25 abril, 2026

Reporteros en Movimiento

Información sin censura

 

Jesús Tolentino Román Bojórquez

En una sociedad como la nuestra, donde la política y la ética se han divorciado por completo, es decir, donde la cara que dan los políticos cuando son candidatos, es una (ofrecen el oro y el moro a los electores para captar el voto popular) y cuando ya son gobernantes, es otra (la cara que se olvida de sus promesas, para burlarse y hasta irritarse contra sus otrora apoyadores) es una clara evidencia de la profunda degradación moral en la que incurren nuestros gobernantes de todos los partidos políticos, salvo honrosas excepciones que, como siempre, confirman la regla.

Esta conducta cínica y hasta cierto punto perversa de engañar con premeditación, alevosía y ventaja a un electorado que, en su mayoría carece de educación política y sobre todo carece de organización propia e independiente para hacer valer las promesas de campaña, su derecho a una vida más digna, es particularmente alevosa y repugnante cuando dichas triquiñuelas se cometen en perjuicio de los más débiles entre los débiles de las mayorías empobrecidas del país: las numerosas etnias indígenas.

El tema viene a cuento, porque la historia se repite una vez más, como todos los años, en agravio de los grupos otomíes, matlazincas y mayoritariamente mazahuas, ubicados estos últimos en el norte del Estado de México. En efecto, a estos antiguos mexicanos que poblaron antes que nadie los territorios que ocupaban, todos sabemos que fueron desalojados de sus tierras más fértiles por los conquistadores españoles, a punta de pistola, a sangre y fuego, dejándolos literalmente aventados en las peores y más pequeñas porciones de tierra ubicadas en los cerros y en las cañadas, en donde sólo es posible la siembra de temporal, es decir, siempre atenidos a que la temporada de lluvias pueda ser buena, esperanza que cada año se torna más incierta debido a las sequías que ocasiona el llamado cambio climático. Y en los últimos años, no sólo la falta de lluvia ha echado a perder las cosechas de papa, frijol y principalmente maíz (que estos pequeños campesinos utilizan para el autoconsumo, para el alimento de sus familias), sino que se han hecho más frecuentes las heladas, de tal manera que las enfermedades ligadas al hambre se han vuelto más frecuentes: la anemia, la desnutrición y, en los casos más graves, la muerte por inanición. Esto mismo lo observa cualquier persona mínimamente atenta cuando se acerca a dichas comunidades, donde menudea la gente de muy bajo peso y pequeña estatura. Una verdadera vergüenza nacional, más aún cuando los políticos tradicionales utilizan, literalmente a esta pobre gente, sólo como carne de urna y para las fotos “de color” para fingir que se dan baños de pueblo.

Consiguientemente, el Movimiento Antorchista que surgió a la palestra política hace 39 años, para trabajar y luchar contra la pobreza en México, por supuesto que manifiesta su más enérgico desacuerdo con el trato utilitarista e inhumano que le dan los políticos tradicionales a nuestros indígenas; por ello, desde hace cinco años hemos levantado la bandera ante las autoridades del Gobierno del Estado de México, para que se apoye con fertilizante subsidiado al 50 por ciento a los campesinos más pobres, lucha que en los primeros tres años tuvo eco en la autoridad estatal pero que, en los últimos dos años, la actual administración gubernamental busca escamotear, entorpecer y en suma negar tan sentida demanda, como si nuestros indígenas fueran unos viles limosneros, que abusivamente pretenden vivir del erario, lo cual se evidencia en las decenas de gestiones y entrevistas que se hacen con funcionarios, incluso de alto nivel, que siempre le buscan peros a la demanda y, cuando ya parece que estamos de acuerdo, se echan para atrás con la mayor frescura y desfachatez de que son capaces (total, esos señores trabajadores y de lujosas oficinas, ni ellos ni sus familiares jamás sufren de hambre).

Pero cuán equivocados están esos funcionarios. Primero, porque por ley le toca al gobierno atender las necesidades del pueblo; y si no pueden o no quieren, pues que renuncien; segundo, porque el presupuesto que manejan no sale de los bolsillos de los gobernantes, sino de los impuestos que el pueblo paga y del petróleo, que se dice es de los mexicanos; tercero, porque se trata de poner al campesino a producir, a trabajar, es decir, si el labriego    pobre tuviera dinero para invertir él sólo, en el fertilizante, seguramente que lo haría y no pediría subsidio ya que está acostumbrado a ganarse el pan de cada día con el sudor de su frente (y además, por su cultura ancestral, es un hombre digno y con orgullo del bueno); cuarto, porque la cantidad que piden es minúscula si lo comparamos con el presupuesto anual del gobierno estatal (representa tan sólo el 0.00027 por ciento); quinto, porque se trata de un compromiso firmado en campaña, ante notario público, del señor Gobernador ; sexto, porque el llamado robo famélico (robo por hambre) está creciendo en el país a pasos agigantados; y séptimo, porque además de orillar a los campesinos a delinquir por simple instinto de sobrevivencia, dejarlos ociosos tiene otras consecuencias más graves y profundas aún: el individuo que no trabaja ya no se realiza, ya no crea, ya no ejercita ni su mente ni su cuerpo, en suma, es un muerto en vida que además contagia a su familia y al núcleo social que lo rodea.

Pregunto: ¿escucharán estas razones nuestras autoridades, o bien, su sensibilidad y alejamiento del pueblo son tan grandes que ya no oyen? Quién sabe. Lo que sí sabemos los antorchistas, es que nadie hará por el pueblo lo que el pueblo no haga por sí mismo; por tanto, aunque parezca disco rayado, volvemos a insistir en que la verdadera solución estriba en que el pueblo abra los ojos, en que piense y entienda que sólo haciendo valer su número, que suma a millones de mexicanos pobres, de manera organizada y dirigido por líderes honestos y bien preparados, podremos juntos y en lucha permanente, triunfar en ésta y en todas las luchas que el futuro nos depare. Educarse, organizarse y luchar con el Movimiento Antorchista, esa es la tarea. Sólo así regresaremos a los tiempos aristotélicos de poner en consonancia la política con ética.

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