5 abril, 2026

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Lorenzo Delfín Ruiz

El-presidente-Enrique-Peña-Nieto-durante-una-reunión-del-Consejo-Nacional-de-Seguridad-Pública-en-diciembre-pasado-en-México-JORGE-NUÑEZ-EFE

La moda de solicitar el perdón público para endulzar todos los desenfrenos en que incurren los pillines profesionales con que está forrado el país, ha entrado a una fase de desgaste tal que su uso es juzgado ya como un “mea culpa” postizo que les permite a aquellos facinerosos agarrar nuevos aires… para volver a las andadas.

En la lógica del pueblo –la más valiosa y al que por lo regular va dirigida la petición de clemencia-, ese artificio ya perdió mérito, pero si algo positivo ha dejado es que quien la invoca tácitamente acepta que es corrupto.

O más claro aún: a explicación no pedida, culpabilidad manifiesta.

La otra cara de las interpretaciones lanzadas en redes sociales es más espeluznante: lo mismo se descose un narco pidiendo benevolencia, que un funcionario estatal de medio tabla para abajo, un asesino confeso y prófugo o hasta un presidente de la República compungido casualmente con anticipados fines electoreros y por los alcances que pudiera tener un recién lanzado paquete de leyes anticorrupción.

La conclusión es que toda la trama de aflicción no es más que hipocresía y un recalentado de cuando en 1976 José López Portillo pidió como priísta que el pueblo lo excusara por las condiciones de pobreza en que la estructura de poder lo mantenía, lacrimógena cantaleta repetida en 1982 al término de esa gestión presidencial por su inutilidad y por haber multiplicado la miseria nacional y la corrupción.

Para la reputación de un país y de la institución presidencial, o de cualquier instancia de poder público por pequeña que sea, debe ser vejatoria la sola comparación con un individuo de baja calaña que pidió perdón por sus crímenes, como ha sucedido. Se advierte con desconsuelo que da lo mismo pedirle al pueblo misericordia por ser narco-asesino-sanguinario, que por rematar paulatinamente al país, proteger a la escoria política que arruina y aterroriza a los habitantes

de Veracruz, Oaxaca, Chihuahua, Chiapas, Guanajuato, Estado de México, la Ciudad de México, Morelos, Guerrero y el resto de los estados conmocionados por las fechorías respaldadas o cometidas desde el poder público.

A juicio de los críticos usuarios de las redes sociales donde todo mundo se destapa, el circo del perdón hubiera estado completo si en la solicitud de misericordia estuvieran incluidos Tlatlaya, Ayotzinapa, Nochixtlán, la reformas fallidas, Michoacán, Tamaulipas, el ungimiento de Carmen Salinas como diputada, la telecracia, las vergüenzas en el extranjero, el pleito casado con los libros y el inglés, las tranzas, los asesinatos de 19 periodistas en Veracruz cargados a la jaranera gubernatura de Javier Duarte…

Cercano está el 2018. De seguir el lopezportillista guión de arrepentimientos y lloriqueos a gran escala, será posible escuchar para ese entonces los lamentos y las peticiones de piedad popular porque México ya no es de los mexicanos; porque desde los libros de educación primaria se induce a pensar que ser maricón es un atributo más que una preferencia; porque nadie detuvo a Eruviel Ávila Villegas, el dichoso “presidente municipal del Estado de México” como se le conoce, que en su lastimoso afán de ser presidente de un país comercializado por Donald Trump, repartió despensas compradas a precios ultra inflados.

Se ha de implorar el perdón para el amiguísimo y mexiquense funcionario que tuvo la puntada de hacer precampaña en Estados Unidos (en una copia deplorable de su antecesor gobernador) y repartir dos mil pesos a familias previamente seleccionadas, a fin de que salgan de su estado de estrechez económica con la apertura de… verdulerías…

… “dos mil pesos que no alcanzan ni para comprar una caja de aguacates”, pero festivamente recibidos ante la riesgosa posibilidad de que “después tendrán puro chile”, comenta divertido don José Luis, vecino de Ojo de Agua para quien la audacia de Eruviel (conocido también en el mundillo de la guasa mexiquense como “el gobernador de Ecatepec”) es tanta como la capacidad de compra del salario mínimo.

De paso, Miguel Ángel Mancera, aún y con su alocada administración de la Ciudad de México, podría tener una pizcachita del perdón

popular si los apoyos de cinco mil pesos lanzados a microempresarios lleguen efectivamente a sus destinatarios y no a bolsillos ajenos.

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