Lorenzo Delfín Ruiz
Las discrepancias que las instituciones públicas (trátense de las que sean y de cualquier sitio) han cultivado en su tóxica relación con la ciudadanía, tienen origen diverso, pero se agudizan cuando desde los cuadros institucionales se emperran en manipular y hacer de una mentira diez mentiras más.
De tal forma se hace una obsesión multiplicar invenciones que en el país completo pululan especialistas en reafirmar las realidades distorsionadas por sus jefes; son pequeñísimos discípulos de Goebbels pagados con dinero público.
Distinguir al país “de antes” con el de ahora, y así lo demuestran las crónicas antiguas, es una tarea generacional pero necesaria cuando una sociedad burlada intenta (hasta ahora vanamente) modificar el rumbo entreguista de falsos redentores y, por si algo faltara, falsos revolucionarios. Así, en el círculo familiar mentir antes era una osadía y se castigaba; ahora los “líderes ejemplares” lo hacen aceptar como un atributo y se premia.
La que sí no miente es la valoración que se tiene del círculo gubernamental. En apreciación de muchos mexicanos (menos, claro está, de quienes abusan de los dineros públicos para amasar riqueza política y finanzas personales), los gobiernos federal y regionales parecen una gigantesca fábrica de embusteros, de todas marcas y con calidad de exportación.
Todos están marcados con el signo de la desconfianza, máxime cuando existen indicios de corrupción, y el abuso de poder y la injusticia se agregan como condimentos distintivos. Uno asociado con otros… o a la visconversa como arbitrariamente se le hubiera ocurrido innovar a un mexicano de deplorable huella como presidente con escasa pasta cultural.
En suma, falsear es la consigna. Se ha inyectado ya como “algo normal” en una sociedad de sobrevivencia. Y en ello la principal cómplice es la falta de memoria de quien las recibe y las reproduce, ingenuamente o no.
Pongamos por caso. En la actualidad, cuando la elección de un jefe de manzana tiene más credibilidad que la de un primer mandatario, o cuando desde la capital del país se impulsa la idea de ser ratero por obligación antes que detener la escalada criminal que la ahoga o la estrepitosa caída del peso frente al dólar, no es descabellado que desde los círculos de poder se prepare la candidatura de Javier Duarte de Ochoa como candidato a la Presidencia de la República.
Sin mucha dificultad, la verdadera vocación por el saqueo del casi ex gobernador veracruzano, debidamente adornada con mentiritas piadosas lo convertiría, primero, en la salvación nacional personificada porque cumple de sobra los requisitos y, después, en el “cimiento de una sociedad en renovación”… y olvidadiza.
Pero las cosas ya no son tan fáciles para los Gobbelitos de las nóminas oficiales. La artificiosa versión orquestada desde el gobierno federal de que la Policía Federal actuó desarmada al intentar disolver el bloqueo de carreteras en Nochixtlán, Oaxaca, sucumbió ante las evidencias gráficas que, increíblemente, debieron provenir del extranjero.
Contrariamente a la pulcritud de los gatos que tapan su excremento, la mentira oficial sigue ahí expuesta.
Y las que faltan.

Buen avance el texto de los Juanitos Goebbels. ¿Cómo tomarlos en serio? Cómo olvidar aquel marzo de 2014 en que mandan al equipo comandado por el vocero de la SSC, Indalecio Ríos Velázquez, para asegurarnos que en la entidad no hay indicios de que opere el el crimen organizado, y tuvieron que aguantar a la batería pesada que los ubicó. Ya habían respondido las preguntas de los reporteros modelo Goebbels y dijeron: bueno, eso es todo. Y de repente se oyó una voz ¿o no Director? y les dijo que los demás estábamos para que nos respondieran a nuestras preguntas, y zaz, que se vuelven a sentar, atónipendejados. Y a escuchar preguntas que no supieron responder. Fin.