
¿Será tal vez que sobre la base del estereotipo de que los hombres somos, como dicen que somos, es que estamos fregados y no se espera de nosotros otra cosa que el, supuestamente, frío raciocinio y el deslinde propio de los viejos de antes, huraños y bigotones, incapaces de ternuras? Tal vez. No más falta que la modernidad nos haya brindado una palabra, “metrosexual”, para describir a esos varones capaces de sacarse la ceja, hacerse la manicura y pagar 500 pesos por un corte de pelo y unos “rayitos” -o el forzado abrillantamiento de la calva-; y no nos haya regalado otra para describir a esos otros hombres que piensan que la cosa más maravillosa del Mundo es haber sido padre; que besan o abrazan a sus hijos e hijas en público; comparten algún tipo de locura; y los miran precisamente como lo que son: El más preciado, anhelado, valioso y efímero tesoro que la vida nos ha dado.
Todo el fin de semana y desde el viernes, disfruté de unos días espléndidos, de auténtico agasajo, y no fue por lo que me hayan regalado (porque no me obsequiaron nada los muy “codos”, que conste), sino porque estuve con todos ellos, a ratos y de distintos modos, y eso fue mejor que cualquier objeto que hubiera podido recibir.
Porque el viernes fui a ver “Supermán” con María y Adolfo, Adriana se quedó enfurruñada lavando trastes, y aunque es un churro monumental, está “palomera” y disfrutable (sobre todo por la compañía).
Porque, aunque estaba invitada, María no fue al cine por estar estudiando; y me encanta verla, por primerísima vez en su vida a sus tiernas 17 primaveras, afanada entre números y fórmulas deseosa de sacar adelante física y mate. Por cierto, ¿para qué demonios nos sirven la física y las matemáticas? Me pregunto. Sobre todo ¿a quién diantres se le ocurrió esa cosa llamada “trigonometría”? ¿En que estaría pensando? Yo digo que ni novia (o novio) tenía o andaría por las mismas. ¿De qué platicarían? ¿De los precios del trigo? A eso se refiere, ¿verdad? ¿O de tangentes, secantes y cosecantes? ¿De senos? De los de quién, en todo caso.
Porque el “Gran Gatsby” nos reconcilia con las películas hechas a partir de novelas célebres, porque Leonardo Dicaprio se crece y es una deliciosa experiencia escuchar el alud de preguntas de Adolfo, en torno a todos los tópicos que la cinta esboza (y la novela profundiza): El poder transformador de los sueños, la fuerza del amor, la hipocresía de las élites (y su desprecio por la esencia para honrar solo la “forma” de las cosas), etc.
Porque el sábado leí unos párrafos de Germán Dehesa («Yo contra mí», se llama el texto), que me mojaron los ojitos, me invitaron a una reflexión sobre la familia y me reconciliaron con mi pasado; y que anexo a este escrito como modesto obsequio para mis treinta lectores y lectoras (tengo cabal noticia de que en Susupuato y Chucándiro se acaba de incrementar mi lista de lectores y lectoras en dos incautos).
Porque el domingo fui a jugar billar y dominó con Luis Abraham, compartimos unos tragos, unos Ruffles con Valentina y lo hice “garras” en los dos (3 a 1 en ambos, a mi favor ¿verdad que sí le partí su mandarina en gajos?) aunque él diga que no, le cueste trabajo admitirlo y le eche la culpa a su “pierna mala”.
Porque ese mismo día, por la tarde noche, fui con Adriana a comer costillitas y al cine, a ver “Cuatro Notas de Amor” y aunque no es lo que esperaba, la música es magnífica y el mensaje del filme inmejorable. Me encantan los viejos vitales, capaces de comerse el mundo a puños, llenos de experiencia y plenitud; pues, como ellos, creo que la vida es una maravillosa oportunidad para vivir cada día como si fuera el último.
Gracias a Dios por este fin de semana que empezó y terminó tan bien; y para los papás que me lean, un abrazo tardío, muy fuerte y solidario, porque sé muy bien lo que es ser padre y las latas (mínimas) y las alegrías (inconmensurables) que los hijos e hijas nos brindan.
