
Por Jesús Delgado Guerrero
Serán cosas del cambio climático, de la histeria antiterrorista con tufo a guerra que se combina con el furor de pistoleros por jalar del gatillo como en el viejo-nuevo Oeste (motivo de avalancha mediática), el caso es que por doquier emerge la turbadora fábula política y económica en la que se mezclan capítulos fatalistas con actores salpicados de una solemnidad no desprovista de comicidad.
Por ejemplo, no es mera paradoja el hecho de que seis de los países productores del 94 por ciento de armas a nivel mundial encabecen todas las comisiones de negociaciones para la “paz”, ahí donde la diplomacia ha fracasado o se ha convertido en una simple agencia de mercadería. No, el moderno principio pacifista de corte capitalista es: negociar la paz es negociar armas para la guerra.
Para contrariedad de los fundamentos del capitalismo salvaje, nada ha resultado tan mentiroso como el pretendido carácter pacificador del mercado y sus nobles ejércitos, sembradores de semillas de paz, prosperidad y una que otra bomba, necesaria siempre para evitar que se impida la bondadosa expansión, según demócratas ejercicios de inicios del Siglo XXI.
Por este pacifismo asesino es que ahora los nuevos cuentos western, aquellos que impresionaron a Hitler vía Karl May con “Los Ladrones del Desierto”, pretenden cambiar los caballos por camellos y a los respectivos jinetes, mientras los terroristas abonan a la confusión, alejando así el debate del problema central: la venta de armas como si fueran naranjas, en favor de la industria bélica estadounidense (¿en serio el Estado Islámico es un enemigo?)
Es igual con las cumbres del cambio climático y la simulada preocupación de las grandes potencias que, como en Estados Unidos, tienen en el Partido Republicano la quintaesencia de los intereses petroleros y financieramente tóxicos (fraudulentos), o en la industria maquiladora y de otras la fuente de su irrenunciable pujanza económica, como China.
Nuestro país no puede estar fuera de onda ni desentonar con el clima, y en este medio camino sexenal andado, los escalofríos de medio día invitan a evitar la crueldad innecesaria, la auto-flagelación, el masoquismo extremo, es decir, a un recuento cuyos protagonistas simplemente no han logrado enganchar ni siquiera simpatías que, aunque pocas, al principio las tuvo.
Quien quiera hablar de ilusiones fallidas vía reformas estructurales, de ayotzipanazos, tlatlayazos, escapes rocambolescos de narcos, de endeudamiento público infame sin reactivación económica, de corrupción sin conflicto de interés o con él y de una oligarquía incapaz ya de ofrecer nada, etc., debería revisar todas las síntesis de noticias oficiales, donde lo que sobresale es el futuro como producto logrado de esfuerzos presentes. No hay motivos para alarmase ni sobrecogerse.A

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