lasangredelpapel Historias y pesadillas de patas cortas y alas con escamas

Higinio, el mejor portero del mundo…

January 10, 2013 by miguelggalicia

MIGUEL GALICIA

Higinio era el mejor portero del mundo, o al menos el papá de Ubaldo Matildo el Pato Fillol, aquel portero campeón con la selección Argentina en su mundial en 1978, o eso decía él, y nosotros le creíamos. Tan es así que un día, unos chavos de la calle 19 lo vieron jugar en la portería, y se lo quisieron llevar a jugar con ellos. Estábamos de vacaciones pues se acercaba la navidad. Esa tarde cuando le hicieron el ofrecimiento, y él nos lo contó, nosotros, los de la 17, le miramos con desconfianza, al principio, y luego con enojo, porque nos confesó que lo estaba pensando.

 

— ¿Neta te vas a ir a jugar con ellos? —preguntó El Chita, quien tenía aspecto fiero y daba mucho miedo cuando miraba desde el fondo de sus ojos amarillentos.

 

— Naaa, cómo creen, pero si quieren que siga jugando con ustedes, me tienen que dar doble refresco —lo dijo con tal confianza y con un dejo de advertencia, que aceptamos. Sabíamos que era una estrella, así que cada que ganábamos un partido, le dábamos un extra, además en tiempos como esos, la llegada del Niño Dios ablandaba el corazón de cualquiera.

 

Higinio era pelón, flaco como lombriz, tenía piernas de trapo, pero unas manos que ya quisieran muchos atajapenales de los mejores clubes del mundo, ningún balón podía traspasar su portería; tenía también mugre como muchos de nosotros y una mirada dulce, quizás demasiado para alguien que ha tenido una vida como la de él.

 

Las calles polvorientas de esa colonia, recientemente estrenada como ciudad perdida, ofrecían el mejor escenario para quienes gustábamos de sobrevivir entre basurales, montañas de tierra, desperdicios y romper piñatas de barro en las noches con sabor a ponche y limas y mandarinas y jícamas…

 

Si la maestra Élida nos había dicho que México era el patio trasero de Estados Unidos, en los años setenta, Netzahualcóyotl, era el patio trasero de la ciudad de México; lugar donde las empresas iban a tirar las llantas inservibles y sus deshechos y los perros muertos y los químicos y los camiones que no llegaban al Bordo de Xochiaca.

 

En esa época de fin de año, el Coyote hambriento se saciaba con la podredumbre de una ciudad capital, que, a unas cuantas calles de ahí, vomitaba toneladas de basura incansablemente; ciudad monstruo que amenazaba, a todos, con devorarnos en cualquier descuido.

 

Por eso nos divertíamos a la primera provocación, y a través del juego, sin saberlo, tratábamos de alejarnos de las caguamas, las bolsitas con resistol, de los lodazales, de las coladeras inservibles, de las inundaciones en verano, de la marihuana, del robo, de las ratas que danzaban sobre nuestras conciencias cuando dormíamos.

 

Jugábamos todos los días, con la esperanza de ser un día craks del futbol, pero eso a Higinio a esas alturas de su partido personal, le valía madres —aunque sabíamos que él también había deseado lo mismo un día—. Él deseaba que el año terminara, pues le decía su mamá que pronto lo llevaría a un hospital de primera clase, para que lo operaran y lo dejaran como antes, no, qué como antes, como nuevo, ¡qué caray!

 

— Cuando sea grande voy a subirme a un avión y volando me iré lejos, lejos, —decía mientras acariciaba el peto de su pantalón de mezclilla, y sin decirlo sabía que no volvería, ni en navidad, ni año nuevo ni en semana santa, ni nunca.

 

— Claro, y yo te voy a acompañar, —complementaba El Quique, amigo suyo de aspecto inofensivo, que invariablemente lo buscaba como el perrillo aquel caricaturesco que todo el tiempo le lame, literalmente, a su compa, el buldog.

 

— Naaaaaa, y yo para qué te quiero si voy a viajar solo.

 

El desaliento parecía que haría llorar a Quique, sin embargo, éste apretaba por un instante la mandíbula y lo mandaba a la chingada.

 

— Pues entonces chingatumadre, —y le sorrajaba un coco y echaba a correr, riéndose como poseído.

 

Higinio jugaba muy bien, pero no le gustaba correr. Decía que cuando alguien deseaba lastimarlo, como El Quique, él simplemente cerraba su entendimiento y abría los ojos tanto como podía, yéndose a cualquier parte. Nosotros sabíamos lo que pasaba y guardábamos un silencio respetuoso. Así es, nunca fue tras su maldoso cuate.

 

Mi mamá me había contado que niños como Higinio morían jóvenes, que no sabía por qué, pero lo sabía, su mamá y su abuela y su bisabuela se lo habían contado y no tenía porque no creerlo. Así que esa era una verdad irrefutable. Entonces a fuerza de repetición supe que Higinio moriría antes de hacerse viejo; será por eso que lo tomé por mi hermano y quise protegerlo, pero cuando él se dio cuenta de eso, también me mandó a la chingada. Yo no tuve más remedio que cuidarlo de lejos, porque si me descubría, me arrojaba piedras, y mira que ese Higinio era bueno con la resortera. Las tórtolas que pasaron a mejor vida, gracias a su puntería, daban fe de ello.

 

La mamá de Higinio era muy guapa y trabajaba de noche, él decía que era enfermera, pero mi mamá decía que era cabaretera en la Merced. Luego de mucho insistirle, Higinio nos contó algo de su historia, que habían llegado apenas un año antes, de Puebla, una ciudad que estaba muy lejos, y nos contaba cómo de más pequeño, le gustaba visitar sus iglesias que era muchas y que diario iba y venía caminando, hasta que enfermó y tuvo que estar en cama mucho tiempo. Luego regresó, y aunque se tardaba más, lo tomó con serenidad: “Así, despacito, disfruto más el paseo”, decía con nostalgia.

 

Como siempre andaba solo, iba a las posadas de las iglesias cercanas a su casa. Como podía le pegaba a la piñata y también se aventaba por las colaciones y las frutas. Pero el fin de año anterior llegaron a esta colonia y él odió a su mamá. Mi madre aseguraba que era la querida de un señor que la trajo con todo y chamaco, pero cuando éste enfermó, aquel desapareció… Ella trató de consolar a Higinio, pero no lo consiguió.

 

De la noche a la mañana enfermó y lo llevaron a la Cruz Roja de La Perla, no es de primera clase, pero su mamá le dijo a la mía que harían lo posible por tratarlo de una recaída.

 

Nadie supo que pasó, sólo nos dijeron a los de la 17 que el mal de Higinio había avanzado demasiado rápido y que se había muerto, así nomás, que se fue durmiendo poco a poco. Lo enterraron con sus muletas, o mejor dicho con sus palos, armado por él mismo y que usaba para apoyarse y poder caminar. Nunca quise verlo dentro de esa caja vieja, que parecía de segundo uso, además yo creo que él no estaba ahí… prefiero imaginar que se salió del hospital y corrió tanto como se lo permitieron sus maltrechas piernas de hilacho, y se subió a un avión y se fue volando lejos, lejos…

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