21 junio, 2026

Reporteros en Movimiento

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Foto tomada de Facebook

Lorenzo Delfín Ruiz

Unos dicen que al tipo le sobra suerte. Otros, que si no fuera por la dantesca “organización” que lo sostiene, jamás hubiera pasado de ser un abonero más por aquel rumbo de represión social y disipación burdelera oficialmente tolerada y que humilla a sus habitantes, llamado Los Reyes La Paz, municipio ubicado en el Oriente mexiquense, en las goteras de la capital de la República.

Tampoco es un virtuoso de la proyección política. Sus pronósticos habitualmente son un desastre. Como cuando en reunión de cabildo despotricó contra Ernesto Nemer y le apostó a la dupla Ricardo Aguilar o Luis Videgaray como los inevitables candidatos a gobernar el Estado de México de 2011 a 2017. Cuando el candidato priista resultó ser Eruviel Ávila, cuando mucho se le aflojaron los calzones, pero de ahí no pasó.

Su frágil lealtad política lo retrata de cuerpo entero. Hoy y siempre apuntalado por la Federación Revolucionaria de Obreros y Campesinos (FROC), no duda en declararse socialista de cepa cuando los vientos le soplan en contra. Así lo hizo en 2011 cuando no le encontraba cuadratura a esos menesteres de tocar la puerta del Congreso federal para conseguirse presupuestos para obras municipales, y se “afilió” de manera emergente a la organización Antorcha Campesina, desde la cual cachó unos cuanto millones de pesos de la Federación.

Con todo y que su visión política tiene poco lustre y que sus aptitudes para la administración pública son altamente cuestionables, lo cierto es que Rolando Castellanos Hernández (“El Rolas”, por igual para cuates y para quienes lo hostilizan día y noche) fue presidente Municipal de Los Reyes La Paz de 2009 a 2012 y ahora pasmosamente lo es y lo será hasta 2019.

Con todo y que en su primera aventura como alcalde dejó más de 64 millones de pesos en el limbo, sus enemigos políticos y hasta sus fieles lambiscones comentan con sorna que la mitad de la población lo detesta… y que la otra mitad también, sólo que no tienen para dónde hacerse porque con sus funestas cartas credenciales le es útil al Gobierno del Estado de México para cuanta picardía se le ocurra.

“El Rolas” ejerce su poder desde un edificio prácticamente nuevo y literalmente en ruinas. Con vendedores ambulantes metidos a chaleco a la FROC y con ello autorizados a ocupar los espacios que les dé la gana, incluidos los alrededores y accesos a la edificación que rivaliza a brazo partido con un mínimo gusto arquitectónico, finca su control en el reparto masivo de despensas durante sus campañas electorales que luego, ya como alcalde, transforma en tarjetas de cobro. Al fin abonero.

Se le responsabiliza además de ejercer un sistema de cobro de cuotas “extraordinarias y obligatorias” a empresarios (constructores, entre ellos), para lo cual usa a su estructura familiar. Del mismo modo, su rutilante carrera como hotelero es puesta en duda en cuanto a pulcritud.

El “palacio” municipal encierra una historia corta pero truculenta, ciertamente no atribuible a “El Rolas”. A finales del siglo pasado, el edificio construido en 1899 y que albergó a la autoridad local desde que el municipio se llamaba La Magdalena, fue demolido sin miramientos con el sospechoso aval del Instituto Nacional de Antropología e Historia. Sobre el terreno, ya sin los vestigios cuya destrucción mantiene furibundos aún a los adoradores de la historia local, fue levantada una horrenda construcción de tres niveles, incluida la planta baja.

EL AMBIENTE

“El Rolas” inauguró su primera administración (y así la mantuvo siempre) en un ambiente deplorable. En 2011, el moderno “palacio municipal” desbordaba basura por fuera… y por dentro. Y así sigue. En su interior amontona expedientes, computadoras y burócratas en oficinitas habilitadas hasta con material y mobiliario con características de desecho.

Histórica debe ser ya la escena que durante mucho tiempo se mantuvo en la planta baja. En medio del caos interior (este sí atribuible a “El Rolas”), tropezando a contribuyentes irritados y desorientados, estorbando a pedidores de la bondad del alcalde, un funcionario anciano fue instalado en una oficina sin paredes y un escritorio destartalado como único mobiliario. Colgada, la cartulina con el letrero que lo delataba en ostentosas funciones de contraloría. En la parte alta, sobre periódicos regados en una oficina minúscula y sucia, un desdentado corre-ve-y-dile compartía “trabajos” de “comunicación” con tareas de cancerbero de aquel infierno.

El edificio municipal choca con el orden que impera en la edificación vecina, la iglesia de los Reyes Magos. El templo se encuentra apenas liberado de los vendedores ambulantes que disputan y carcomen cualquier espacio libre. Y no ha de ser por las buenas. Se ofrecen castigos espirituales a los desordenados infractores y se imponen reglas estrictas, como aquella que prohíbe con falla gramatical hasta “hechar novio en la casa de Dios”.

Pero con toda y su autoridad divina, no evita a unas cuadras de ahí las calles tapizadas de hombres y mujeres victimados en burdeles matutinos-vespertinos-nocturnos cuya actividad licenciosa está íntimamente relacionada… con “El Rolas”.

El ropaje de marrullero de “El Rolas” es impermeable. Repela la ingenuidad y la fidelidad política, pero tiene espacios para vengancitas.

Humillado públicamente en varias ocasiones por un alcalde vecino, sobre todo por su divorcio con la tramitología a que está obligado saber un presidente municipal frente a los otros poderes públicos, de manera circunstancial “El Rolas” concretó su desquite cuando su policía municipal (sobre la que se tejen uno y mil relatos sangrientos y corruptos verdaderos o inventados) sorprendió a su colega en tareas de desahogo sexual con una empleada, a bordo de un vehículo estacionado en calles de Los Reyes La Paz.

Lo que aún no queda claro es cuánto le costó al calenturiento personaje el silencio de “El Rolas”, quien desde entonces goza de su cabal respeto.

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