DEBATE MALOGRADO EN CHAPINGO

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Por: Alex Sanciprián

17:37 horas. TEXCOCO, Edomex. 22 de junio de 2019. Abel Pérez Zamorano creyó que estaba en un mitin de Antorcha Campesina y arengó al público reunido en el interior del Auditorio Álvaro Carrillo, y a la chacotera multitud que se arremolinó afuera del auditorio, frente a la pantalla gigante, con ese tono discursivo inconfundible de su asociación política. Solo los fieles a su agrupación se entusiasmaban, medianamente.


El formato del debate fue una mala copia de los que organiza el INE. Patética ostentación protagónica de quienes fungieron como moderadores o auxiliares, y también de los cercanos de los candidatos que se aposentaron cerca de ellos.

Al llegar el presunto favorito, Jose Solís Ramírez, al recinto donde se desarrolló el debate se generó una estampa de calculada simpatía por parte de dos maestras (una elegantemente vestida de rojo, como si fuera a una fiesta de quince años; la otra profesora ataviada como alumna chapinguera, pero con ropa de marca y una bolsa no propiamente adquirida en el tianguis, contrastaban con el llamado maestro Arenitas de Preparatoria Agricola, capaz de manipularse a sí mismo, disfrazado de fan de la Selección Mexicana de Fútbol rumbo al estadio), quienes junto a un séquito variopinto que les seguía entró al auditorio al más puro estilo priista de los años setenta. Era una comitiva dispuesta a conquistar el foro con su aplaudidora presencia.

Patricia Vera Caletti, Jesús Axayacatl Cuevas Sánchez y Martín Soto Escobar, los acotados miembros de la denominada Triple Alianza, arribaron a la sede del debate de manera discreta y únicamente durante el transcurso del debate soltaron los dardos verbales que tenían guardados.

Soto fue el más propositivo, sin caer en previsibles ataques personales. Al principio estuvo nervioso y poco después asentó sus intervenciones. Cuevas, con ese tono monocorde en su discurso, de innegable sello didáctico, no quiso entrar en conflictos y también fue puntual en sus propuestas, nada de atacar contrincantes. Caletti sí lo hizo.

Hubo de todo en el debate. Fuego entrecruzado, en ráfagas. Miradas de mutua ofensa. Fallas sistemáticas de quienes moderaron y auxiliares. Un repentino apagón.

Luego de 37 minutos, al interior del auditorio el público buscaba formas de no aburrirse. Alguien quiso organizar una ola. Falló en el intento. Afuera, había un bonito ambiente: muchos hacían como que seguían el curso de las intervenciones, en tanto que la mayoría platicaba y protagonizaba una dulce chacota. Los aspirantes a la rectoría se toleraron y exhibían de forma intermitente condescendencia y hartazgo. Estaban como en el ensayo de una pieza del absurdo teatral, como metiéndose a sus respectivos roles en una obra de Samuel Beckett o Ionesco.

Diríase que fue un espectáculo de regular manufactura, como de evento circense de tres pistas.

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