6 mayo, 2026

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26 DE NOVIEMBRE DE 2015.
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Lorenzo Delfín Ruiz
Conforme la corrupción abona el descrédito gubernamental y avanza la descomposición social; mientras se acentúa el desconcierto de una ciudadanía pobre y hostilizada por un crimen organizado extraoficialmente tolerado como mecanismo de control y de enriquecimiento de grupos exclusivos, es cuando la duda toma forma de reclamo: ¿qué ingredientes más se necesitan para corregir el rumbo, antes de que la población harta del desorden establecido agarre monte y se rebele con los mismos niveles de violencia que utilizan sus verdugos?
Las circunstancias para llegar a este preocupante estado de cosas se dieron, y ocurren aún, en cascada.
Desde hace más de cuatro décadas, el Estado Mexicano ha sido conminado a modernizarse de a de veras. La respuesta, sino es que inútil en algún periodo gubernamental, ha sido ridícula en otro. En cambio, el gobierno, como cabeza de ese Estado indolente, ha sido frecuentemente denunciado hasta por organismos internacionales de permanecer campante y, por peligrosa añadidura, aumentar la presión social mientras rehúye deliberadamente sus responsabilidades constitucionales.
Sin embargo, y aún en medio de atmósferas sangrientas, la comodidad con que se han conducido las últimas administraciones gubernamentales, alentadas y protegidas por el poder que a partir de un comportamiento delincuencial han acaparado las televisoras privadas, parece ceder por obra y gracia de su misma conducta disipada y abusiva.
Este proceso de descomposición tiene también origen externo. Quizá el más amenazante.
Es cada vez menos oculto que en México se legisla y se gobierna con las recetas impuestas por los imperios económicos que con históricos préstamos leoninos (por lo regular consumidos por la corrupción) mantienen de rodillas a la nación. Metida en una férrea camisa de fuerza, y mientras el país sigue siendo salvajemente saqueado, a la sociedad mexicana se le somete a una acelerado cambio de conducta, para dar lugar a un horrendo, desigual y saqueador esquema de cultura consumista y de abandono de sus raíces de identidad.
De paso, esa imposición de modelos para conducir la vida nacional incluye peligrosamente la modificación de las reglas fundamentales propias, como lo han sido y son las famosas reformas estructurales cuyos contenidos (al menos el de la reforma energética, según fue denunciado) fueron confeccionados en el Departamento de Estado de Estados Unidos.
Ha sido de tal modo cautivante la maquila que EU hace de nuestras reglas de neo cultura y convivencia nacional, que las instituciones públicas ya se sometieron en otros órdenes a los modos de vida estadounidenses para crear un grotesco mexican way of life.
Es así que en los procesos judiciales cunden ya los juicios orales, en horrenda semejanza a los procedimientos que tanto gustan a los funcionarios mexicanos y que sólo conocen por televisión. Se ha agregado el propósito de crear el sistema nacional de auxilio telefónico 911, que en realidad pudiera mostrar la misma inutilidad que los que existen aquí pero se vería muy chic adoptándolo de la bestial policía de EU. Y luego la obsequiosa y mexicanísima declaración “antiterrorista” (¿solicitada u ordenada por Barack Obama?) que sólo le atrajo a México la declaratoria yihadista de país enemigo.
Pero no todo ha sido ceder. Prevalecen distintivos nacionales… como la corrupción, los abusos y la impunidad. Y cinismo. Mucho y muy variado y descarado. Tanto, que es difícil no percibirlo. El funesto gobernador de Veracruz, Javier Duarte de Ochoa, y un caso más de secuestro en Tamaulipas, comprobado y atribuido al Ejército Mexicano, engloban muchas de aquellas “cualidades” y engordan la lista de ofensas al pueblo.
Para regocijo de los emisarios del pasado, se comprueba que el sobado autoritarismo de ayer sólo se transformó y es competido firmemente por el autoritarismo de hoy en cuanto a impunidad, jactancia, complicidad y entreguismo se refiere.
A ver hasta cuándo aguanta el mecate.

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