Y entonces una pareja avanza bajo el cobijo de una noche serena a la salida del CCMB y va cantando al unísono, en automático, aquella de “Vámonos”.
¿Así o más rosa el mexicano tono del rebozo de Lila Downs mientras se mueve en el escenario como maga-diva mientras recrea melodías tales como “Naila”, “Cama de piedra” o “Fallaste corazón”?
Dan ganas de invitar la otra ronda de mezcal y dejarse llevar por esa recreación de “Cruz de olvido” y en una de esas soltar en el inter a quien está cerca de ti en las butacas del CCMB: “querías marido”.
Y lo haces, lo dices a media voz, con franco gesto dirigido a nadie en particular y la gente cercana te devuelve con sonrisas el oportuno desplante.
Dan ganas de llorar y no amanece.
Lila Downs, la magnífica, brilla en el escenario del Centro Cultural Mexiquense Bicentenario (CCMB).
El esplendor de Lila Downs impera desde su fulgurante aparición en el escenario.
Su majestuoso vestido de vivos colores con sabor a Oaxaca es una indudable señal de que el alma del sureste mexicano primero y después de Veracruz y del noroeste del país recala en ese perfecto punto de encuentro que es su voz, su sentida interpretación gestual, su profunda mirada y esa bella hilera de dientes que brillan cada que Lila desata poco a poco una sonrisa de acero inoxidable, y luego congela en un paréntesis de eternidad.
Se conjuga el temple de su voz, la sintaxis de su cuerpo y la refulgencia de un rostro que reparte oleadas de emoción y sentimiento al respetable, ahí nada más para que se cale la naturaleza de esta magnífica maga-diva.
Y el primer corte es el profundo, a que sí.
Canta Lila Downs “Mezcalito”, así como para abrir boca y extrañar el limón con sal y chile piquín.
No te sabes la letra pero sus fans del Club “Una sangre”, de la fila cinco, casi te la cantan al oído y ni modo de no repetir alguna estrofa.
Pasas saliva y de pronto sientes que, en efecto, tienes sed: de mirarle, de escucharle, de seguir la intensidad de cada una de sus interpretaciones y aplaudes en la vorágine de la algarabía neta y derecha y concisa.
Una cascada de luz multicolor y de divina gracia va in crescendo mientras la maga oaxaqueña recrea “La cumbia del mole”. La porra libre se ánima y se levanta y va a un costado del escenario y arma el bailongo a todo tren.
La fiesta ya se armó y ningún discurso oficial es capaz de contenerla. El respetable repite y repite y le da volumen a su convicción: “Lila, Lila, Lila…”.
Y entonces la diva-maga retoma el micrófono y le pone la cereza al pastel y en el alma colectiva aún brilla el rosa mexicano y demás tonalidades de los rebozos del ajuar de Lila, y su voz y su felling y también la frescura de su sonrisa y entrega como artista de talla internacional.
Lila Downs, la magnífica, bien merece una fiesta.
Sales del CCMB con el ánimo en ristre y le dices a tu diva particular: “vamos a los de suadero y unos mezcalitos. La gracia de Lila lo amerita”. La mecha prende y miras con placer el tono condescendiente de tu diva particular.
Y entonces una pareja avanza bajo el cobijo de una noche serena a la salida del CCMB y va cantando al unísono, en automático, aquella de “Vámonos”.

