24 junio, 2026

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Lorenzo Delfín Ruiz
La encarnizada lucha de poder que libran partidos políticos, mafias locales y extranjeras, corruptísimos jefes delegacionales y policíacos, funcionarios grandotes y chiquitos igualmente podridos, narcotraficantes, empresarios y ambulantes facinerosos, sindicatos ladrones, chafas organizaciones civiles y religiosas y toda clase de comercio ilegal, ha hecho brotar el auténtico clima de crimen y violencia que, en realidad, nunca ha abandonado la capital de la República.
Por más que le enjabonaron la cara al DF, los sucesivos gobiernos “del cambio”, “de la esperanza”, de la “movilidad” y el actual, demagógicamente empeñado en convencer a la población de que “estamos decidiendo juntos”, no pudieron ni pueden simular el desbordamiento de una criminalidad que sigue poniendo a prueba la resistencia de los capitalinos, mientras las instituciones públicas le encajan caras obligaciones administrativas y fiscales.
En cambio, y como en versión chiquita de un Estado totalitario, el Gobierno del DF muestra su eficacia en el uso del tolete, la indiferencia, la tortura y la intimidación para sofocar la inconformidad social, en tanto las ejecuciones en vía pública, los asaltos, secuestros, extorsiones y despojos gozan de protección.
En una actuación por sí sola insolente, el gobierno de Miguel Ángel Mancera, distintivamente impositivo, prioriza la persecución de algún deschavetado que le dio por envenenar perros en la colonia Condesa, antes que buscar, detener y encarcelar a los autores intelectuales y materiales de las sangrientas fechorías que mantienen aterrorizada a la mayor parte de los capitalinos.
Por más que lo niegue el GDF, y organizado o no, en el Distrito Federal el crimen existe y se nutre de las complicidades y la impunidad, en una mala suerte de impunidad y complicidades oficializadas. El cuerpo de un hombre torturado, asesinado y colgado del puente La Concordia, en Iztapalapa, se tradujo en el primer jalón a la cobija con que el GDF ha creído que puede enmascarar ineptitudes, la corrupción que lo ahoga y la existencia de poderosas bandas de malhechores en su territorio. La escena no mentía: se mezclaban en ella mensaje y ajustes de cuentas, en una imagen que hasta ese momento se creía “exclusiva” de cárteles de provincia.
Y por si no fuera bastante, en estos mismos días el cuerpo de otro individuo igualmente masacrado pero éste dentro de un tambo, fue abandonado en calles de la misma delegación. Uno más, junto al cual los asesinos dejaron un mensaje intimidatorio con dedicatoria al propio Mancera, ya de plano “preocupó” al gobierno.
En conjunto, estos hechos evidenciaron el tono desafiante en que solamente se amparan los grupos criminales que le disputan la supremacía al poder público. O al revés.
Se quiere hacer creer que todo este ambiente de conmoción ocurrió “por casualidad” en el marco de tres eventos importantes: la remoción casi completa de su “gabinete” por parte de Miguel Ángel Mancera, la integración de la nueva Asamblea Legislativa y la toma de protesta de los 16 jefes delegacionales electos el 7 de junio.
La suspicacia del capitalino gana terreno cuando deduce que la descomposición del DF se ha recrudecido como consecuencia de todo aquello, en una especie de reacomodamiento de las “familias” mafiosas que se han apoderado de la capital.
A ello se le agrega que en la mitad de su administración, Miguel Ángel Mancera se ve obligado a “gobernar” con un apoyo partidista reducido, merced a que el perredismo que lo cobijó para encumbrarlo hace tres años, se vio mermado ahora por el arribo del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) al escenario electoral.
Ambas circunstancias, sin embargo, no dejan de ser solamente hipótesis porque el verdadero origen del verdadero poder de Mancera se ubica en Los Pinos. De ahí que “las fuerzas” del crimen local hayan removido el lodazal para mostrar músculo y ganar los espacios dejados por una democracia inexistente.

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