Con excepciones marcadamente cautelosas, la tinta respecto de los pasados comicios se gastó mayoritariamente en torno de la figura del presidente Enrique Peña Nieto quien, de paso, se colgó y le colgaron triunfos y méritos como se estilaba en el no tan viejo como renovado régimen de zalamerías al por mayor, donde el titular del Poder Ejecutivo encarnaba -encarna- el faro que ilumina todo en medio de la espesa niebla.
De la “democracia oligarca” del 7 de junio no hay mucho que decir, salvo confirmar lo que salta a la vista: que hay que cambiar brochas para darle algún tono al frontispicio de clanes familiares y grupos enmohecidos, con pocos fieles pero gritones y una parte respetable de ciudadanos de buena fe.
Sobre los resultados, mientras el coro festina “triunfos” con base en méritos sacados de quién sabe dónde, estos apuntan a la glorificación de la derrota mediante la permanencia de unas estructuras políticas y económicas sin otro horizonte que el de la frustración y la amargura.
Además, contrario a lo que sucedió en los dos últimos gobiernos federales, el actual, en su segunda parte, no va a tener ningún salvavidas político para tratar de evitar lo que se ha observado en la primera, es decir, el naufragio en un mar de incompetencia y corrupción, signos del capitalismo neoliberal imperante, con pinceladas sólo para procurar golpes de efecto pero sin moverse del mismo lugar, adornadas con algún discurso a la Bob Ross y sus ardillas felices trepando árboles.
Aunque en los hechos no ha habido oposición, ahora en las formas tampoco, de modo que no habrá pantalla alguna como sucedió en parte de los sexenios pasados, ni presuntos “obstáculos” para no llevar hasta sus últimas consecuencias los planes diseñados para “mover” y “transformar” a México, según la cuña oficial.
«Las reformas que hemos logrado están transformando positivamente a nuestro país y las seguiremos poniendo en acción para que sus beneficios lleguen a todos los mexicanos. Esa es mi obligación, mi mayor convicción. Las reformas siguen adelante”, aseguró el presidente Peña Nieto en cadena nacional el pasado domingo tras la jornada electoral.
Las primeras líneas no resisten un cotejo con los hechos, pero de lo que no hay duda es el anuncio respecto de la continuación del empeño reformista, a pesar de que la terca experiencia indica que si hay alguna lección durante los últimos 33 años que se tendría que asumir con entereza y responsabilidad, es la de evitar que todo esto se repita, según sugirió un bardo sobre el lamentable estado de su país.
No obstante, se colige que buena parte de la sociedad seguirá navegando entre el Escila político y el Caribdis del capitalismo neoliberal, sometida a la brutalidad corrupta y de impunidad por un lado, y a la depredación del erario y bienes nacionales por otro, así como a la violencia.


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