Doblé las boletas y las deposité en una urna que tenía la leyenda “DIPUTADOS FEDERALES”. El INE, por falta de recursos, recicló materiales. Otro punto para reflexionar: ¿era necesario gastar en un proceso costoso, innecesario y mal instrumentado?

Hasta aquí la reseña. Podría extenderme más, pero me detengo para dejar lugar a la reflexión. Las críticas vendrán, y todas son válidas. Desde aquellas que me cuestionarán por “convalidar” el proceso al participar, hasta quienes duden de mis intenciones. Pero no podía ausentarme. Como político, tenía que vivir este momento, dejar testimonio. No puedo reducir mi expresión política a una foto, una huella o un tuit. Lo viví, y por eso puedo hablar con conocimiento de causa.

No soy ingenuo, lo reitero: estamos frente a un cambio de régimen. Pero así como el pueblo legitimó esta transformación, también tiene la facultad de revertirla. Y lo más contundente: es dentro de los movimientos donde puede gestarse la más severa oposición futura.

Mis preguntas, para la reflexión colectiva, son:

  1. ¿Era necesario este proceso para faltar al respeto del pueblo?
  2. ¿Acudir o no acudir a votar convalida el proceso?
  3. ¿Estuvieron los dirigentes políticos ausentes, sin orientar a sus militantes?
  4. ¿Deben los políticos mantenerse neutrales, o asumir posturas firmes y respetables?
  5. ¿Después de este proceso, el país es más seguro? ¿Tiene mayor certeza sobre su rumbo?

Sinceramente,

RICARDO AGUILAR CASTILLO

Tomado de Facebook

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