El debate por el aumento a esa percepción laboral conocida como “salario mínimo” es no tanto técnico como moral. Si bien se trata de una escaramuza político-electorera, aborda el resultado de la brutal concentración de la riqueza, su desigual distribución y la doctrina amoral que la respalda.
Y vérselas con los representantes de un fundamentalismo económico o político es igual que enfrentarse a las huestes de uno religioso. Están peor que el “Gabino Barrera” de los corridos.
Véase a los ortodoxos neoliberales que se apresuran a echar mano de sus gastados cánones buscando espantar con el viejo fetiche de la “productividad” como condición indispensable para elevar el salario pues sin ello, dicen, se generarían trastornos inflacionarios, lo que no impide que, al mismo tiempo, impongan gasolinazos a diestra y siniestra y por decreto, asegurando una estupidez: que no provocan inflación.
En todo intento por lograr un incremento salarial se tendrá siempre a la “productividad” en calidad de serpiente enroscada haciendo sonar su cascabel.
La “escencia de los fundamentos” no se toca: el producto agregado en aumento, es decir, la cantidad de bienes y servicios producidos, debe dejar en la base a seres humanos sumidos en la pobreza para perpetuarla. Esa es la fórmula del modelo que no se ha cansado de elogiar su desmesura.
Porque desde hace mucho quedó al descubierto dónde se queda esa parte del trabajo que hace que el capital continúe su proceso de acumulación, es decir, el robo que se hace al producto del esfuerzo. Al autor de este hallazgo no lo van a perdonar nunca.
Como medida preventiva ante cualquier agitación, se han creado ejércitos de reserva para obligar a los demás a aceptar miserias permitiendo así que, sin remordimientos, las grandes fortunas sigan en expansión, atendiendo al rigor de la única moral de su doctrina: la ganancia y la acumulación.
Muy útiles para estos efectos han resultado gerentes políticos y sindicatos liderados por “payos” ignorantes o venales que aceptan cualquier cosa antes de que sus afiliados estén en la calle, no tanto por ajustes de personal como por venganza ante los reclamos; además, siempre habrá otros menos exigentes -desempleados- en condiciones de tomar lo que sea.
Así es como la amoralidad capitalista elimina obstáculos y mantiene la expoliación salarial, sinónimo de rapiña y despojo. Es el chantaje dogmático: aceptar hoy las condiciones miserables para no privarse de comer, o, peor, hacer lo que se exige para no quedarse sin trabajo mañana.
Lo óptimo y benigno para esta doctrina es que lo insoportable -la miseria- no sólo es soportable, sino indispensable para su buena marcha; para ampliar el confort de pocos frente a la desolación de millones, y para que no se elimine el goce de unos en medio de la desgracia de muchos.


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