Abel Pérez Zamorano
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Nuestra sociedad se polariza peligrosamente; la brecha del ingreso se abre, escindiendo al país en dos extremos: en uno, un puñado de ricos dueños de casi todo. Pero todo fenómeno crea su contrario, y a un exceso en la concentración corresponde un excesivo empobrecimiento en el otro extremo social; y sí, la pobreza se extiende como lepra, y no sólo muerde a los ya pobres: la clase media sufre también una pérdida en sus ingresos y su capacidad de compra; ese sector, amortiguador de contradicciones, se está desgastando.
Desde la crisis de 2007, las remesas desde Estados Unidos han caído en un 38 por ciento; una tercera parte de los mexicanos vive en hacinamiento; la salud pública empeora; se extiende el desempleo y los salarios caen a niveles ínfimos; el servicio de transporte es pésimo. Asimismo, casi ocho millones de jóvenes no pueden estudiar en la universidad ni trabajar.
Mientras tanto, muchos gobernantes hacen mal uso de los recursos del erario, destinándolos a gastos suntuarios y obras faraónicas, o bien, a subsidiar a las grandes empresas. Los beneficiados por este orden de cosas son muy felices, sí; pero en el otro extremo sólo anidan el rencor y la amargura, y, como consecuencia, muchos miles de mexicanos pobres, sobre todo jóvenes, han optado por la violencia como solución: desde robo masivo de mercancías de supermercados o de camiones o trenes volcados, hasta la franca participación en actividades ilegales, ante una sociedad que les niega todo a través de los medios legales.
Frente a tal polarización, a mi ver, al Estado le quedan sólo dos opciones. La primera: escuchar a la gente y atender de manera pronta y expedita sus carencias, aunque ello merme un poco las ganancias de los corporativos empresariales. La más elemental sensatez política (no hablemos de humanismo, generosidad ni alguna otra virtud moral) aconseja escuchar, y no provocar mayor inconformidad en ese México dolido que sólo demanda atención y justicia; debe oírse a los millones de jóvenes que quieren estudiar; a los jefes de familia que piden un empleo bien remunerado; a los colonos que demandan agua para sus humildes barriadas, y los servicios que hacen la vida más llevadera; en fin, a los campesinos que necesitan apoyo para hacer productivas sus parcelas.
La segunda opción es proteger contra viento y marea a los grandes capitales, desechando para ello el reclamo popular; sofocar toda manifestación de inconformidad y castigar a sus líderes, acusándolos de “incitadores” de la protesta, ignorando las causas reales de ésta; incluye también azuzar el linchamiento mediático de los insumisos.
Pero, cuidado; no hay que jugar con fuego, pues éste puede ser el huevo de la serpiente; recordemos que de la crisis de 1929-1933 surgió el fascismo, supresión absoluta de libertades ciudadanas, como la de manifestación, reunión y expresión de las ideas, y una ruptura total del Estado de derecho.
La antes dicho se aplica exactamente a lo que hoy ocurren en el Estado de México, gobernado por el doctor en derecho Eruviel Ávila Villegas, donde a la justa petición de servicios por parte de pueblos y colonias, y la demanda de trabajadores del transporte de un espacio para laborar se ha respondido con el uso de la fuerza.
Los grupos de poder partidarios de la “mano dura”, usan desde el gobierno mismo del estado a voceros furibundos en algunos medios de prensa que sirven como boca de ganso, y a través de los cuales el gobierno airadamente se “autoexige” mano dura contra el Movimiento Antorchista Nacional y, personalmente, cárcel contra el Ingeniero Aquiles Córdova Morán, su fundador y guía. Poncio le pide a Pilatos que use prisión y garrote.
No es ésta una casualidad. Como decimos antes, el problema central en toda sociedad es la propiedad y la distribución de la riqueza, y frente a él, el Ingeniero Córdova Morán no ha dudado en proponer decididamente la distribución equitativa; más aún, ha encabezado durante más de 40 años ese reclamo, siempre dentro del marco de la ley, por más que sus adversarios digan lo contrario.
La organización por él fundada, con una membresía nacional superior a un millón de personas, es la más auténtica defensora de los intereses populares, y la única que ha logrado articular una estructura política nacional que los reivindique, y con resultados de progreso para los más desprotegidos; hay evidencia pública de una obra transformadora en el plano material y cultural, sobradamente conocida y agradecida por millones de mexicanos, que, como resultado de la gestoría y la lucha del Ingeniero Aquiles Córdova, han podido tener una vivienda, servicios públicos, escuelas y hospitales; cientos de comunidades campesinas han salido de su aislamiento, y, quizá lo más valioso: millones de mexicanos albergan hoy la certidumbre de que mejores niveles de bienestar social son factibles, gracias a la filosofía de progreso y de fraternidad inculcada por el líder de Antorcha Campesina. Esos millones de personas, educadas en la verdadera fraternidad humana, estarán siempre atentas y en ánimo solidario frente a cualquier maquinación gubernamental en contra de su cabeza; de eso no debe caber la menor duda.
Los voceros oficiosos del gobierno mexiquense en los medios y algunos sectores conservadores exigen también encarcelar al Biólogo Jesús Tolentino Román, dirigente de Antorcha en el Estado de México, y la causa no es un secreto: bajo su liderazgo, los habitantes pobres del populoso y marginado Chimalhuacán han venido superando su atraso, y haciendo de su municipio un modelo de desarrollo. Me consta, pues como académico he dedicado años a investigar toda la región oriente de la entidad, y de ello ha quedado evidencia publicada debidamente sustentada. Sobre esa base puedo afirmar que ningún presidente municipal de nuestros tiempos, en todo México, podría mostrar una obra transformadora y de justicia social tan trascendente.
En fin, sería muy grave que los gobernantes del Estado de México continúen impunemente en su línea agresora. Por esa vía no se resolverá el meollo del problema; sólo se retrasará su solución, y sí se agravarán las cosas; nunca el uso de la fuerza ha resuelto las necesidades sociales; el hambre no se calma a garrotazos. Sólo el respeto y la debida atención a las peticiones populares pueden crear un ambiente de armonía social.
México, D.F, a 26 de marzo de 2013

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