6 mayo, 2026

Reporteros en Movimiento

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Por Raúl Río Valle

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Sobre Enrique Peña Nieto hay ya una verdad histórica incuestionable: nunca tuvo el consenso, entendido como consentimiento, de los mexicanos. Y fue construyendo un amplio rechazo popular, a partir de cinco crisis que son: Legitimidad, ilegalidad, representación, derechos humanos y corrupción e impunidad.

En mayo precisamente se cumplieron cuatro años del fallido acto de campaña que Peña realizó en la Universidad Iberoamericana, en donde los jovenes estudiantes le llevaron el imborrable fantasma de la represión en el pueblo de Atenco, que en mayo también cumplió ya díez años.

El movimiento juvenil-estudiantil «Yo soy 132» surgido a partir de ese memorable encuestro tuvo la posibilidad de haber llevado a Peña a la derrota con dos semanas más de campaña, según expertos electorales. La victoria cultural del movimiento «Yo soy 132» dejó, sin embargo, marcada en EPN la huella de la ilegitimidad. Quedó claro que Peña fue el candidato de los poderes fácticos, particularmente de Televisa, que lo promovió como producto chatarra.

Más aun cuando se demostró claramente, después de la elección de 2012, que el «triunfo» de Peña fue logrado por el voto comprado, entre los estratos más pobres de la población, con dinero de procedencia desconocida. Este hecho le dejó marcado también con la huella de la ilegalidad.

El origen ilegitimo e ilegal del «triunfo» de Peña fue pasado totalmente por alto por Peña y su equipo. Los cuales se abocaron a construir una mayoría, literalmente, una aplanadora partidaria-legislativa a través de lo que se conoció como Pacto por México, con la triple alianza PRI-PAN-PRD, que impuso sin miramientos todas y cada una de las reformas estructurales dictadas por los organismos financieros internacionales y que dañan enormente a los mexicanos.

Entonces a la crisis de ilegitimidad e ilegalidad se sumó una tercera: la de representación. Pues EPN y los «representantes populares» del Congreso de la Unión electos en 2012, nunca plantearon a sus electores que iban a privatizar los recursos energéticos, ni que iban a subir impuestos, ni que iban a quitar sus derechos laborales a millones de trabajadores, y así por el estilo. El Pacto por México nos llevó al rechazo total de los partidos y políticos que no representan a los ciudadanos.

Estas tres crisis marcaron al gobierno peñista desde su origen. La represión de quienes rechazaban desde el 1 de diciembre de 2012 su arribo al poder, dejó marcada la política represiva con la que impondrían, dogmática y tercamente, las reformas peñistas dictadas desde el Fondo Monetario Internacional.

La Ley Atenco, conocida también como Ley Eruviel, es la cereza represiva de su pastel.

Por extraño que paresca, una vez concluida la masacre legislativa a través de los tres partidos del Pacto por México, el sabor de la victoria no terminaba de gustarles. En el segundo semestre de 2014, mientras Peña era premiado y reconocido por los centros financieros del mundo, por la aprobación de sus anheladas reformas estructurales; en México era repudiado y rechazado por los mexicanos en las encuestas, que reprobaban a Peña en su gestión.

Enrique Krauze, atento observador de la realidad nacional y vocero cultural de la derecha panista, el 14 de septiembre de 2014 se preguntaba desconcertado: «¿Cómo es posible que el conjunto de reformas más importantes de las últimas décadas provoque tanto entusiasmo en el exterior como rechazo en el interior».

Aunque sacaba conclusiones equivocadas, Krauze veía claramente la crisis de representación y escribía: «Mientras dos terceras partes de los representantes en el Congreso aprobaron esas reformas, dos terceras de los mexicanos consideran que el país lleva el rumbo equivocado». La derecha conservadora esperaba aplausos y lo que recibió fue el rechazo de los mexicanos.

En junio de 2014 fue el fusilamiento de jovenes en Tlatlaya, Estado de México, origen de otra crisis en el gobierno de Peña Nieto, la crisis de derechos humanos.

Pero fue la desaparición forzada de los 43 normalistas de Ayotzinapa en Iguala, Guerrero, en la noche del 26 al 27 de septiembre de 2014, lo que llevó la crisis de derechos humanos a niveles sin precedentes, levantando un movimiento entre octubre y diciembre de 2014 que puso al gobierno de Peña Nieto al borde del colapso, al grito global de «Fuera Peña», el movimiento logró ubicar con precisión al principal violador de los derechos humanos, con una contundente frase: «Fue el Estado».

Finalmente a Peña le estalló en la cara una quinta crisis en la primera quincena de noviembre de 2014, la de la corrupción e impunidad. Cuando Carmen Aristegui puso al descubierto La Casa Blanca de las Lomas de Chapultepec otorgada al matrimonio Peña-Rivera por Juan José Hinojosa, dueño de la empresa HIGA, la constructora favorita y beneficiada por Peña desde que era gobernador del Estado de México.

La crisis de corrupción e impunidad fue la gota que derramó el vaso, más aun cuando salió a la luz pública que su número dos, Luis Videgaray, también había sido beneficiado por HIGA con una casa de campo en el municipio de Malinalco, Estado de México. Desde entonces la corrupción e impunidad se convirtió y será el signo distintivo del sexenio de Peña Nieto. Ahí es donde el gobierno de Peña se pone al borde del despeñadero.

