De días santos y el azar objetivo (que tampoco pide permiso) o la persistencia de la memoria

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17:56 horas

El deseo apremia. La gotera del tiempo. La caricia, manos buscándose, abracadabra. El destino es latente. Las ganas de ser y hacer adquieren color, brillan: el azar objetivo determina, da pistas, entre el deseo y lo que hay a las 10.10 horas que marca el reloj. Sincronicidad.

Alex Sanciprián

Texcoco, Edoméx.- De los apuntes de Julio Cortázar en ’Rayuela’ que le imprimen ritmo y cadencia a la grisura del horizonte: ’Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos’.

Tiene sentido: el azar objetivo es parte sustancial de la vivencia de cualquiera.

Lo impredecible ajusta cuentas con esa costumbre de etiquetar, de reducir encuentros a simples compromisos insignificantes.

No todo sucede simultáneo, casi idéntico.

Lo fortuito deja de ser circunstancial y se vuelve significante, revelador.

La rutina se tambalea en tanto que los furores se compaginan, se entrelazan.

El azar objetivo no pide permiso, se entromete o mejor dicho se disfraza de volátil decisión.

Habitar los instantes con vocación de modo que el espíritu se enaltezca, con la armonía del estrépito y el silencio, con temor y desencanto tal vez al principio, con ánimo, sonrisas y un aire fresco y lindo sabor a boca en la memoria, siempre.

Es, digamos, como esa eventualidad de conocer a cierta persona, una tarde de sábado, en un sitio que se llama ’La Nueva Fe” y que al rodar del tiempo lineal esa persona se convierte en centellante luz.

Ese encuentro se convierte en categórico al repetirse, semanas después, y entonces la fuerza de lo circunstancial muda en realidad imantada que se hace creciente manojo de vibraciones cada vez que se repite, y ocurre que el tiempo lineal no alcanza y se escurre.

Ahí sucede que el encuentro se torna mucho mejor de lo que se pensaba y los protagonistas entran en una dinámica de formidables hallazgos, de sumar revelaciones.

Lo emocional se entrecruza.

Lo casual deja de ser epidermis y cubre con su manto unas manos frías que se estremecen y calientan al ser acariciadas por otras que suavemente vivifican, fortalecen.

Lo fortuito se engrandece y asume la condición de episodio vital.

Afuera: relámpagos que son señales. Adentro: palabras acariciantes, seductoras.

En el medio: música, palabras, secuencias.

La realidad se hincha. Las decisiones se asumen sin temor, más bien apasionadamente.

Las paradojas: el destino, la libertad que se enarbola, la mirada que adjunta decisiones supremas, que convalida pareceres.

La suerte deja de serlo y en la gotera de los minutos aquella presunta imposibilidad se muestra vivificante.

El azar objetivo tampoco pide permiso, determina, da pistas, entre el deseo y lo que hay a las 10.10 horas que marca el reloj.

 

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