25 abril, 2026

Reporteros en Movimiento

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Lorenzo Delfín Ruiz

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La historia que conocemos de México refleja a un país víctima de la codicia y en tensión permanente.
Una sangrienta conquista aderezada con su respectiva inyección de dominio espiritual criminal, férreos dominios e invasiones de imperios brutales y cacicazgos internos esclavizantes, han perpetuado en el mundo la idea de que México ha sido, es y debe seguir siendo territorio de eterno desequilibrio para facilitar el despojo.
A las continuas rebeliones internas, que de manera astuta se hace interpretar que por ellas los mexicanos gozan de una independencia que en realidad jamás ha sido palpable, se les anteponen distintas armas, pero ninguna tan efectiva como sembrar el pánico, perseguir y aniquilar a opositores verdaderos, y desestabilizar con el uso de personajes nativos con indiscutible disposición para traicionar.
Se entiende que los países colonialistas usurpan las riquezas que no tienen y derriban fronteras a sangre y fuego como fórmulas para sostener su supremacía y formas de vida, porque por eso son tiranías disfrazadas de democracias. Pero no deja de ser vejatorio que para tales fines sigan utilizando personeros de los países ultrajados para violentar leyes y controlar a las masas mientras continúan el saqueo.
Interpretada sin mucho esfuerzo, esa historia revela que la traidora complicidad de políticos y “líderes” mexicanos –habilitados como tales por las fuerzas del mercado más que por la voluntad del pueblo- les rinde migajas (que acumuladas son cuantiosas), en tanto la verdadera tajada de la riqueza nacional es sacada del país y, en el colmo, succionada en territorio patrio y con sus habitantes convertidos en peones baratos en casa propia.
Impedidas a lograr aún su fantasía de un México sin mexicanos y convencidas de que les resulta más barato, las potencias han sustituido las sanguinarias invasiones militares de antaño y los golpes de Estado por invasiones financieras, conquistas cibernéticas, financiamiento de gobiernos rapaces e ignorantes, de criminales vulgares y de cuello blanco; apoderamiento paulatino de tierras y del patrimonio marítimo, de hidrocarburos y hasta del agua para beber, previo agudo empobrecimiento para asegurar la dependencia económica vigilada a través de Fondos Monetarios, Bancos Interamericanos y Organizaciones para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, desde los que se imponen reglas insultantes para el pago de empréstitos, de progreso controlado y hasta de convivencia “democrática”.
Y el respeto que ostentan por los demás, esas potencias lo traducen en la adecuación de las leyes locales a sus intereses, echando mano de la debilidad de gobiernos y Congresos ante el encantador tintineo de las monedas. La tesis no es nueva y poco ha cambiado: salvo en contados casos, en México se ha “gobernado” y se “gobierna” para fines ajenos.
Tras el discutido “triunfo” del movimiento revolucionario del siglo pasado, se entronizaron en el poder político y la administración pública de México varios personajes con demostradas aptitudes mafiosas. Esas verdaderas figuras exponentes del crimen dejaron alumnos y una herencia que siguen carcomiendo al país, por más que el oficialismo continúe maquillando el ambiente.
Con un “modelo educativo” vacío, un tanto de las nuevas generaciones de mexicanos se dan un tiempo en el entretenimiento de copiar modelos de vida basados en el consumo, y comprenden esta punzante realidad que, es de lamentarse, no es exclusiva de nuestro país. No poco trabajo, dólares y maniobras les cuesta a Estados Unidos y a sus socios ideológicos sostener como hasta ahora a una Latinoamérica dividida, en cuya tarea los gobernantes de México siguen siendo herramienta de uso fundamental y cotidiano. Pero ¿qué hacer -se pregunta la juventud impotente- si las estructuras de poder son impenetrables, corruptas y carniceras?
Esta empinada disposición gubernamental ha fomentado el vicio de su sumisión y dependencia totales principalmente al imperio del Norte; sin otro poder que las limite –le temen más a las sanciones de EU que a los de las instituciones de justicia caseras-, las entidades mexicanas ostentan con cinismo el proteccionismo gringo y acentúan los abusos en el ejercicio de la autoridad, encarnados por policías criminales y torturadores y por gobernadores aberrantes todos con la complacencia y protección enviadas desde la capital de la República.
En la adecuación de las leyes para complacer los más altos intereses foráneos, es que han sido atropellados los más altos intereses nacionales. Las reformas educativa, energética (remember a la señora Clinton confeccionándola), laboral, de pensiones y de telecomunicaciones dan fe de ello, mientras las instancias de justicia y hasta un simple número telefónico para solicitar auxilio policíaco son una grotesca réplica de los “modelos” estadounidenses.
En la pirámide de prioridades de quienes en la frontera norte y más allá dominan el esqueleto gubernamental mexicano, no escapa ningún factor de control y comercio, y mucho menos si es elemental para la vida. Las agitadas maniobras para privatizar el agua, en una especie de concesión homicida, dieron lugar para lucrar con otra fuente natural de supervivencia: el aire.
La idea parece descabellada, pero el ardid de la contaminación ambiental da para pensar que no es otra cosa que una forma más de aterrorizar para asegurar la venta simulada de aire limpio, negocio importado, interminable y tramposo porque la calidad del aire no mejora ni se cancelan las persecuciones a infractores ni las contribuciones forzosas que supuestamente son invertidas en el combate a la polución.
Las posibilidades para salir del hoyo en que los déspotas han metido a la población parecen lejanas y dependen de la respuesta certera a la pregunta que se presagia complicada: ¿cuándo México volverá a ser de los mexicanos?
O peor tantito: ¿QUÉ DEBE PASAR para que México vuelva a ser de los mexicanos?

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