El organillo llegó cuando aún Porfirio Díaz, estaba en la silla presidencial; resistió la Revolución Mexicana, la Guerra Cristera, el movimiento estudiantil del 68, las crisis económicas sexenales y las nuevas tecnologías, pero lo que no va a resistir en la indiferencia de la ciudadanía que ya no coopera para que las familias de organilleros sobrevivan.Ahí están, en la esquina, plazas públicas, mercados o fiestas. El organillero se resiste a morir, después que llegó a México en 1880, procedente de Alemania, como moda porfiriana, como novedad para la clase burguesa de aquella época.
Óscar González López, cilíndrelo por vocación e historiador por obligación, estableció que en el país solo quedan 30 organillos que aún se pueden escuchar en los centros históricos y plazas municipales.
González recordó que en 1904, a don Porfirio Díaz le regalaron un organillo traído desde Alemania, para amenizar una de sus faustosas reuniones en el Castillo de Chapultepec.
Desde entonces fue moda para las clases altas de esta etapa de la sociedad mexicana.
Sin embargo, la Revolución Mexicana llegó y se prohibió que se tocara el organillo en la vía pública.
Los primeros organillos eran de la casa alemana Wagner y Levien y la costumbre era rentarlos para conseguir un ingreso a las familias que salían a las calles para ofrecer música.
En 1930 eran 250 organillos en todo el país, cuyo propietario era conocido como Pomposo Ganoa, pero ahora su nieta solo conserva 13 para rentar.
En 1975 se organizó la Unión de Organilleros del Distrito Federal y la República Mexicana, para defenderse de los gobiernos locales que los trataban como ambulantes.
La tradición del organillero es tan antigua que incluso, aún usan los mismos uniformes de hace más de 100 años, ya que los retomaron de los que usaban los del ejército de Francisco Villa.
Antes el organillero era acompañado de un mono, vestido de diferente forma, para atraer la atención y pedir algunas monedas a los espectadores.
Ahora, son los nietos, las mujeres de la familia o el hijo mayor, los que pasan con una gorra a pedir una moneda por la música mexicana del organillo.
Pero la gente ya no los ve, ni apoya económicamente. Es indiferente ante esta estampa mexicana que predomina a través de las décadas.
El oficio del organillero se está acabando no solo en México, sino también en Argentina y Chile, que recibieron la misma influencia alemana en 1880.
“Hoy en día la gente ve al organillero con desprecio y no se nos apoya económicamente; pero es la herencia que nos dejaron nuestros abuelos y padres”, señaló Óscar González.
Dijo que hace ocho años murió don Pedro, uno de los grades organilleros de México y quien le daba mantenimiento a estos instrumentos musicales.
El organillero, hasta el cantante de ranchero, Javier Solís, lo reconoció e incluso le dedicó una de sus canciones.
Sin embargo, hoy la juventud, no conoce ni cómo vive un organillero y sobretodo, ignora su pasado histórico.

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