Por Jesús Delgado Guerrero
Los promotores de aumentar el salario mínimo están lejos de ser “soldados de honor del lumpen-proletariado”, según la auto-definición lombardista, y su oportunismo político nada tiene que ver con nobles conceptos como el de igualdad o el de bien común.
Por ejemplo, Miguel Mancera puede seguir privatizando las calles del Distrito Federal vía parquímetros para después simular consultas, y Gustavo Madero continuar involucrado en “moches” y protegiendo dirigentes corruptos, afines a su corriente, desde su modesta tramoya de simulación.
A falta de canes defensores del peso, tipo López Portillo, y tirados la basura más de 23 mil millones de dólares en reservas para tratar de contener al Ogro Salvaje y mantener el peso a flote (de 13 pesos a 17.80 pesos, la devaluación del 2012 a la fecha) resulta que hay una mini jauría que busca enfundarse en la piel de paladines de los asalariados, cubriendo el hueco de organizaciones sindicales más fantasmagóricas que sus líderes.
¿El resultado? A partir del 1 de enero el salario mínimo será de 73 pesos con cuatro centavos: un brutal incremento de 2.94 pesos, lo cual desde luego no compensa la perdida de poder adquisitivo acumulada durante los últimos 33 años neoliberales, estimada en más de 70 por ciento.
No es casualidad que la miseria salarial corra en sentido contrario a la creciente concentración y acumulación de la riqueza. A los bonos de deuda pública y a los paraísos fiscales, palancas principales, hay que sumar este despojo a las fuerzas laborales, descubierto desde el Siglo XIX, aunque recientemente el doctor Jaime Ros Bosch puso énfasis en que “el deterioro del salario mínimo real en las últimas décadas es responsable del todo el aumento de la desigualdad en la parte baja de la distribución de salarios” (“Algunas tesis equivocadas sobre el estancamiento económico en México”, UNAM-Colegio de México, p. 63)
La cantinela neoliberal es conocida: si se aumenta el salario los empresarios tendrían que trasladar el costo al consumidor; se sacrifican injustamente las ganancias de los que supuestamente crean riqueza, empleos y hasta pagan impuestos y, luego, el chantaje del dogma: no se crearían nuevas empresas y, peor, habría inflación y se obligaría a recortar costes, es decir, a echar a la calle a miles para que acompañen a otros tantos.
Pero resulta que, con o sin incrementos salariales, lo único que no ha sucedido de todo esta espantoso evangelio es el sacrificio de ganancia alguna, por eso el 1 por ciento concentra 23 por ciento de la riqueza en nuestro país. Además, buena parte de la misma está en bonos de deuda pública o en paraísos fiscales, es decir, atesorada, buscando más ganancias no mediante el establecimiento de centros de producción, sino en la especulación, irracionalidad permanente, característica de esta época.


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