Suicidio: “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos” o el desencanto por vivir

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Alex Sanciprián

El suicidio como conducta disruptiva empieza a dejar mácula en estos tiempos posmodernos. La inmediata liga con el tema apunta a trastornos mentales, depresiones densas o por la amenaza del escarnio, la pena, los dolores físicos o psicológicos, el peso de la justicia en algunos casos. Frente a eso crece el número de persona que optan por la propia y absoluta destrucción.

Ahí están los casos recientes de figuras públicas como el ex presidente de Perú, Alan García y del músico Armando Vega Gil, quien fuera integrante del grupo “Botellita de Jerez”. Él mismo anuncio su decisión en las redes sociales, y el político peruano tomó su última decisión ante la factibilidad de ser recluido en la cárcel. Se dio un tiro en la cabeza.

Ahora se suicidan muchos que antes ni siquiera lo pensaban.

El suicidio es un tema considerado tabú, tanto por sus implicaciones emocionales, con frecuencia negativas, como por ese temor a un supuesto «efecto llamada» en el caso de que el hecho de quitarse la vida llegara a percibirse como algo más habitual de lo que a primera vista parece.

Dice Émile Durkheim: “Toda ruptura de equilibrio lleva al suicidio”.

En el texto sobre El Suicidio Durkheim estudia, desde una amplia gama de variables y cruces estadísticos, cuales serian predominantemente, es decir, promediando variables, las posibles influencias más significativas a la hora de explicar los suicidios en una amplia zona de países europeos, para su caso, los más importantes en el siglo XIX.

A partir de revisar cómo se relacionan las tasas de suicidio con el estado de “los medios sociales”  (“la religión, la familia, la sociedad y los grupos profesionales”), es que Durkheim introduce la idea de la muerte autoinflingida como el síntoma de una sociedad enferma.

En determinado contexto, dicen los que saben que “el suicidio irá en aumento en la misma proporción en que los instrumentos de justicia se vuelvan obsoletos. Al parecer el suicidio es el nuevo parámetro de justicia de los nuevos tiempos”.

Algunas ocasiones quienes cometen suicidio bordan los linderos de la impunidad. Es decir, queda en ellos la posibilidad de encubrir culpas. Sin embargo, su rasgo disruptivo obedece a la suerte de ahogamiento que produce la súbita desesperación.

Atentar contra la propia vida es en ciertas circunstancias un elocuente modo de fatal grito que después se explica como una especie de heroicidad o de lamento supremo. Dicen que Hitler se suicidio, junto con varias personas de su círculo familiar, para evitar que fuese mancillado por el enemigo. Sylvia Plath, Cesare Pavese, Manuel Acuña, entre otros, cometieron suicidio por los efectos del desamor.

El desencanto por vivir se asocia también a los excesos derivados de drogas, alcohol, y estilos de vida. Suicidarse está en chino, pero no pocos consiguen descifrar su enigma.

 

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