La mujer rompecabezas… así pasó…
January 23, 2013 by miguelggalicia

Era una mujer de mil puertas e igual número de ventanas; un rompecabezas de mil piezas. Como es difícil imaginarla, diré que al verla, recordaba esos pequeños juegos infantiles que venden en los mercados, en los que uno debe acomodar números en diversas alineaciones: de arriba a abajo, de izquierda a derecha. Nos conocimos debajo de un cedro gigantesco, que pintaba nubes, donde nos guarecimos de una tormenta ácida; allí nos enamoramos sin darnos cuenta, sólo al tocar nuestros pechos, y reconocernos en nuestras respiraciones. Después de esa tarde-noche, ella me compartió sus llaves y con ellas sus secretos más profundos. El tiempo pasó, nos visitábamos con la mente, y ahí la amaba, entre los pliegues de mis sueños. Todo marchaba bien entre ambos, sin embargo, sin quererlo revolví las llaves. y perdí la combinación de su figura; si bien realicé mi mejor esfuerzo para armarla correctamente, la dejé al revés volteada, como óleo picassiano; lejos de odiarme, me amó un poco más porque se enamoró de su nuevo aspecto. “Así será más fácil amarnos”, dijo y nos fundimos en un beso que aún no termina… así pasó…
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Una familia de Tiranosaurios Rex… así pasó…
January 23, 2013 by miguelggalicia
—I—
Tengo tres críos: Mateo, Sofía y Baruch. El primero que menciono es el menor, y desde que supo qué eran esos animales gigantescos de aspecto temible, decidió ser un Dinosaurio; el chico se ha tomado muy en serio su papel —y eso a los tres años de edad es una bendición—, por eso y muchas otras cosas más lo amo, igual a que a mis otros dos hijos. Sin embargo he de decir que Mateo tiene una debilidad tremenda por chuparse los dedos, tanta que incluso su dentista nos ha sugerido que le metamos en su boquita de “Tiranosaurio Rex/Come Carne” (Mateo dixit), un “aparato” de tortura moderna, para que deje de aplanárselos, y que sus lindas yemas y uñas de carátula de reloj antiguo, regresen a su estado normal (¿?), amén de advertir sobre las consabidas lesiones de corto y largo plazo le dejara el seguir con tal hábito.
Yo me resisto lo más que puedo, pues sé que el doctor, tiene razón, pero declino cuando veo sus ojos grandes que miran maravillas a cada instante; es más, su madre y yo, jugamos a que lo regañamos para que no siga, pero como papás con corazón de pollo que soy/somos, nos hacemos que no vemos y guardamos la reprimenda para mejor ocasión.
Mateo gusta de correr a todo lo que da entre la sala y la cocina, sale al patio, cuando andamos por la calles sigue corriendo, y con aspecto feroz asusta a todo aquel que se atraviesa en su camino, a lo que se mueve: Tengo que reconocer que mi chiquito depredador es demócrata: asusta a todo ya todos sin distinción: perros y gatos, y autos y bicicleteros y pájaros mototaxiteros, pero ama espantar, sobre todas las cosas, a los humanos, con su grito de batalla:¡grrrrrrrrrrrrrrooooooooarrrrrrrrr! ¡grrrrrrrrrrrrrrroaaaaaaaaaaaaaaaaaaaar!
Cuando lo escucho no tengo más remedio que convertirme en papá Tiranosaurio Rex y lo acompaño: ¿Quienes somos?, pregunto con voz de saurio. “¡Somos Dinosaurios!”, responde él, “¿Y qué somos?, digo; “¡Somos carnívoros!”, dice. ¿Y qué comemos?… “¡Hierba!” (¿¿¿¡¡¡¡¡!!!!!!????)”, debo decir que somos vegetarianos… o algo así.
—II—
Un día encontré a mi hijo Tiranosaurio escondido en su cueva, que para fines prácticos diré que se ubica ubicada entre dos sillones en la sala. Me dijo que lo habían herido, él tiritaba de frío, había perdido mucha sangre, por su piel nuevita, se le escapaba la vida. Por la descripción que hizo de sus atacantes, supuse que habían llegado cavernícolas; esa especie que pronto nos mataría a todos y dominaría este mundo. Como pude lo curé y le enseñé que debía cuidarse de esos seres, despiadados.
Al explicarle lo que sucedía, abrió sus gigantescos ojos, y me miró como sólo él puede hacerlo. Supe que había entendido. Es vez corrimos juntos por las praderas de ese su mundo, al que me invita siempre que puede.
—III—
Al otro día, ya recuperado, lo hallé sobre una roca y se chupaba sus dedos, pero ahora había adoptado una nueva manera de proveerse placer —creo que chuparse las yemas, le produce eso—: rozaba de manera delicada su uña obre la punta de su labio superior. Como siempre, estuve a punto de ordenarle que dejara de hacerlo, pero me dijo: “papá, ¿me prestas tus dedos?”. Accedí e hizo lo mismo, acariciaba con mi uña, su labio…
—IV—
Un día después me dijo que había encontrado a unos cavernícolas y que se había defendido lo más que pudo. Lucía apesadumbrado, triste, pero con un brillo diferente en su mirada. Lo apapaché y me dijo cuánto me quería. Sonreí pues es de todos sabido que los Tiranosaurios Rex, no somos muy afectos a demostrar amor entre nosotros.
—V—
Reconozco que hay ocasiones en que no me apetece jugar con él, porque ser Papá Tiranosaurio Rex es un trabajo harto complejo y demandante; por eso es que él empezó a deambular sólo, y a salir de cacería. Hace poco me relató su experiencia con los cavernícolas. “Es qué me los comí papá”, y empezó a llorar. Lo consolé como sólo entre los Tiranosaurios Rex podemos hacerlo: con besos y caricias en la nuca, con resoplidos suaves, y palmaditas con nuestras manecitas de Tiranosaurios.
—VI—
Ayer, lo vi, más contento que otros días, le pregunté que cómo estaba, respondió sin pensarlo: “Bien papá, mira cacé a más cavernícolas, y les arranqué los dedos…” Me los enseñó todos; eran muchísimos, todos diferentes, y con ellos acariciaba su labio superior, y otros los chupaba como si fueran caramelos de carne y sangre. Estuve a punto de reprenderlo, de decirle que eso no se hacía, que los dedos de los hombres son sucios, que si seguía así tendríamos que llevarlo con su dentista para ponerle ese mentado “protector”… pero desistí, al ver cómo los alineaba dedo tras dedo, en una fila interminable… los ojos se me aguaron, y pensé: mi pequeño Tiranosaurio Rex está creciendo… así pasó…

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