En adelante los casos de Humberto Moreira, César Duarte, Javier Duarte, José Murat, Fidel Herrera y otros muchos, ya solamente son agregados a un «estilo personal de gobernar», diría Daniel Cosio Villegas. Aunque más bien, y mejor dicho, es el de «estilo partidario de gobernar», el del PRI. Que infectó desde hace tiempo a la partidocracia firmante del Pacto por México. La corrupción y la impunidad tiene envenedada la vida social, económica y política de México.

Por si no fuera suficiente, la segunda fuga del Chapo Guzmán vino a visualizar que la corrupción es sistémica y permea a todo el régimen político mexicano. Pues a todos les dejó ver que esa fuga, igual que la primera con Fox, contó con el beneplácito de la alta jerarquía gubernamental.

Estas cinco crisis desarrolladas bajo el mandato de Peña, enlazadas con las ya acumuladas de inseguridad y violencia, la económica, la de inseguridad, la política, la cultural, la de seguridad social, la alimentaria y pobreza, la de desempleo y otras, son lo que han llevado al despeñadero el proyecto del grupo Atlacomulco, que es también el agotamiento del neoliberalismo salinista.

Los intelectuales del neoliberalismo y de los neoconservadores andan apurados queriendo poner parches y apuntalar el neoliberalismo, que curiosamente fue llevado a su punto de quiebre con la aprobación de las reformas neoliberales impulsadas por Peña, pero ese será otro tema.

Por lo pronto su diagnótico es desalentador para ellos, en palabras de Krauze: «Hay en el ánimo actual de México una mezcla que va del escepticismo y la incredulidad a la desmoralización y la desesperanza» con la propuesta neoliberal.

Y han ubicado un corrimiento político ciudadano hacia posiciones proAMLO y de MORENA, que abandonan social y electoralmente al PRI, pero también a sus partidos aliados, el PAN y el PRD, borrando de pasada a la cara e inservible chiquillada partidaria. Andan promoviendo candidatos «independientes» ante la crisis de la partidocracia, para enfrentar a AMLO en el 2018.

Pero Peña, como decía Carlos Monsivais, «no entiende lo que está pasando, o ya pasó lo que estaba entendiendo». Acaba de declarar a La Jornada: «No he logrado entender cuándo pasó el gobierno (federal) a ser señalado implicado, culpable… (de) lo ocurrido en septiembre de 2014 en Iguala».

En esa misma entrevista tampoco encuentra motivos para «el mal humor social» de los mexicanos. Le echa la culpa de sus desgracias a «las redes sociales». Y «lamenta el mucho lodo y basura en las campañas» electorales en curso, donde las acusaciones de corrupción ya son lo de menos y los señalamiento de delitos graves y de vínculos con el narcotráfico son ya cosa «normal».

Inocentemente Peña descarta ubicar los resultados del próximo 5 de junio, como una proyección de la elección presidencial del 2018. Peña Nieto y sus cercanos son los únicos que no ubican el despeñamiento de él, de su gobierno y del PRI.

No dialogan, reprimen, despiden de su trabajo a maestros y se aterran por el apoyo de sectores de magisterio a MORENA. Lanza la iniciativa de legalizar el matrimonio igualitario en todo el país y se sorprenden de la oposición de la jerarquía católica. Los empresarios lanzan la ley anticorrupción 3 de 3 y el PRI la desnaturaliza. Pierden amigos y aliados día con día e incrementan opositores.

Claro que las elecciones del 5 de junio de 2016 comenzarán a marcar tendencia rumbo al 2018. Hace seis años el PRI perdió Sinaloa, Puebla y Oaxaca en manos del PAN-PRD, ninguno de esos gobernadores fue un cambio real, fue la continuación del régimen de corrupción de PRIAN con el PRD anexado. Pero hoy los nueve triunfos de doce, prometidos por Manlio Fabio Beltrones, parecen una quimera. En el PRI ronda el fantasma de su posible debacle electoral, el despeñadero está a la vista.

El PAN puede llevarse Chihuahua, Aguascalientes, Tamaulipas y Puebla. Hasta el PRD, ya en proceso de extinción, pudiera quedarse con el diminuto estado de Tlaxcala.

Pero la sorpresa del próximo 5 de junio puede provenir, como muchos ya lo ven, de parte de MORENA, la fuerza social y política dirigida por Andrés Manuel López Obrador, que con apenas dos años de haber obtenido su registro, ya logró en junio de 2015 irrumpir con fuerza en el escenario electoral nacional.

Pero que hoy, para el 5 de junio de 2016, tiene posibilidad de alzarse con el triunfo en la Ciudad de México, en Veracruz, en Zacatecas y no está descartado Oaxaca. Eso, o algo cercano a eso, potencializaría a AMLO. Por eso las derechas andan aterradas, porque López Obrador puede llegar al 2018 con mucha más fuerza interna que en 2006 y con un movimiento social más integrado que en 2012.

Todo indica que el PRI hasta el momento, solamente va seguro en Sinaloa, Durango e Hidalgo. Y en Quintana Roo uno de los suyos puede ganar con las siglas PAN-PRD, para después reintegrarlo a la famiglia donde el que no tranza no avanza. Muy lejos del carro casi completo que prometió Beltrones.

Si los mexicanos ubican que la corrupción e impunidad es la piedra de toque que nos mantiene estancados y en proceso de decadencia, y si el 5 de junio salen a votar, pudiera darse un gran paso hacia la transformación democrática de México, siempre escamoteada por las derechas. Sería el principio de la caída del PRI, de su despeñamiento.

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