19 junio, 2026

Reporteros en Movimiento

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Alejandra Gudiño/Jesús Delgado. (Esta foto fue tomada hace unos 20 años. A la izquierda Juan Lázaro, en medio Emerenciana, a la derecha, Alejandra y Jesús)

Los definidores aseguran que una “ombudswoman” es “una mujer empleada para investigar las denuncias contra el gobierno o las autoridades institucionales, empresarios, etc.”

Resumido de esa manera, en tan pocas líneas, el término constituye un sustantivo de alcances muy cortos, un terso apelativo que apenas esboza la esencia: defensora de los derechos humanos o, más apropiadamente, defensora del pueblo, lo cual permite atisbar ya a una voluntad un poco más radical enfrentada a la terquedad extremista del status quo.

Tal vez por eso, por su origen sueco de tono chocante o simplemente para ahorrarse un pleito con los anacrónicos puristas, la Real Academia de la Lengua Española ha evitado incluirlo en sus diccionarios, igual que “ombudsman”.

Como sea, importa hurgar, aunque sea brevemente, el origen y el significado de las palabras porque definen. Estructuran el lenguaje que, como supusieron los filósofos de antaño, “es la casa del ser”, en este caso el de la mujer.

De modo que el término referido, así de ramplón, debe llenarse, como la morada misma del “ser”, de pensamientos y hacerse acompañar de acciones para poder vislumbrar alguna aproximación.

Eso es justo lo que hizo durante buena parte de su vida, buscando llenar su morada, Emerenciana López Martínez, la primera “ombudswoman” del Estado de México en toda la linea, una leyenda en la defensa de los derechos humanos y, de manera particular, de los derechos de las mujeres, a las cuales en incontables ocasiones incluso dio asilo en su vivienda, a la que siempre llamó socarronamente su “choza” debido a la precariedad de los materiales utilizados para su edificacion, ubicada en uno de los barrios de Chimalhuacán.

Amigos y enemigos, en grandes racimos unos y otros pues es imposible salir inerme en una empresa como la que ella abrazó, la conocieron simplemente como “Doña Mere”, nombre que le dio resonancia y que de algún modo hizo que representantes de los medios de información se convirtieran en sus secuaces (Mark Knopfler y Eric Clapton unirían voz y guitarras para, en un solidario lamento rockero, entonar “Brother in arms” con la mirada puesta en  Nelson Mandela) y combatir casos de injusticia, de abuso y de opresión, en una tierra dominada por unos grupos caciquiles un tiempo, sustituidos por otros del mismo corte después, y hasta la fecha.

“Doña Mere”, derivado de Emerenciana y éste a su vez del latin Emerentius, que significa “merecer, ganar”, en griego proviene de “Emerio” y quiere decir: “aquella que es afable y tranquila”.

Quienes tuvieron un trato de mayor cercanía con López Martínez advertirán en lo anterior una notable contradicción, sólo posible en el entorno de una personalidad como la de ella: de un lado enfrentando, con todo en su contra, la miseria humana con sus apetitos desbordados y su violencia asesina, y del otro, encarnado por ella, esa mezcla que habría corregido línea por línea a Adam Smith y su “Teoría de los sentimientos morales”: la virtud de la humanidad, exclusiva de mujeres, y la generosidad, signo propio de varones, según ése pensador y economista.

Sin embargo, “Doña Mere” reunió humanismo y generosidad, extraña combinación para la cual sobran testimonios y en la que, como ingrediente natural, nunca faltó la comedida reconvención o de plano la bronca amonestación.

Ella comenzó a escribir su historia hace más de cuatro décadas, cuando dejó la población de San Luis Acatlán, en Guerrero, estado que la vio nacer un 23 de enero de 1941 y que la vio también emigrar a los 22 años de edad.

Ese trayecto de la memoria lo condensa la filosofía de la misionera caótica de origen albanés, Agnes Gonxha Bojaxhiu, mejor conocida como la Madre Teresa de Calcuta, que López Martínez hizo suya y aplicó en su vida, que fue la lucha social: hay que amar hasta que duela, si no, mejor no ames.

Terca y católica confesa, fue así como se convirtió en una estampa  justiciera, desde el mismo Barrio de Hojalateros, en Santa Elena, primero para todo Chimalhuacán, salpicando luego al Estado de México, al país y más allá.  Comenzó en “solitario” y luego mediante la creación del Consejo de Mujeres Defensoras de los Derechos Humanos y de la Familia, asistida por su inseparable Fidel Espinosa García, así como de sicólogos, abogados, etc., todos voluntarios, espíritus genuinos de altruismo.

