22 abril, 2026

Reporteros en Movimiento

Información sin censura

Imagen de Luis Villegas          No vaya a pensar mi apreciada lectora, mi estimado lector, que ando errado por casi un mes y apenas ahora me acuerdo del festejo del 12 de diciembre pasado. Huelga decir que tampoco estoy imbuido de un tardío y desnochado espíritu guadalupano; en lo absoluto. Ocurre simplemente que yo tuve dos maestras que se llamaban “Guadalupe” y como es el uso en México, a las dos les decíamos, de cariño, “Lupita”. Una me dio clases en segundo de primaria; la otra, en sexto. No podían ser más diferentes las dos. Una era algo así como medio malhecha; todo al tuntún: Su facha, su hacer, su decir, sus clases. La otra era una gota de agua; lucía impecable siempre, dentro y fuera del aula; y en su labor docente, ¿qué puedo decir? Fue la mejor maestra que tuve jamás.

 

Claro que mi parecer es parcial; porque “la otra Lupita”, la segunda,  tenía lo que para mí, en ese entonces, era un pedacito de cielo aquí en la tierra: Una biblioteca; pero biblioteca en forma, donde las hileras de libros cubrían varios metros cuadrados de pared. Parecía increíble y lo fue. Yo ni siquiera era joven en ese entonces, era un niño apenas, pero ahí, entre esos muros, aprendí todo lo que tenía que aprender en mi tarea de aprender todo lo que aprendí después: Ahí aprendí a leer, a pensar, a razonar y a reflexionar sobre lo leído; ahí aprendí a interrogarme a mí y a interrogar a los libros (aunque Sócrates afirmara que no se puede); ahí aprendí a amar las letras, a amarlas de veras, no solo a contemplarlas con cierto interés o una leve indiferencia. Lo verdaderamente importante no lo aprendí en la escuela, lo aprendí afuera, en casa de la maestra Lupita; la segunda, la definitiva. Han pasado muchos años, todos, pero mi deslumbramiento continúa ahí, intacto.

 

A una la recuerdo con divertida nostalgia, nada más. A la otra, con gratitud y afecto indeclinables. Literalmente, como un parteaguas en mi vida porque a partir de ahí, soñé, creí, pensé y anhelé cosas que de otro modo no habría podido ni siquiera imaginar. No se vaya a confundir el lector, en mi casa, mi mamá me dio una educación de la que no me puedo quejar -en todo caso la que se puede quejar es ella-; entre ella y Patty, mi hermana, pusieron los medios que estaban a su alcance para que yo satisficiera algunos de mis insólitos gustos: Como ir a ver al Teatro de los Héroes a Alberto Cortés o a Nacha Guevara a una edad en la que perfectamente podría estar picándome la nariz embobado con la televisión. Lo que también hice, por cierto, con suma satisfacción de mi parte. Pero descubrir ese refugio fue determinante en mi vida.

 

Me acuerdo que una vez, las maestras se pelearon por mí. No voy a decir que fui un “casus belli”, básicamente porque no lo fui; pero lo cierto es que sí, fui motivo de disputa pues una me quería para un bailable (sí, tal y como lo lee) y la otra para una obra de teatro. Yo quería la obra pero no era mi grupo; claro que ya cuando me vi vestido con un atuendo verde limón y unas mallas blancas que cubrían mis piernas escuálidas (con unas pantuflas cafés que me quedaban grandes), caracterizando a un personaje en un entremés de Lope de Vega, empecé a dudar de lo afortunado de mi selección, pero vale, no me quedó más remedio que apechugar y apechugué (por única vez anhelé un sombrero “arriscado” con un paliacate colorado). Recuerdo las horas que desgrané recitando trabalenguas con un lápiz atascado entre los dientes, para mejorar mi dicción: “Tes tistes tgres tagaban tigo…”.

 

Las “Lupitas” vienen a cuento porque aunque las dos compartían el nombre, eran mujeres, maestras de primaria, empleadas de gobierno, compañeras en la misma escuela, casi de la misma edad, etc. no podían ser más desemejantes, más distintas, más diferentes. Ninguna de sus similitudes servirían para acortar, aunque fuera un ápice, la distancia insalvable entre una y otra. La pasión, vocación, talento, disposición, cultura y entrega de una, constituían un abismo que las distanciaba sin posibilidad de arreglo.

 

Desde entonces, he sido un testigo recurrente de ese fenómeno: No basta ser abogado, médico, albañil, empresario o político… para garantizar el desempeño óptimo del modo que uno eligió para ganarse la vida. No existe, per se, actividad alguna que garantice la aptitud de su hacedor. Aunque similares por fuera, de ademanes parecidos o gestos y poses idénticos, es finalmente el fruto de los actos de cada uno lo que lo distingue y caracteriza. Sí, tal y como reza el Evangelio: “Por los frutos los conoceréis” (Mateo 7.16). No bastan la imagen impecable que la televisión nos muestre o el silencio cómplice empeñado en someter la fuerza inocultable de los hechos.

 

No obstante, en ocasiones, nos negamos a realizar ese ejercicio mínimo de reflexión o análisis para entender -y comprender- el Mundo que nos circunda. La televisión, los medios escritos, el Internet, nos abruman con un sinfín de información que pareciera -solo pareciera-, enterarnos, ilustrarnos, enriquecernos; pero no, solo no satura, nos ahoga y, por ende, cumple exactamente con el propósito opuesto de aquel que pareciera alentarlo. No; no es responsabilidad de los medios ni de los comunicadores, ellos juegan un papel y, al final de cuentas, son congruentes con su cometido.

 

Informarnos es tarea nuestra. Los medios son solo un vehículo. Y como tales, ni buenos ni malos; ni mejores o peores; instrumentos, herramientas, utensilios, como son, de nosotros depende el uso, bueno o malo, que hagamos de ellos. Descartar aquello de lo que podemos prescindir para centrarnos, ocupándonos, en aquello otro que verdaderamente nos hará mejores, es un deber inexcusable.

 

Pero no vamos conseguirlo si no nos esforzamos. Si no leemos –o escuchamos- cada palabra con atenta concentración y luego ponemos en marcha nuestra razón, nuestros conocimientos, nuestra experiencia, para filtrar la “información” falsa, dudosa, cuestionable, inverosímil, gratuita u ociosa. No son los nombres de los objetos los que determinan su esencia (ni nosotros tampoco). No son los hechos, puestos en negro y blanco sobre el papel o las imágenes que la televisión transmite, los que construyen la realidad ni le brindan sustancia a las cosas.

 

México es un Paraíso de inequidad, de desigualdad, de corrupción, de gobiernos venales, básicamente porque, por décadas, los ciudadanos nos hemos negado a ver la realidad con los ojos propios de la razón, empeñados en verla con los ojos prestados de la opinión pública, de la propaganda gubernamental, de las grandes cadenas televisivas o los consorcios informativos. El camino para alcanzar un México mejor pasa, necesariamente, por la escuela; la reforma al sistema educativo y una auténtica transformación del personal docente; por lo pronto, ¿qué podemos esperar de nuestros profes si su líder es una analfabeta funcional y, para colmo, un pozo de mentiras y corrupción?

 

Luis Villegas Montes.

luvimo6608@gmail.com, luvimo66_@hotmail.com

Descubre más desde Reporteros en Movimiento

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo