3 junio, 2026

Reporteros en Movimiento

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Tengo un gato, lo traje en mi último viaje a Cuba, no me pregunten cómo lo traje a casa, sólo diré que nadamos hasta Veracruz, pero eso es una anécdota que no vale la pena contar ahora. Contaré en cambio que lo hallé en Línea y 4, en El Vedado, que me habló con su único ojo sano y ya no me soltó, vivió conmigo 20 años, que en calendario gatuno es una eternidad, y que lo extraño como un Papá Gato.

Hermoso como era, me llamó guarecido en el regazo de su dueña, una mujer de piel de noche, vestida a la usanza de los primeros esclavos de La Habana. Su vaticinio me cimbró: “Nadie sobrevivirá en el barco de aquí a Veracruz”.

La conexión se dio de una manera que aún no logro entender. Movió su cola y metió debajo de mi cuero cabelludo una idea cuyas esporas yacen latentes, como fieras que aguardan el momento preciso para tomar mi mente en su poder y sacudirse ese maleficio que, me aseguró entonces, pendía sobre su vida.

Un hombre altísimo se me acercó con aires de cuate, como camarada de vieja guardia y me estrechó la mano, que no negué. Yo, con mi alzheimer expuesto, sonreí y repetí como quien no quiere la cosa: ¡Quioboláh!. Él, respondió con un ¡quiobolah! más intenso, y me preguntó si me había gustado el gato, claro, respondí sin pensarlo como si no supiera que soy alérgico a los felinos, y que siempre he desconfiado de esos animales porque me molesta sobremanera que sean más inteligentes que uno, más astutos que muchos y que lejos de ser tu mascota, ellos terminan siendo tus dueños.

Acto seguido fue directo a la mujer que movía las manos nerviosas, escondida detrás de una fumarola producida por un gran habano, que a decir verdad, me gustó más que el Gato, y se lo arrebató.

Negro, de pelambre fino, el animal tenía uno ojo inmenso, donde se podía ver el futuro, patas poderosas y un ronroneo, que me dijo el hombre gigante, podría arrullar al mismísimo Fidel Castro hasta provocarle la muerte por sueños inconclusos.

Me lo puso en las manos y echó a correr, riendo como imbécil y manoteando como niño desquiciado, agitando los brazos y las piernas como las caricaturas. La mujer, pareció no darse cuenta de la sustracción y siguió fumando.

De una pieza quedé. Mirando su figura maltrecha por el hambre y la loquera perderse hacia el Malecón. El Gato se sintió feliz, así lo hizo saber al lamer mis riñones, acción que hizo con tal gracia que me despertó la ternura de mis 15 años recién cumplidos. Supe que estaba perdido, amar a un Gato como ese es peor que perderse entre las piernas de una puta. Nunca vuelves a tus cabales.

En ese momento me dijo, vía telepatía nivel 3 —algo en lo que tampoco ahondaré para ahorrar tiempo con nimiedades—, que él sería mi amo y yo sería su señor. ¿Qué?, no, eso no puede ser, yo no puedo tener una relación con un gato-oráculo, como tú, que lee la mente, predice el porvenir, y que seguro toma Cuba libre con Ron Havana blanco; yo me debo a mí mismo, a mi juventud, desmecatada, a mis excesos, a esta sensación de tener sexo con todas las cubanas que pueda, hasta que el pene me odie por cabróncogelón; a todo eso que vine a hacer a Cuba: dejarme transformar, trastocar, espiar, caminarla, recorrerla, olerla, palparla, comerla, lamberla, odiarla, bailarla, soñarla, nombrarla, sufrirla, escupirla, amarla, sobarla, compartirla; para después, recordarla, añorarla, desmembrarla, necesitarla, pensarla, remembrarla, renombrarla, putearla, y en mi memoria esculpirla en su densa cubanía…

El gato sonrió irónico y chupó sus genitales, alzando su pata de seis garras. Me miró con su ojo sano y echó a correr hacia una nube de polvo que dejaba una guagua, que debía hacer parada en el Barrio Chino.

Hacia allá eché a andar, no obstante corrí como atleta de alto rendimiento, no alcancé a subir al camión de origen coreano y me detuve frente a un cementerio de trenes; máquinas renovadas, hechizas, retocadas, en sus más recónditos hierros, fecundos de salitre y herrumbre, para ser enviadas después a alguna provincia de la isla.

En el trayecto me di cuenta de que debía rasurarme. El pelo en mi cara me cubría las facciones, dándome un aspecto delincuencial que podría alejar a las jineteras, que me habían dicho antes de partir de casa, aman la limpieza… Me dirigí hacia un lugar para comprar un rastrillo de origen desconocido por unos cuantos cuc’s… La noche cayó sin prisa… llovía.

***

El reloj mentía. Yo apenas recordaba que hubiese pegado la oreja a la almohada, así lo decía mi cansancio, que me torturaba con un taladro de acero candente en la nuca. Frente a mí estaba él, en el descanso de la ventana, abierta de par en par, sentado sobre, junto a las macetas huérfanas. Me miraba con sus ojos, uno muerto, blanquecino, acuoso. Me percaté de lo que uno puede descubrir un día nublado en Cuba, junto a una mujer hermosa, y en el ojo inerte de un gato-oráculo: Figuras milimétricas pasaban en ráfagas, como un listón de imágenes, proyectadas en mi cerebro.

Lo veía sin poder parpadear, hipnotizado por las maravillas que se me revelaban: Muchas postales de otros mundos, desgracias de este y otros mundos. Guerras, muertos, catástrofes, incesantes alaridos, rostros descarnados, bombas. Temblaba como un niño, cuando la mujer a mi lado se levantó y me sacudió para que le pagara lo convenido. Así lo hice, y antes de levantarse su aliento de otoño me sacó de ese marasmo.

— ¡Eres el Diablo! —dijo contoneándose, dejando ver sus cúspides de musgo virgen y me besó.

Tomó su dinero y antes de salir acarició al gato. Juro que yo pude sentir sus dedos de seda sobre mi espalda cuando hizo aquello, que no está de más decirlo, me estremeció de nuevo.

Le pedí que no se fuera, y hasta le prometí pagarle el doble, pero no me escuchó, me explicó que ya la esperaban en casa. Sonrió coqueta, alisó un mechón rebelde de su frente y desapareció para siempre. Sentí nostalgia de su piel, de su coño trémulo, pero me resigné repitiendo siete veces: tengo al gato, tengo al gato, tengo al gato, tengo al gato, tengo al gato, tengo al gato, tengo al gato…

***

Caminé todo el día por San Lázaro y llegué a Prados, saqué mi libreta de apuntes y el gato habló: morirás hoy en la noche, advirtió. Es imposible que hagas nada más, pero no morirás del todo… ¡Puta madre!, no quiero morir en este lugar, le reclamé, ¿no habría manera de que me des chance de llegar a casa? Negó con la cabeza redonda, peluda y lloró en silencio.

***

Antes de que sigas con la lectura he de pedirte una disculpa pues mentí sobre algo que dije al principio, nunca me llevé a ningún gato a casa, ni vivió conmigo por 20 años, y menos llegué nadando a Veracruz,. Sin embargo he decir en mi descargo que la historia termina con esta imagen que al menos a mí me gusta mucho contar: Sucedió el 19 de septiembre de 2009. Previo a terminar la cena pedí una Bucanero helada, la cerveza oscura cubana por excelencia, y que siempre me ha gustado; paladeé cada trago de las otras seis que bebí. Leí una biografía sobre un boxeador habanero apodado El Chocolate, quien fue un ídolo en el país caribeño, fue campeón y sobrevivió de una historia que lo había condenado desde su nacimiento, a la pobreza y la mediocridad. Leí al ritmo que me permitía una cajetilla de Popular, fumados sin tregua, durante una tarde, y escribí, sin descanso, esta historia que hoy tú tienes en tus manos. Una bala perdida me lamió un ojo, dejándome tuerto al instante. El gato-oráculo lamía mis riñones por enésima vez, produciéndome erecciones incontrolables que disimulaba con el mantel; yo lo acariciaba cuando sentí que sus músculos y huesos se desinflaban (la expresión es correcta, literal), su piel perdió su textura aterciopelada y se me extinguió en el regazo, ensuciándome un poco con un polvillo que se llevó el aire de octubre, que, cabe decirlo, me susurró: “Eres el Diablo”. Por si alguien se lo preguntaba, diré que nunca me pude rasurar, no tenía caso… Luego de la última calada, bajé de la mesa y me fui ronroneando hacia Línea y 4, sí, en El Vedado, a buscar a una mujer de piel de noche que ya me esperaba…

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