Porque si se trataba de agresiones sexuales contra mujeres, ahí estaba “Doña Mere”; si golpizas de maridos celosos e iracundos contra esposas e hijos, ahí se veía su figura otra vez; si algún funcionario generalmente apadrinado cometía alguna felonía, un abuso o delito, su voz nunca faltó a riesgo de su calavera, previas persecuciones a balazo limpio en las calles polvorientas y llenas de lodo, mismas que por mucho tiempo fueron paisaje natural, sello de la injusticia y la pobreza de Chimalhuacán.

No se trataba de seguir los pasos de la Santa Emerenciana que la hagiografía cristiana reverencia debido a la lapidación de que fue objeto, pero si el asunto implicaba enfrentar a asesinos que después la pondrían en su lista entre las próximas víctimas, tal como sucedió con el matón juvenil apodado “El Pista”, no importaba. En este caso, quiso el destino, mediante otro pistolero de la misma laya, que “Doña Mere” continuara su camino de “ombudswoman”.

E igual ocurrió con violadores montoneros, policías corruptos o agentes del ministerio público, blanco del flagelo corrosivo que la caracterizó.

Aunque siempre aseguró que nunca se preparó para hablar en público, con apenas dos años de instrucción escolar fue capaz de pararse frente a auditorios en eventos nacionales e internacionales plagados de gente “consagrada”, lo mismo en Nueva York que en El Salvador, en Cuba y en Washington, en Guatemala y, claro, en México, fustigando siempre a autoridades corruptas, “defensoras de delincuentes, ineficaces ante el drama humano y social de la violencia intrafamiliar, las violaciones sexuales y los feminicidios”, llegó a decir.

La obtención de la presea “Isidro Fabela” al mérito cívico, otorgada por el gobierno del Estado de México en el año 2005, la hubiera cambiado por apoyo para la edificación de un albergue equipado para atender a todas las víctimas que defendió y las que demandaron su protección y ayuda. Ese fue uno de sus sueños frustrados, compensado sólo por la satisfacción del deber cumplido hasta donde sus fuerzas se lo permitieron.

Porque a pesar de su buena fama, no hizo usufructo de ésta para beneficio propio. Incluso su “choza”, con algunas modestas transformaciones, se halla en el mismo lugar, casi en la misma esquina, al que llegó hace ya tiempo. Nunca pidió nada para ella, sino para los demás, para todos los que se le acercaron, seres sufrientes, humanos desfavorecidos que cruzaron el infierno de una vida llena de violencia y vejaciones, tanto mujeres como varones.

Quien piense que no es posible la existencia de personas desinteresadas, capaces de desprenderse y al mismo tiempo no recibir ninguna especie de compensación, Emerenciana López Martínez lo refuta con una larga lista de testigos, algunos de los cuales afortunadamente no lo han regateado para libros y otros trabajos, para que se sepa que hay gente especial, con dones particulares y con causas indeclinables que las abrazan de manera apasionada.

“Hay que amar hasta que duela”, insistía la madre Teresa de Calcuta. Dicho sin regateos, si entre los epígonos de la ahora beata religiosa se puede contar a uno que lo aplicó hasta el dolor, no hay duda que “Doña Mere” destaca en esa lista.

Y si los académicos y etimólogos, científicos del lenguaje, andan en busca de una aproximación para definir “ombudswoman”, término hoy en la más absoluta orfandad, su figura y todo el quehacer realizado resultan de referencia insoslayables.

Frente a una sociedad cada vez más violenta y deshumanizada,  desentendida de su entorno y con menos valores, es de desear que su ejemplo arrastre. Sus hijas Alejandra y Rocío Guillén López, igual que su vástago Víctor, son también dueños de ese legado de humanismo y generosidad; les pertenece porque mucho aportaron y eso es motivo de orgullo.

Aviso obligado:

Emerenciana Lopez Martínez nunca estuvo para fastos, pero el próximo 6 de marzo, en la Casa de Cultura del municipio de Texcoco, será objeto de un homenaje merced a su trayectoria como Defensora de los Derechos Humanos durante el “Festival por las Mujeres”, evento para el cual está confirmado el concurso de la Premio Nobel de la Paz 1992, Rigoberta Menchú Tum, así como de la cantante Lila Downs, quien homenajeará a Chavela Vargas, además de la doctora Leila Ghannam, gobernadora de Ramallah y AlBireh, igual la periodista Sanjuana Martínez y Astrid Haddad, entre otras personalidades.

A “Doña Mere” se le recordará siempre con mucho respeto y con un gran cariño.

 

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