Lorenzo Delfín Ruiz

La reciente jornada electoral en casi la mitad del país, enmarcada por el desinterés del elector en un proceso viciado de origen y que se tradujo en un elevado abstencionismo cuya expresión más aguda fue la Ciudad de México con más del 70 por ciento, produjo varias señales de alerta que la clase política se apresura a traducir. No para satisfacer la agobiante hambre democrática, sino para dejar de perder canonjías los que las perdieron ahora.
De igual modo, y más allá de esos resultados regionales, la experiencia electoral del 5 de junio significó un nuevo examen para el sistema de partidos que impera en México, con serios signos de pudrición. Egoísta y corrupto, reitera su divorcio con la sociedad participativa y sobrevive por la flexibilidad de las leyes –creadas por ellos mismos- que niegan una representación popular genuina y les garantiza impunidad en sus tropelías.
Una lectura adicional: los “vencedores” en la contienda resultaron más sorprendidos por sus triunfos que los propios “vencidos”, sabedores éstos –los priístas, particularmente- que la confianza y el poder los perdieron por su empeño en afinar las formas más radicales de enriquecimiento indebido, abusos y represión, y cuya expresión más nítida es el actual gobierno de Veracruz.
Más claro: aún con los escasos votos emitidos, la pasada elección les advierte que seguirán perdiendo… lo que de todos modos no trae mucho consuelo en el entendido de que candidatos y partidos son la misma harina en diferentes costales.
Hartazgo y resentimiento ante la injusticia y la desigualdad, que siguen teniendo severas repercusiones en los estómagos y la estabilidad familiar, se ostentan como factores detonantes de la apatía electoral. Y para como se ve, son el preámbulo electoral del 2018. No es tampoco ningún bálsamo mientras persista el actual “modelo” político nacional y continúe segregada la población de la toma de decisiones fundamentales para el país.
La sentencia generalizada es que para los electores no es posible celebrar en toda la República una fiesta democrática, cuando el desempleo, la corrupción, la inseguridad y la represión económica son fomentados desde el reducido círculos de los “elegidos”.
El desprecio que las nuevas generaciones políticas le prodigan a la ciudadanía, aún cuando en teoría es su sustento, se convierte al final en una ofensa para la misma política, y su embustero empeño por las causas populares se traduce en una tortura y decepción para los electores.
Con todas estas circunstancias alrededor son escasos los que se animan a votar masivamente, aún en detrimento de su calidad de ciudadanos ejemplares. No han de ser, por ejemplo, animados por aquel candidato “ejemplar” que, aún con un pobre número de sufragios, está a punto de ser convertido en gobernador legal en un estado del centro-norte de la República.
Hace cuatro años, en un encuentro con fines periodísticos –casi fallido porque después de tres horas de plática no se producía ninguna idea coherente ni plan político medianamente original-, ese entonces joven candidato a senador por el PRI debió reconocer literalmente que esa “chamba” de incursionar en política “en realidad no es lo mío”. Su preferencia por la administración de presupuestos públicos, la modificó “por instrucciones de mi gobernador”.
En aquella oportunidad, el candidato a senador que se sacó la lotería sin comprar billete fue senador. Y, fíjese nomás, ahora está a punto de ser gobernador de Zacatecas.
Alejandro Tello Cristerna, se llama.

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